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Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor-odio / Ascenso de clase social
Popularitas:458
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Luz Albarracín

Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
​Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
​Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.

NovelToon tiene autorización de Ana Luz Albarracín para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13

La miré a los ojos mientras ella, sonriente, bebía de su taza elegante y la dejaba con un suave tintineo sobre el plato de cerámica. Noté que en la taza había dejado una marca de labial rojo.

​—¿Por qué debería temerles a los Capell si yo no les hice nada?

​Hestia me miró como si hubiera hecho la pregunta más tonta del mundo.

​—Los Capell nunca permitirían que alguno de sus hijos se juntara con alguien de clase baja, y eso Elian nunca lo entendió.

​Quedó una pausa incómoda mientras reflexionaba sobre mi amistad con Elian y los sentimientos que trataba de ignorar hacia él.

​Hestia, sin notar esta lucha interna, continuó:

​—Soy hija de un poderoso empresario, pero hasta a mí me costó ganarme la confianza de sus padres por mi color de piel. ¿Y sabés qué es lo peor? Que los Capell harían cualquier cosa antes que arruinar su reputación.

Morgana sostuvo la mirada de Hestia sin pestañear. La tensión en la mesa de mármol era evidente, pero en lugar de hacerse pequeña, se apoyó sobre la mesa y habló con voz firme:

—Me importa muy poco la reputación de los Capell y las reglas que ustedes inventaron para sentirse superiores —dijo Morgana, sin que le temblara la voz—. Ustedes viven aterrados de perder un estatus que lo único que hace es volverlos fríos y vacíos.

Hestia amagó con interrumpir, pero Morgana levantó una mano, marcándole el límite.

—Elian ve a las personas por lo que son, no por el apellido ni por la plata que tienen en el banco. Si a sus padres o a vos les molesta que alguien de afuera les recuerde lo que es ser real, el problema lo tienen ustedes, no yo.

Me puse de pie, acomodé la tira de mi mochila sobre el hombro y miré a Hestia desde arriba.

​—Gracias por el café, Hestia, pero no me vas a intimidar con tus discursos de clase.

​Pasaron los meses —exactamente un año— en los que mi vínculo con Elian cada día se fortalecía más. A Hestia y a Caín raramente me los encontraba cuando visitaba a Elian.

Pasábamos la mayor parte del tiempo en el taller de cerámica; tenía razón: Elian me terminó gustando demasiado.

​En la universidad me iba bien, pero no sabía si ese era mi sueño después de todo. Solo seguía porque mi Tete siempre me llamaba y me decía que estaba muy ilusionada por tener a una abogada en la familia.

Mi amor por Elian lo ignoraba, ya que con el tiempo él me contó que la chica de la foto se llamaba Alexandra Romanov una amiga de Italia que se conocían desde niños y con el tiempo él se enamoró de ella, pero él nunca se confesó porque era la pareja de su hermano.

Me enteré de que el padrastro de Elian y Caín era el mismísimo Andrew Capell candidato a la presidencia, cosa que me enojo porque si estaba en la política como no dejaba que sus hijos se juntaran con quien ellos quisieran.

El aire fresco del otoño en Buenos Aires empezaba a sentirse al atardecer cuando salí de la facultad. Caminaba distraída, acomodándome los apuntes de Derecho Civil en el bolso y pensando en pasar por el taller de cerámica para ver a Elian, cuando una sombra me cortó el paso justo antes de llegar a la avenida.

Levanté la vista, lista para pedir disculpas por no mirar por dónde caminaba, pero las palabras se me atragantaron en la garganta.

Aquel año de relativa paz se esfumó en un segundo.

Caín estaba parado a pocos metros, apoyado contra la puerta de un auto negro de alta gama. Vestía un traje impecable, sin una sola arruga, y llevaba las manos metidas en los bolsillos. Su postura exudaba la misma elegancia fría y calculadora de siempre, pero había algo distinto en su mirada: una tensión contenida, como si el peso de la campaña presidencial de Andrew y los asuntos de la familia le estuvieran pasando factura.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos que se sintieron eternos. La calle seguía ruidosa a nuestro alrededor, llena de colectivos y estudiantes apurados, pero entre nosotros dos el aire parecía congelado.

—Vaya, la futura abogada —dijo Caín, rompiendo el hielo con ese tono socarrón que me revolvía el estómago—. Pensé que ya te habrías cansado de jugar a la estudiante ejemplar... o de jugar a la novia de mi hermano.

Me acomodé la correa del bolso sobre el hombro y di un paso al frente, sosteniéndole la mirada sin dar el brazo a torcer.

—Veo que en un año no aprendiste a saludar como una persona normal, Caín —respondí con voz firme—. Y para tu información, no estoy jugando a nada.

Caín esbozó una sonrisa de lado, carente de cualquier calidez, y dio un par de pasos hacia mí.

—Seguís teniendo el mismo carácter desafiante, Morgana. Pero la diferencia es que ahora las cosas cambiaron. Mi padrastro está cada vez más cerca de la presidencia y el ojo público está sobre nuestra familia. No necesitamos distracciones, y mucho menos a alguien que no pertenece a nuestro mundo revoloteando cerca de Elian.

—Elian elige quién está en su vida, no vos ni tu padrastro —rebatí, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza pero negándome a mostrar debilidad—. Y si pensás que me vas a intimidar como la última vez, estás perdiendo el tiempo.

Caín me observó detenidamente, como si estuviera evaluando hasta dónde llegaba mi resistencia. Su sonrisa desapareció poco a poco, reemplazada por una expresión mucho más seria y sombría.

—Ya veremos cuánto dura esa determinación cuando la presión empiece a caer sobre él —murmuró, antes de darse la vuelta y abrir la puerta de su auto—. Mantente alerta, Morgana. En este juego, las intenciones nobles son las primeras en romperse.

— CAÍN —

Caín encendió el motor del auto y se incorporó al tránsito lento de la avenida, ajustándose el espejo retrovisor. A través del cristal vio a Morgana alejarse a paso firme, mezclándose entre la multitud de estudiantes con los apuntes bajo el brazo.

Apretó las manos sobre el volante de cuero. La chica que acababa de dejar atrás no era la misma joven dubitativa que había encarado un año atrás. La arrogancia defensiva de antes se había transformado en una compostura fría, en una mirada que no pestañeaba ni buscaba excusas. Le había sostenido la voz sin que le temblara un solo segundo.

Un año al lado de Elian y ahora se cree intocable, pensó con amargura.

El problema no era la terquedad de Morgana; el problema era que esa firmeza la volvía peligrosa. Con la candidatura de Andrew en un punto crítico y los reflectores de la prensa sobre la familia, Elian no se podía permitir el lujo de encariñarse con alguien que no dudaba en desafiar el apellido Capell. Y lo que más le molestaba a Caín era reconocer que, muy a su pesar, la chica tenía una fuerza que pocos en su círculo aristocrático lograban demostrar.

​— MORGANA —

Mientras caminaba hacia el taller, iba pensando en cómo nunca nada parecía ser suficiente. Todo lo que hacía era recibido con indiferencia; me había esforzado tanto por agradarles que terminé olvidándome de quién era, y ya estaba agotada.

​Sin parar de dar vueltas al asunto, llegué rápido al taller. Apenas toqué la puerta, me recibió un sonriente Elian.

​—Morgi, te tengo una sorpresa.

​Me tomó del brazo y me guio por el pasillo con los ojos tapados por sus suaves manos.

​—Espero que te guste lo que te voy a mostrar, aunque pienses que todavía no soy tan bueno.

​Al quitar sus manos de mi cara, vi un retrato pintado a mano de nosotros dos juntos.

​—Quería que me recuerdes.

​Era la primera vez que sentía ese cosquilleo en el corazón; esa sensación de querer abrazar a alguien de verdad hasta ahora solo la había sentido por mi abuela.

​Elian, algo en shock, me rodeó la cintura con los brazos y soltó esas malditas palabras:

​—En dos días me voy a París.

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Maria M. Rosario
Creo q la familia lo savo del.medio. y no es cierto q va tras Alexandra o quizas ellos se lo hiceron creer.
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