NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 19
...JULIETA ÁLVAREZ...
Estaba sentada en la orilla de la camilla, mirando un trozo de papel que parecía pesar una tonelada.
A mi lado, Daniela caminaba en círculos, pasándose las manos por el cabello mientras intentaba procesar la noticia.
—Cuatro semanas, Julieta... —murmuró Dani, deteniéndose frente a mí con los ojos muy abiertos—Estás de cuatro semanas.
No fui capaz de articular una sola palabra. Apreté el diagnóstico médico entre mis dedos temblorosos.
Embarazada.
De Alejandro.
Del hombre que resultó ser un mentiroso, que tenía una dichosa prometida esperándolo en casa.
Un nudo de rabia, impotencia y asco me cerró la garganta. Tenía ganas de gritar hasta quedarme sin voz.
Diez años de mi vida perdidos con Roberto creyendo sus falsas promesas, aguantando humillaciones y esperando a que le diera la gana de darme mi lugar. Y cuando por fin creí haber salido de ese pozo, cuando me arriesgué a confiar en Alejandro Santana, en su faceta dulce, en su mirada protectora... me topé con exactamente la misma miseria.
Todos los hombres eran la misma basura engañosa.
Todos.
En ese preciso instante, la pantalla de mi teléfono sobre la mesa auxiliar volvió a iluminarse. Un zumbido largo e insistente interrumpió el silencio del cubículo.
Alejandro.
Habían pasado cuatro días desde la noche de la boda. Cuatro días en los que él no había dado la cara, pero no dejaba de bombardearme el teléfono. Decenas de llamadas perdidas a cualquier hora y mensajes que rozaban la desesperación.
—¿No vas a contestarle? —preguntó Daniela en voz baja, mirando la pantalla encendida.
—No quiero verlo. Ni a él, ni escuchar sus explicaciones baratas —dije con rabia, tomando el celular para apagarlo de golpe.
Que se guardara sus disculpas y sus explicaciones baratas para su prometida.
No quería volver a escuchar la palabra "espérame" en toda mi vida. Ya había esperado diez años a un mentiroso; no iba a pasar ni un segundo más esperando a otro mentiroso con doble vida.
Me llevé una mano al vientre. La sola idea de llevar adentro a la criatura de un hombre que me había engañado desde el primer día me provocaba un vértigo paralizante. El dolor de cabeza que había empezado en la fiesta no se me había quitado del todo, alimentado por el estrés, las lágrimas contenidas y el pánico a lo que venía.
En ese momento, la puerta del cubículo se abrió y una enfermera asomó la cabeza con una carpeta en la mano.
—¿Julieta Álvarez? —preguntó amablemente—.Necesitamos pasar a la sala contigua para hacerte unos análisis de sangre complementarios y que la doctora te dé las primeras recomendaciones del embarazo.
—Está bien —asentí, poniéndome de pie a duras penas.
Miré a Daniela, que me dedicó una sonrisa reconfortante.
—Ve tranquila, Juli. Yo me quedo aquí esperándote —me dijo Dani, señalando la silla del cubículo—Tómate tu tiempo.
Asentí en silencio y salí del cuarto tras la enfermera, sintiendo cómo el peso de mi nueva realidad me aplastaba el pecho a cada paso.
Cuando regresé al cubículo después de los análisis, me sorprendió ver a Daniela parada cerca de la puerta con la mirada perdida en la nada y una expresión sumamente extraña, entre nerviosa y culpable.
En cuanto me vio entrar, dio un pequeño brinco y extendió la mano hacia mí.
—Toma... se te estaba quedando el teléfono —dijo, entregándomelo ya encendido.
—Gracias —murmuré, extrañada por el gesto, pero simplemente lo guardé en el bolso sin revisar la pantalla. El dolor de cabeza seguía ahí, machacándome las sienes.
Recogí mi suéter de la camilla y miré a mi amiga mientras salíamos al pasillo del hospital.
—Dani... ¿me puedo quedar en tu departamento unos días? —le pedí en un hilo de voz—. No quiero volver a mi casa. Con mi mamá todavía furiosa por lo de Roberto y el caos de la boda, no voy a aguantar el ambiente allá.
—Claro que sí, Juli, ni lo preguntes —respondió de inmediato, pasándome un brazo por los hombros—. En mi casa tienes tu espacio el tiempo que necesites.
Caminamos hacia la salida para buscar un taxi. Mientras esperábamos en la acera, noté que Daniela no dejaba de mirarme de reojo.
—Odio que me mires con esa cara de lástima, Daniela —solté con amargura, cruzándome de brazos—. De verdad.
Daniela dejó escapar un suspiro largo y se giró para quedar frente a mí, tomándome de las manos con firmeza.
—Es que, amiga... esto se salió completamente de control —dijo con la voz quebrada por la preocupación—. ¿Qué vas a hacer ahora? Sé que estás furiosa, sé que tienes el corazón roto y que estás harta de los hombres, pero... tampoco le puedes ocultar esto a Alejandro. Es su hijo también.
—Entiendo que sí, Dani... entiendo que tiene derecho a saber que este embarazo existe —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba de nuevo y apretando los puños con frustración—. Pero es que no lo quiero ver, Daniela. Me enoja tanto lo que hizo... me da una rabia que no puedo controlar y todavía no estoy preparada para tenerlo cerca. Es que ni siquiera ha dado la cara, ni se sabe en dónde carajos anda. Tampoco quisiera esta vida para mi hijo...
Me detuve en seco. La palabra hijo se me quedó atorada en los labios como si pesara toneladas.
Hijo.
Hasta ese instante, todo había sido una marea de términos médicos, diagnósticos y una rabia enceguecedora contra el mundo. Pero pronunciar esa palabra en voz alta hizo que la realidad cayera sobre mí con la fuerza de un rayo.
Una vida entera dependiendo de mí. La responsabilidad abrumadora de educar, proteger y sostener a un ser humano cuando mi propia vida era un completo desastre.
No me sentía lista.
No estaba preparada para esto. La independencia que tanto me había costado construir, mis planes, mi tranquilidad... todo parecía tambalearse en la cuerda floja.
Un frío helado me recorrió el vientre y se me extendió por la columna. De pronto, la rabia que me quemaba el pecho se transformó en un pánico puro y visceral.
—Es demasiado repentino, Dani... —susurré, sintiendo cómo las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme contra el muro de la entrada del hospital—. Tengo miedo. Tengo muchísimo miedo.
Daniela me envolvió en un abrazo apretado, dejando que me apoyara en ella mientras las primeras lágrimas de verdadero pánico rodaban por mis mejillas.