Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 24
Los días siguientes fueron como entrar en un sueño del que no quería despertar. Lidia instaló sus cosas en la mansión de Damián, y poco a poco fue llenando rincones con su presencia, transformando aquella casa inmensa y silenciosa en un hogar de verdad. Compartían las mañanas desayunando juntos, las tardes volviendo juntos del trabajo, y las noches hablando hasta que el sueño los vencía. Había una complicidad entre ellos que crecía cada día: bastaba una mirada para entenderse, un gesto para saber qué pensaba el otro. Pero entre toda esa felicidad, Lidia empezó a notar pequeños detalles que la inquietaban: llamadas que él interrumpía al verla entrar, despachos cerrados donde hablaba en voz baja, y una mirada de preocupación que a veces se le escapaba al leer informes que no le mostraba.
Una tarde, mientras cenaban juntos en la cocina, con la luz suave y el ambiente tranquilo, ella decidió hablar. Lo miró con ternura pero con firmeza, y puso el tenedor sobre el plato.
—Damián —empezó despacio—, soy muy feliz aquí. Contigo. No lo cambiaría por nada. Pero hay algo que me pesa. Veo que hay cosas que no me cuentas. Cierras el despacho cuando entro, escondes papeles, y cuando te pregunto qué pasa, me dices que no es nada importante. ¿Por qué? ¿Acaso no confías en mí?
Él dejó el vaso sobre la mesa y suspiró, pasándose una mano por el cabello, con esa expresión de quien lleva una carga pesada y no quiere compartirla con quien ama. La miró a los ojos con cariño, pero también con cautela.
—No es que no confíe en ti —le explicó con voz suave—. Es que no quiero que cargues con todo lo malo. Tú viniste aquí para estar a salvo, para ser feliz, y no quiero llenarte de preocupaciones que son mías. Son asuntos de la empresa, peleas internas, maniobras de gente que no tiene nada mejor que hacer que crear problemas. No te afectan directamente, y no quiero que te preocupes por cosas que yo puedo resolver.
—Pero sí me afectan —respondió ella, inclinándose un poco hacia él—, porque te veo cargar con todo solo. Y porque me da miedo que sean cosas graves y que no me lo digas para protegerme, cuando en realidad necesito saber la verdad para poder estar a tu lado. No quiero vivir en una mentira dulce, Damián. Quiero vivir la realidad, aunque sea difícil. Y quiero saber lo que ocurre, aunque sea malo.
Él se quedó callado un momento, luchando entre su instinto de protegerla y la sinceridad que se debían. Le tomó la mano sobre la mesa y la apretó con suavidad.
—Lo hago por ti —dijo él con voz grave—. Hay cosas que son peligrosas de saber. Cuanta menos información tengas, menos pueden usarla contra ti. No te oculto nada para engañarte. Lo hago para mantenerte fuera de la línea de fuego.
—Y te agradezco que me cuides —reconoció ella—, pero no me trates como si fuera frágil. Soy tu pareja. Y eso significa que compartimos todo: lo bueno y lo malo. Si hay sombras acechando, las enfrentamos juntos. No me dejes fuera de la parte difícil, porque ahí es donde más necesito estar contigo. Prométeme que si algo realmente grave pasa, me lo dirás. Sin ocultarme nada.
Damián la miró largo rato, vio la valentía y la sinceridad en sus ojos, y asintió lentamente.
—Te lo prometo —dijo él—. Si hay algo que debas saber, lo sabrás. Pero ahora mismo, lo que hay son sospechas, rumores, movimientos que todavía no puedo confirmar. No quiero alarmarte sin pruebas. Pero te escucho. Y te respetaré. No volveré a ocultarte nada por miedo a asustarte. Solo te pido paciencia.
—Paciencia tengo —respondió ella con una pequeña sonrisa—. Lo que quiero es honestidad. Siempre. Entre nosotros no puede haber secretos grandes. Nos destruirían.
—Tienes razón —admitió él, levantándose para rodear la mesa y sentarse junto a ella, abrazándola por la cintura—. Me acostumbré a resolver todo solo, y me cuesta cambiar. Pero lo haré. Por ti. Por nosotros. No te ocultaré lo que deba saber.
Lidia apoyó la cabeza en su hombro, sintiéndose más tranquila pero consciente de que la conversación no había terminado del todo. Sabía que él seguía protegiéndola, y que en el fondo había verdades que todavía no se atrevía a decirle. Pero también sabía que poco a poco, con confianza y paciencia, llegarían a ellas. Estaban construyendo una vida juntos, y eso se hacía día a día, con amor pero también con verdad.
—Te quiero —susurró ella—. Y confío en ti. Solo no me cierres la puerta. Déjame entrar en todo tu mundo.
—Entrarás —le prometió él besándole la sien—. Poco a poco. Y cuando estés dentro, no te dejaré salir nunca. Este es tu hogar, tu vida, tu lugar. Con luces y sombras. Pero siempre juntos.
Se quedaron abrazados, pero Lidia notó que él no la miraba directamente a los ojos como siempre hacía. Algo seguía pesando en su interior, algo que no había logrado decirle del todo. Lo acarició suavemente el brazo, buscando que se abriera más.
—Damián, mírame —le pidió con voz suave pero firme—. Prometiste que no habría secretos entre nosotros. Y siento que ahora mismo hay uno que te está quemando por dentro. No tengas miedo de contarme lo peor. Soy fuerte. Y estoy contigo pase lo que pase.
Él suspiró profundamente, como si le costara sacar las palabras, y la miró con una mezcla de ternura y angustia.
—No es que no confíe en ti —le dijo despacio—. Es que no quiero que cargues con el peso de todo esto. Hay cosas que son sucias, peligrosas, y te quiero lejos de eso. Tú eres la luz en mi vida, Lidia. Y tengo miedo de que si te metes en la oscuridad que rodea a NovaCore, te apagues. No soportaría ser yo quien te haga daño.
—No me apagaré —le aseguró ella, tomándole el rostro con ambas manos para que la viera claro—. Mi luz no depende de lo que pasa afuera. Depende de ti. De nosotros. Y cuanto más me escondes la verdad, más dudas crecen, y eso sí nos lastima. La incertidumbre duele más que cualquier noticia mala. Dime lo que hay. Por favor. Confía en mí tanto como yo confío en ti.
Damián le tomó las manos y las besó con reverencia, cerrando los ojos un instante como reuniendo fuerzas.
—Está bien —dijo con voz grave—. Te diré lo que sé. Pero necesito que me prometas algo: no actuarás sola, no te acercarás a nadie sin decírmelo. Hay personas muy cerca de mí que han estado esperando cualquier fallo mío durante años. Y ahora que estás tú, saben exactamente dónde golpear. No quiero que seas la víctima de una pelea que no es tuya.
—Te lo prometo —respondió ella sin dudar—. Haré todo lo que me pidas. Pero no me dejes a oscuras. Juntos somos más fuertes que cualquier enemigo. ¿No lo crees?
—Lo creo —admitió él, apretándola contra sí—. Pero el miedo a perderte me hace dudar de todo. Cuando te vi llegar, con tu corazón tan grande y tan expuesto… sentí que te habían regalado algo frágil y precioso que debía cuidar con mi vida. Y a veces, al intentar protegerte, me olvido de que tú también tienes voz y derecho a saber. Perdóname por eso.
—No tienes que pedir perdón —le dijo ella besándole suavemente los labios—. Solo tienes que creer que somos un equipo. Y los equipos comparten todo: las victorias, las cargas, los miedos. No soy tu responsabilidad, Damián. Soy tu compañera. Y eso significa que camino a tu lado, no detrás escondida.
Él sonrió con gratitud y una profunda admiración. Le acarició el cabello y la miró con una devoción que la hizo sentir la mujer más amada del mundo.
—Eres mi compañera —repitió él con firmeza—. Mi igual en todo. Y desde ahora, compartiremos la vida entera, sin zonas vedadas, sin muros entre nosotros. Lo bueno y lo difícil. Lo que me alegra y lo que me quita el sueño. Todo será tuyo como yo soy tuyo.
—Y yo soy tuya —dijo ella apoyando la frente contra la suya—. Con las luces y las sombras. No te pido que tengas todas las respuestas. Solo te pido que no me ocultes las preguntas. Las resolvemos juntos.
—Así será —prometió él sellándolo con un beso lento y profundo—. Nada más se interpone entre nosotros. Ni el miedo, ni el peligro, ni el pasado. Somos nosotros primero. Siempre.