Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 23: El juego de las voluntades
Amanda no se amedrentó por la negativa tajante de Alek. Al contrario, ver la agitación y la muralla defensiva del gigante ruso le confirmó que su propuesta había tocado la fibra exacta que necesitaba mover.
Se giró lentamente hacia él, cruzándose de brazos con la serenidad de una estratega que sabe que tiene las mejores cartas de la partida.
—¿Tienes miedo, Aleksandr? —preguntó ella con una leve sonrisa desafiante en los labios.
Alek se giró hacia ella con la mirada encendida en furia.
—¿Miedo? ¿Yo? —dijo con tono burlón y peligroso—. Dirijo un imperio que maneja armas y miles de millones de dólares. Enfrento a asesinos y mafiosos todos los días sin pestañear. No le tengo miedo a nada en este mundo, devushka.
—Le tienes miedo a intentar estar conmigo y descubrir que tenías razón... o descubrir que estabas equivocado —replicó Amanda sin elevar la voz, dando un paso hacia él—. Prefieres mantenerte seguro detrás de tu armadura de frialdad antes que arriesgarte a sentir. Es más fácil decir que estás 'lisiado' que intentar descubrir si yo puedo despertar lo que otras no pudieron.
Alek apretó los puños, respirando agitadamente. Las palabras de Amanda eran dagas certeras que atravesaban su escudo de orgullo.
—No es una cuestión de valentía, Amanda —dijo él, tratando de recuperar el control de su voz—. Es una cuestión de realidad. He probado durante diez años con las mujeres más hermosas del continente. Médicos, especialistas, terapeutas... ninguno encontró una solución física. Es un bloqueo psicológico o un fallo de mi naturaleza. ¿Qué te hace pensar que contigo sería diferente?
—La noche que nos conocimos, cuando entraste borracho por esa puerta —recordó Amanda con voz suave pero implacable—, me dijiste que al verme sentiste un chispazo en la sangre. Me dijiste que desperté algo en ti que creías muerto. Y la noche del beso... yo sentí la fuerza de tu cuerpo, Aleksandr. No sentí a un hombre 'muerto por dentro'. Sentí a un hombre contenido por el miedo.
Alek se pasó las manos por el cabello, dejando escapar un largo gemido de frustración en ruso.
—Bozhe moy... eres insoportable cuando te propones tener la razón —masculló él, mirándola con una mezcla de rabia y admiración devoradora.
—Soy analista financiera, Alek —dijo ella con una chispita de coquetería en los ojos—. Trabajo con datos y hechos, no con suposiciones. Y los hechos dicen que entre tú y yo hay un fuego que ninguno de los dos puede apagar, por más que intentes ignorarme en la oficina.
Alek la miró durante un largo minuto en silencio. La estancia quedó sumida en un mutismo tenso, solo interrumpido por el sonido de la lluvia en los cristales y el crepitar lejano de las brasas. El heredero Smirnov sentía que la cordura se le escapaba entre los dedos. La presencia de Amanda, su valentía, su belleza desnuda de artificios y la devoción velada en sus palabras estaban destruyendo la última trinchera de su resistencia.
—Hagamos una apuesta —propuso Amanda de repente, rompiendo el silencio.
Alek alzó una ceja, intrigado a su pesar.
—¿Una apuesta? —preguntó.
—Sí —afirmó ella, dando un paso más hacia él hasta quedar a escasos centímetros de su pecho enorme—. Probamos esta noche. O cuando tú digas. Si intentamos estar juntos y tu cuerpo no responde... si realmente no pasa nada y confirmas que tu condición no cambia... yo aceptaré la realidad. Dejaré de presionarte, mantendré una distancia estrictamente profesional en el trabajo y nunca más volveré a mencionar el tema.
Alek la escuchaba con atención renovada, sintiendo un nudo en el estómago.
—¿Y si pierdo la apuesta? —preguntó él con voz baja y profunda—. ¿Si por algún milagro de la naturaleza mi cuerpo sí responde?
Amanda sonrió con una dulzura maliciosa que le aceleró el pulso al mafioso.
—Si yo gano la apuesta y logras tener una reacción conmigo... me concederás un deseo. Un deseo que no te diré hasta que la apuesta haya terminado y yo haya ganado.
Alek la observó detenidamente. La propuesta era ridícula, descabellada y cargada de un riesgo emocional gigantesco. Si aceptaba y fallaba, la humillación sería devastadora. Pero si rechazaba el desafío, sabría para siempre que había sido un cobarde que huyó de la única mujer que había logrado encender la chispa en su alma.
Además, la mirada de Amanda... esa mirada llena de fe ciega en él, estaba derribando sus últimas defensas.
—Y si tú pierdes la apuesta —añadió Alek con voz baja y posesiva, dando un paso al frente para acorralarla ligeramente—, si no pasa nada... tú me dejarás pedirte lo que yo quiera. Y me prometerás que no cambiarás nada en tu trabajo ni intentarás irte de esta casa.
—Hecho —aceptó Amanda de inmediato, extendiéndole la mano fina con absoluta seguridad.
Alek miró la mano de la joven. Podía sentir el calor que emanaba de ella a pesar de no tocarla todavía. La tentación de aceptarla en ese mismo instante, de arrastrarla al sofá de cuero y comprobar si el milagro era posible, era casi irrefrenable. El whisky en su sangre le gritaba que la tomara allí mismo.
Sin embargo, Aleksandr Smirnov no era un hombre impertinente ni dispuesto a dejar cabos sueltos que pudieran empañar el resultado.