Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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La habitación 408
El cerrojo chasqueó a sus espaldas con una definitividad de sentencia. Liam se quedó clavado a dos pasos de la puerta, atrapado entre el calor residual del vestíbulo y un temblor helado que le subía por las muñecas hasta los hombros, como si la sangre se le estuviera enfriando en tiempo real. Diecinueve años, un semestre de universidad y una beca que le había costado dos años de preparación no lo habían entrenado para esto. Nada lo habría hecho.
La habitación era amplia, pero la amplitud no aliviaba nada. Dos lámparas de luz ámbar ardían sobre las veladoras del aparador, y entre los visillos se colaba el resplandor difuso de la ciudad, un rectángulo azulado que no alcanzaba a tocar el centro del cuarto. En ese centro, enorme, con sábanas de un blanco quirúrgico, se alzaba la cama matrimonial. Liam la miró un segundo de más y desvió los ojos.
El profesor ya se había deshecho del abrigo. Caminó hacia el mueble del minibar con la calma de quien está en su propia casa, se sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal esmerilado y dejó que el hielo tintineara contra el vidrio. El sonido rompió el silencio como una moneda cayendo en un pozo.
—Puedes dejar la chaqueta en el perchero —dijo, dándole la espalda, llevándose el vaso a los labios—. O en el suelo. Da lo mismo.
Liam tragó. La garganta le raspaba como si llevara horas sin beber. Con los dedos entumecidos, se desabrochó la chaqueta de la universidad y la dejó caer sobre el respaldo de una silla, como si el gesto le costara una voluntad que ya no poseía. Cada segundo se estiraba, se volvía espeso, imposible de atravesar.
El profesor se giró.
Sus ojos, oscuros y metódicos, recorrieron a Liam de arriba abajo con la paciencia de quien inventaría una pieza recién adquirida. No había prisa en esa mirada. No había curiosidad, siquiera. Solo una verificación tranquila, casi burocrática. Luego avanzó. Tres pasos medidos. Se detuvo a una distancia que obligaba a Liam a sentirle el aliento.
El olor llegó antes que las palabras: whisky reciente, tabaco adherido a la lana del traje y ese perfume amaderado, casi dulce, que se le metió en la nariz antes de que pudiera contener la respiración.
—Pensé que te acobardarías en el ascensor —murmuró el profesor. Alzó una mano y rozó con el dorso de los dedos la mejilla de Liam. El roce arrastró algo frío y metálico contra la piel: un anillo. Liam registró el destello dorado bajo la luz ámbar, un círculo liso y gastado en el anular, pero su cerebro estaba demasiado ocupado sobreviviendo para formular la pregunta que ese detalle exigía. El gesto, en otro contexto, habría sido tierno. Aquí era una marca, una comprobación de propiedad. Liam se tensó. No retrocedió—. La lealtad familiar suele ser frágil cuando el precio se vuelve concreto.
—Cumplo mi palabra —susurró Liam. Las pestañas le aleteaban; luchó por sostener la mirada—. Usted prometió romper el informe.
—Y lo haré.
La mano del profesor descendió hasta el cuello de la camisa. Los dedos se deslizaron bajo el borde de la tela y aflojaron el primer botón con una lentitud deliberada, casi pedagógica. El anillo volvió a rozarlo, esta vez contra la clavícula que asomaba bajo el algodón: un punto de frío diminuto, absurdo, que Liam sintió como una quemadura invertida.
—Pero primero vas a ganártelo. Siéntate en la cama.
Las piernas de Liam obedecieron con un retraso de autómata. Cruzó los tres metros que lo separaban del colchón y se dejó caer en el borde. El edredón era suave bajo las palmas, pero la suavidad le resultó obscena, una delicadeza que no le correspondía. Apretó los dedos contra la tela.
El profesor se colocó entre sus rodillas abiertas. Dejó el vaso sobre la mesa de noche con un *clac* seco. Apoyó una mano en el hombro de Liam —el anillo brilló una última vez antes de que la manga lo engullera— y empujó, despacio, con la presión justa para que no cupiera resistencia. La espalda de Liam tocó el colchón. El techo blanco se le vino encima.
Cerró los ojos. Apretó la mandíbula hasta que le dolieron los molares. Algo caliente y ácido le subió por la garganta: no sabía si era rabia o vergüenza, y descubrir que no podía distinguirlas lo asustó más que todo lo demás. El peso del profesor inclinándose sobre él, la frialdad de los dedos trabajando en los botones restantes, la certeza absoluta de que a partir de esa noche algo se partiría en dos y no habría forma de pegarlo.
—Mírame.
No fue un grito. Fue peor: fue una instrucción, un tono de aula, de «abra el libro en la página cuarenta». Liam abrió los ojos. El profesor estaba encima, recortado contra la luz ámbar del techo, y su expresión no contenía ira ni deseo ni triunfo. Contenía atención. Una atención limpia, profesional, como la de quien observa un experimento alcanzar la fase prevista.
—Dijiste que harías lo que fuera. —Una pausa. El pulgar del profesor trazó una línea lenta sobre el esternón de Liam, por encima de la tela—. Quise comprobarlo. No apartes la vista.
Liam no la apartó.
Afuera, muy lejos, una bocina tocó dos veces y nadie respondió. El rectángulo azulado de la ventana seguía ahí, indiferente, recortando un trozo de ciudad que continuaba existiendo sin él. Y las lámparas seguían ardiendo, y el hielo seguía deshaciéndose en el vaso, y el mundo seguía siendo exactamente el mismo mundo de hacía diez minutos, salvo que él ya no estaba dentro de él.
El profesor sonrió. No con la boca. Con los ojos.
Y Liam dejó de sentir las manos.