El futuro regresa al pasado para evitar la destrucción completa, pero ¿como haces para pelear contra algo que es inevitable? ¿como fue posible que ellos terminaran juntos y encima tuviesen descendencia? quizás del odio al amor hay un solo paso o quizás, solo quizás, nunca fue odio ni rechazo.
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La niña que llego del futuro
Avelina, Luna y Cony se encontraban en la mansión Parker terminando su tesis en pociones. Si aprobaban, tendrían finalmente la maestría completa.
El salón principal estaba convertido en un completo desastre.
Había libros abiertos por todas partes, frascos con ingredientes sobre la mesa, pergaminos llenos de anotaciones y tres calderos pequeños que llevaban horas desprendiendo diferentes aromas.
Avelina llevaba varios minutos revisando las últimas páginas de su trabajo cuando escuchó la voz de Cony.
—Luc, ¿crees que agregar ojos de sapo puede cambiar la consistencia?
El joven que se encontraba sentado en uno de los sillones levantó la mirada lentamente.
—Constanza, no tengo la más mínima idea.
Cony frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Yo estudié Herbología.
Luc volvió a su libro como si aquella conversación hubiera terminado.
—Eres mala con él —comentó Avelina sin apartar la mirada de su pergamino—. Tú sabes perfectamente que los ojos de sapo no cambian la consistencia.
Cony la miró.
—¿Entonces qué hacen?
—Cambian el sabor.
Luna soltó una carcajada.
Luc también.
Cony hizo un puchero.
—Me gustaría que estudiaras conmigo.
—¿Cómo que estudiara contigo? —preguntó Luna.
—Bueno...
Cony se rascó la cabeza.
—Tú estudiaste Herbología con él.
Luna arqueó una ceja.
—¿Y?
—Que podrías ayudarme.
Luc levantó la mirada.
—Si me preguntas por la luz de luna, probablemente me preguntes si se puede ver de noche.
Las carcajadas llenaron el salón.
Cony abrió la boca indignada.
—¡Eso es una pregunta lógica!
—No lo es.
—¡Claro que sí!
—Constanza, la luna solamente puede verse de noche.
—¿Ven? —respondió ella, señalando a Luc—. ¡Por eso digo que no sirve estudiar con él!
Las tres comenzaron a reír nuevamente.
Sabíamos que Cony odiaba la Herbología.
Era, sin ninguna duda, la materia en la que más ayuda necesitaba.
Incluso más que en Transmutación.
—¡Oigan, ya fue suficiente! —protestó entre enfadada y divertida—. Si sale de noche.
La carcajada de Luna fue todavía más fuerte.
Avelina negó con la cabeza.
Aquellos momentos eran pequeños.
Simples.
Pero años después comprendería que habían sido algunos de los últimos momentos verdaderamente felices que habíamos compartido.
Porque nadie estaba preparado para lo que sucedería después.
Avelina dejó de escribir.
Una presión repentina apareció en su pecho.
No era dolor.
Era algo diferente.
Una sensación extraña.
Como si alguien hubiera cerrado una mano alrededor de su corazón.
—¿Lina? —preguntó Luna.
Avelina levantó la mirada.
—No sé...
La presión aumentó.
Y entonces ocurrió.
Una luz azulada inundó completamente el salón.
—¡¿Qué demonios?!
Los cuatro se cubrieron los ojos.
El aire comenzó a vibrar.
Los frascos sobre la mesa se sacudieron.
Las páginas de los libros comenzaron a levantarse.
Durante unos segundos nadie pudo ver absolutamente nada.
Hasta que la luz desapareció.
El silencio cayó sobre la mansión.
Avelina bajó lentamente las manos.
—¿Qué rayos fue eso? —preguntó Luna.
Luc se puso de pie.
—No lo sé.
Miró hacia el centro del salón.
—Pero creo que deberíamos preguntar quién es esa niña.
Los cuatro observaron el mismo punto.
En medio del salón había una pequeña niña.
Estaba dormida.
Su ropa estaba sucia.
Su cabello estaba lleno de polvo.
Había manchas de sangre sobre su piel y varias heridas pequeñas en sus brazos.
Avelina sintió que el corazón se le detenía.
—Por Merlín...
Se acercó rápidamente.
—¿Está herida?
Se arrodilló frente a ella.
La niña parecía tener unos cuatro años.
Avelina extendió una mano.
—Pequeña...
Los párpados de la niña comenzaron a moverse.
Finalmente abrió los ojos.
Uno era verde esmeralda.
El otro, rojo oscuro.
La pequeña recorrió el salón con la mirada.
Observó a Luna.
Después a Cony.
Luego a Luc.
Hasta que sus ojos se encontraron con los de Avelina.
La expresión de la niña cambió por completo.
Se levantó de golpe.
—¡Mami!
Antes de que cualquiera pudiera reaccionar, corrió hacia Avelina y se aferró a ella.
—¡Mami!
Avelina quedó completamente paralizada.
—¿Qué...?
La niña comenzó a llorar.
—¡Mami, estás bien!
Avelina sintió que algo dentro de ella se encendía.
No sabía qué era.
Pero aquella niña le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Se agachó y la tomó en brazos.
—Tranquila.
La pequeña escondió el rostro contra su pecho.
—Pensé que no te vería más.
Cony y Luna estaban completamente congeladas.
Luc no parecía ser capaz de reaccionar.
Avelina acarició lentamente el cabello de la niña.
—Dime, pequeña...
Su voz salió mucho más suave de lo que esperaba.
—¿Quién eres?
La niña levantó la cabeza.
—Mami...
—Sí.
—Yo pensé que te habías ido al cielo como papá.
Avelina sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Papá?
La niña asintió mientras las lágrimas continuaban cayendo.
—Lyra se hubiese quedado sola si mami no estaba.
El corazón de Avelina dio un vuelco.
—¿Lyra?
La pequeña asintió.
—Yo soy Lyra.
Luc finalmente salió de su estupor.
—Lina, esto tiene que investigarse.
Avelina lo miró.
—Es solamente una niña.
—Precisamente.
Luc se acercó.
—Los viajes en el tiempo son ilegales y requieren cantidades absurdas de magia. Además, implican magia negra.
—No me importa.
Avelina volvió a mirar a la niña.
—Está herida.
La pequeña tembló entre sus brazos.
—Déjame bañarla.
Luc abrió la boca para protestar.
—Después hablaremos.
Avelina tomó la mochila que la niña llevaba a la espalda.
—Revisen esto.
Se la entregó a Luc.
Después volvió a mirar a Lyra.
—Vamos a bañarnos, mi amor.
La pequeña se aferró a su cuello.
—No me dejes, mami.
Avelina sintió un nudo en la garganta.
—Mamá está aquí.
Besó su frente.
—Estás a salvo.
Subió las escaleras con la niña en brazos.
Los tres restantes permanecieron en silencio.
Luc observó la escalera.
—Esto no me gusta nada.
Luna cruzó los brazos.
—No parece una trampa.
—¿Y cómo puedes estar tan segura?
—Porque si fuera una trampa, no habría llegado una niña llorando directamente hacia Lina.
Luc guardó silencio.
Cony miró hacia las escaleras.
—¿Viene del futuro?
Luc tomó la mochila.
—Averigüémoslo.
La colocó sobre la mesa.
Abrió cuidadosamente el cierre.
El contenido cayó lentamente sobre la superficie.
Un anillo.
Un collar.
Una carpeta.
Un diario.
Y varios recortes de periódicos.
Luna tomó uno.
Sus ojos se abrieron.
—Estas fechas...
Luc se acercó.
—¿Qué ocurre?
—Son de años venideros.
Cony se inclinó sobre la mesa.
—¿Qué?
Luna comenzó a revisar los recortes.
—Miren esto.
Los extendió sobre la mesa.
—Son acontecimientos relacionados con distintos clanes.
Asesinatos.
Incendios.
Desapariciones.
Ataques.
—Mierda...
Luna tomó otro.
—Miren esto.
Los demás se acercaron.
—Es nuestro colegio.
Luc leyó rápidamente.
—¿Qué dice?
—Según esto, en siete años será atacado.
Su voz comenzó a temblar.
—Habrá muchos muertos.
El silencio volvió a apoderarse del salón.
Cony tomó el diario.
Pasó las páginas.
—Está vacío.
Luc frunció el ceño.
—¿Completamente?
—No hay una sola palabra.
Luna tomó el anillo.
En el centro había un diamante de sangre con forma de rosa.
—Esto no parece algo que llevaría una niña de cuatro años.
Luc observó el collar.
—Y esto...
Era el emblema de la casa Parker.
Cony levantó una fotografía que había quedado en el fondo de la mochila.
—Aquí hay una foto.
Los tres se acercaron.
En ella aparecía la misma niña.
Pero esta vez estaba en brazos de Avelina.
Cony abrió los ojos.
—Oh, por Morgana...
Luc tomó la fotografía.
—Si realmente es su hija...
Miró nuevamente el anillo.
—¿Quién será el padre?
Cony señaló la joya.
—El dueño de ese anillo.
Luc comprendió.
—Claro.
En ese momento una voz masculina retumbó por toda la mansión.
—¿Qué es todo esto?
Los tres se giraron.
Evans Parker apareció en la entrada del salón.
Su mirada recorrió el suelo.
—¿Qué ocurrió aquí?
Luna levantó uno de los recortes.
—Pues...
Miró a Cony.
Después a Luc.
—Si se lo decimos, no nos creerá.
—¿Por qué?
—Porque ni siquiera nosotros lo creemos.
Mientras ellos comenzaban a poner al tanto a Evans, en el piso superior Avelina terminaba de bañar a la pequeña.
Lyra estaba limpia.
El agua había eliminado la sangre y el polvo de su piel.
Avelina la observó durante unos segundos.
Había algo en aquella niña que le resultaba imposible de ignorar.
No era solamente la forma en que la había llamado.
No era solamente aquella conexión inexplicable.
Era algo mucho más profundo.
Como si una parte de ella reconociera a Lyra.
—¿Quieres comer algo, princesa?
La pequeña asintió.
—Sí, mami.
Avelina sonrió mientras transformaba mediante magia algunas de sus prendas en ropa de la talla de la niña.
—¿Qué quieres comer?
Lyra sonrió.
—Manzanas en forma de conejito.
Avelina se detuvo.
—¿Qué?
—Como te hacía la abuela.
La blusa que Avelina sostenía entre sus manos cayó al suelo.
Su respiración se detuvo.
—¿Qué dijiste?
Lyra la miró confundida.
—La abuela te hacía manzanas en forma de conejito. tu me lo mostraste mami.
Avelina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Lirio.
Su madre.
Su madre cortaba las manzanas de aquella manera cuando ella era pequeña.
Era una costumbre que nadie conocía fuera de su familia.
Lirio había muerto durante la primera guerra.
Lyra no podía saberlo.
No podía.
A menos que...
Avelina respiró profundamente.
La miró.
Ya no necesitaba más pruebas.
La pequeña era su hija.
Su hija.
La había enviado desde el futuro.
Pero aún faltaba una pregunta.
Una pregunta que tenía miedo de formular.
Terminó de ayudarla a vestirse.
—Lyra...
—¿Sí, mami?
—¿Cómo me llamo?
La niña sonrió.
—Mami.
Avelina soltó una pequeña risa.
—Así me dices tú, princesa.
Se arrodilló frente a ella.
—Pero la gente, ¿cómo me llama?
Lyra pensó unos segundos.
—La tía Cony y la tía Luna te dicen Lina.
Avelina sintió una extraña punzada en el pecho.
—¿Y alguien más?
—El primo Ian te dice tía.
La pequeña sonrió.
—Y papi te dice mi reina.
Avelina dejó de respirar durante un segundo.
Papi.
—Dime, hermosa...
Tragó saliva.
—¿Cuántos años tienes?
Lyra levantó cuatro pequeños dedos.
—Cuatro.
Avelina sonrió.
—¿Y qué más me puedes contar?
—Papi dice que pronto voy a poder subirme en Pegazo.
Avelina arqueó una ceja.
—¿Pegazo?
—El caballo negro con alas de papi.
El mundo pareció detenerse.
Avelina conocía un solo Pegazo negro.
Uno.
Y sabía perfectamente a quién pertenecía.
—¿Cómo es papi?
Lyra sonrió.
—Es alto.
Avelina sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Y sus ojos?
—Se enoja cuando digo que son bonitos.
La pequeña soltó una risita.
Avelina la observó detenidamente.
Ahora que estaba limpia podía ver cada detalle.
El cabello.
Los rasgos.
La forma de sus ojos.
El verde esmeralda que había heredado de ella.
Y aquel rojo oscuro.
Ese rojo imposible de olvidar.
El mismo color de los ojos de aquel hombre.
El mismo hombre que siempre había conseguido sacarla de quicio durante sus años en el instituto.
El hombre que se burlaba de ella.
El hombre que había montado a Pegazo.
Avelina palideció.
—Oh, por Merlín...
Lyra la miró.
—¿Qué pasa, mami?
Avelina no respondió.
Porque finalmente había descubierto quién era el padre de aquella niña.
Y de todas las personas que podía haber imaginado...
él era la última que habría esperado.