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Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:78
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

...Santi....

Llovía como si el cielo se hubiera roto.

Yo tenía diecisiete años y un paraguas negro en la mano. Ella caminaba por el pasillo del edificio C con los cuadernos apretados contra el pecho, el pelo pegado a la cara, los zapatos empapados. Tosía. Llevaba tosiendo tres días y yo lo sabía porque me sentaba dos filas atrás en la ceremonia de lunes y contaba cada tos como si fuera mía.

Crucé el patio. El agua me golpeaba la cara y yo ni la sentía.

—Nina.

Se detuvo. Me miró. Esos ojos oscuros, enormes, llenos de algo que yo todavía no entendía. Le extendí el paraguas.

—Toma. Te vas a enfermar.

Y ella, con la voz raspada por la tos y tres años de odiarme:

—¡Aléjate de mí, Santiago!

Así. Con mi nombre completo. Como si fuera una maldición.

Me quedé parado en medio del patio con el paraguas extendido y la lluvia metiéndose por el cuello de la camisa. La vi alejarse. La vi toser una vez más antes de perderse.

No la seguí. Fui a la farmacia. Compré antigripales, pastillas para la tos, vitamina C, miel con limón. Todo lo que me cabía en la mochila. Después fui a la casa de su abuelita.

Doña Carmen me abrió con esa sonrisa que siempre me partía el alma porque se parecía tanto a la de Nina.

—Doña Carmen, una vecina le manda esto. Dice que es temporada de gripa y que Nina anda malita.

—¿Una vecina? ¿Cuál vecina?

—La señora del 4B.

—Mijo, en el 4B vive don Ernesto, que tiene ochenta años y no le regala ni los buenos días al espejo.

—Bueno... otra vecina. No me acuerdo bien.

Doña Carmen me miró con esos ojos que veían todo. Tomó la bolsa. No dijo nada más. A la semana siguiente, Nina dejó de toser. Y yo seguí sentándome dos filas atrás.

Esa fue siempre mi estrategia. Indirecta. Cobarde, dirán algunos. Pero Nina me odiaba con una convicción tan absoluta que acercarme de frente habría sido como meterle fuego a lo único bueno que me quedaba. Ella pensaba que yo era su verdugo. Y yo no podía decirle que fui yo quien recuperó sus cuadernos, que me partí la cara con Tomás Aguirre para que me devolviera sus libretas, que se las dejé en su casillero sin nota, sin firma, sin nada.

Así que me quedé lejos. Con el paraguas en la mano. Siempre.

...Nina....

El café estaba tibio y el pan tostado tenía mantequilla con mermelada de fresa. Exactamente como a mí me gusta. Me senté en la barra con la nota de Santiago todavía entre los dedos. «Hay desayuno en la mesa.» Letra de médico. Trazos firmes pero apurados.

El recuerdo de anoche me caía encima a pedazos. Mis manos en su cara. Mi boca en la suya. Yo gritando «no puede ser tú» y después besándolo como si él fuera la respuesta a algo que yo ni siquiera sabía que estaba preguntando. Dios.

El teléfono vibró. Camila.

—Necesito verte. Urgente. Es de vida o muerte.

—¿Estás bien?

—Me pasó algo TERRIBLE, Nina. Me gusta Marcos Herrera.

—Camila. Eso no es de vida o muerte.

—CLARO QUE SÍ. ¿Tú lo has visto? Un metro ochenta y cinco de milico traumado con mandíbula de acero y ojos de perro abandonado. Lo vi UNA VEZ en la cena de año nuevo y te juro por mi abuelita que está en el cielo que mis ovarios hicieron COMBUSTIÓN ESPONTÁNEA.

Me reí tanto que casi escupo el café.

—Cami, llevas años diciendo que los militares son tu red flag número uno.

—¡Y LO SON! Por eso es terrible. Un golpe de estado hormonal. ¿Qué hago?

—¿Él te pela? ¿Te habla? ¿Te mira?

—Me dijo «buenas noches» y me pasó la sal.

—Wow. Prácticamente te pidió matrimonio.

—No te burles.

—No le ruegues. Que te vea, que te note, pero que nunca esté seguro de si le gustas o no. A los tipos como Marcos, los que controlan todo, lo único que los desestabiliza es lo que no pueden predecir.

—O sea, ¿jugar a la difícil?

—No es jugar. Es no regalarte. Que te gane.

—¿Desde cuándo eres experta en hombres?

«Desde que uno me deja el desayuno hecho y notas que me hacen temblar las manos.»

—Desde nunca. Pero te quiero y no quiero verte sufrir.

—Oye, Marcos está organizando una salida al Cañón. Acampar, trekking, dos noches. ¿Vienes? Necesito refuerzo moral porque si me quedo sola con ese hombre voy a hacer algo de lo que me voy a arrepentir. NINA, AYÚDAME.

—Está bien. Voy.

...Santi....

Marcos me llamó mientras revisaba los reportes de vuelo.

—Hermano, armé la salida al Cañón. Sábado y domingo. ¿Vienes?

—No puedo. Voy a visitar a mi abuela.

—Ah, bueno. Le digo a Camila que confirme. Van ella, Julián y Nina.

Mi mano se detuvo sobre el teclado.

—¿Nina va?

—Sí. Confirmó hace veinte minutos.

—Voy a llamar a mi abuela para cambiar la visita.

Lo escuché sonreír al otro lado de la línea. Maldito.

—Qué casualidad, ¿no?

—Cállate.

—No dije nada.

—Tu silencio dijo todo. Cállate igual.

Colgó riéndose. Abrí el navegador. Busqué «cámaras profesionales para fotografía de paisaje» y después «protector solar para piel sensible» y me pregunté en qué momento me había convertido en un tipo que reorganiza su vida entera porque una mujer dijo que sí a un campamento.

Pero la respuesta ya la sabía. Desde el paraguas. Desde la lluvia. Desde los diecisiete años.

...Nina....

El paquete llegó un miércoles a las tres de la tarde. Digo paquete, pero eran SEIS CAJAS. El repartidor tuvo que hacer dos viajes.

Primera: una Hasselblad con tres lentes intercambiables y un estuche de fibra de carbono que costaba más que mi carro. Segunda: un dron último modelo con estabilizador gimbal. Tercera: notas de trekking del Cañón escritas a mano, laminadas, con mapas topográficos. Cuarta: protector solar factor cien, crema hidratante, bálsamo labial, gel de aloe vera. Quinta: botiquín de primeros auxilios completo, como si yo fuera al Amazonas. Sexta: una chamarra técnica impermeable, azul oscuro, de esas que pesan menos que una pluma y te protegen del viento como si fuera un abrazo.

Me senté en el piso rodeada de cajas y papel burbuja y sentí que algo dentro de mí se agrietaba. ¿Quién empaca el viaje entero de otra persona como si preparar su bienestar fuera una misión militar?

Le marqué. Contestó al segundo timbrazo.

—¿Recibiste todo?

—Santiago. ¿Qué es esto?

—Equipo para el Cañón.

—Es una Hasselblad. ¿Sabes cuánto cuesta una Hasselblad?

—Sé que te gusta la fotografía. Y que tu cámara vieja tiene el lente rayado desde marzo.

—¿Cómo sabes que mi lente está rayado?

Pausa.

—Me lo contó Marcos. Que Camila le dijo.

Mentira. Los dos lo sabíamos.

—No puedo aceptar esto. Es demasiado.

—Somos esposos.

Lo dijo así. Casual. Como quien dice «hace calor» o «pásame la sal.» Y después el silencio cambió. Se hizo más pesado. Como si la línea se hubiera llenado de todo lo que no nos decíamos.

—¿Somos esposos... de verdad?

Mi corazón se detuvo. Y después arrancó a mil por hora como un motor viejo que no sabe si quiere vivir o morirse. No pude contestar. La respuesta me daba tanto miedo que preferí el silencio.

Tres segundos. Cinco. Ocho.

—Olvídalo. Buenas noches, Nina.

Colgó. Me quedé parada en medio de la sala con el teléfono pegado a la oreja y la línea muerta y las seis cajas a mi alrededor como testigos de algo que se me estaba escapando entre los dedos.

Esa noche no pude dormir. A las once me asomé a la ventana. Luna llena. Enorme. Amarilla sobre los techos del condominio como una moneda antigua.

Saqué una foto con el celular. Busqué una canción que me había acompañado desde la universidad, esa que ponía en loop cuando el mundo se sentía demasiado grande y yo demasiado chica. Publiqué la foto en Instagram con un verso: «Que nadie sepa mi sufrir...»

Cerré la app. La abrí. La cerré. La abrí otra vez como la enferma que soy.

Notificación: «SantiagoReverte le gustó tu publicación.» Un segundo después, la notificación desapareció. Le dio like. Se arrepintió. Lo quitó.

Me temblaron los dedos. Abrí su perfil. Su biografía. Debajo de su nombre, debajo de «Capitán de vuelo», una sola línea que llevaba ahí desde que existía la cuenta. Nunca la había leído con atención.

«Que nadie sepa mi sufrir.»

El mismo verso. La misma canción. Mi canción. Su canción. La que yo escuchaba a las tres de la mañana en la residencia universitaria. Y él la tenía en su bio desde antes de que yo existiera en su Instagram. Desde antes de que fuéramos nada.

Se me cayó el teléfono. Lo recogí con las manos temblando. Seguía ahí. ¿Las coincidencias se acumulan así? ¿Los cuadernos, el desayuno, las cajas, la canción?

Me tapé la cara con la almohada. Sentí que algo enorme se movía debajo de todo lo que yo creía saber, como una placa tectónica que llevaba años desplazándose en silencio y recién ahora rompía la superficie.

Al día siguiente salí a comprar botanas para el viaje. Cosas normales. Un mandado normal de una persona normal que definitivamente no se pasó la noche pensando en una biografía de Instagram.

Iba saliendo del condominio cuando vi la camioneta de mudanza. Blanca. Grande. Y junto a ella, supervisando a los cargadores con lentes de sol y un vestido que costaba más que mi renta de tres meses, estaba Regina.

—Nina, querida. Qué casualidad.

Sonrisa perfecta. Labios rojos. Ojos de serpiente.

—¿Te mudas aquí?

—¿No te contó Santiago? —Ladeó la cabeza—. Claro, supongo que ya no le cuenta todo a su esposa. El enganche lo puso él, ¿sabías? Antes de que ustedes se casaran. Un regalo. De un hombre cariñoso a una mujer que le importa.

Cada palabra era una aguja. Calculada. Precisa. Metida justo donde más dolía.

—Qué bonito tu conjunto, por cierto. ¿Es del mercado?

Me di la vuelta y caminé. No corrí. No le grité. No le di el gusto. Pero por dentro estaba ardiendo.

Regresé y marqué a Camila antes de que la puerta terminara de cerrarse.

—Se mudó al lado. AL LADO, Camila. A cinco metros de mi puerta.

—¿QUÉ? ¿Regina?

—Dice que Santiago le puso el enganche. Antes de la boda.

—Esa víbora miente más que respira. No le creas nada.

—¿Y si es cierto?

—¿Y si es cierto qué? ¿Vas a dejar que esa mujer te defina la vida? Tú eres Nina Salcedo, carajo. Tú no te achicas por nadie.

Tenía razón. Lo sabía. Pero el veneno ya estaba dentro.

Me tiré en el sofá. Puse la tele sin verla. Me quedé ahí mirando el techo hasta que se volvió borroso y después oscuro.

Antes de dormirme saqué el cuaderno. Las cartas para sky. Mi amigo. Mi confidente. El desconocido de internet que lleva años leyéndome sin juzgarme.

«Sky: Hoy alguien me preguntó si éramos esposos de verdad. Y yo no supe qué contestar. ¿Cómo le dices a alguien que el papel dice que sí pero el corazón todavía no decide? Me da miedo, sky. Me da miedo lo que estoy empezando a sentir. Porque si esto es real, entonces todo lo que creí saber de él estaba mal. Y si todo estaba mal, ¿quién soy yo? ¿La que odia o la que siempre quiso y no pudo?»

Dejé el cuaderno abierto sobre el pecho. Me dormí con la pluma en la mano y la pregunta sin respuesta.

...Santi....

Llegué a las once de la noche. El departamento a oscuras. Solo la luz del televisor sin volumen, parpadeos azules contra las paredes. Y ella en el sofá. Dormida. Hecha un ovillo con la cobija medio cubriéndole las piernas, el pelo suelto cayéndole por el borde del cojín.

Y el cuaderno abierto sobre su pecho.

Lo vi sin querer. Las letras de Nina, redondas, apretadas, inconfundibles.

«Sky.» Mi nombre. El que ella no sabía que era mío.

Leí. No debí leer. Pero leí.

«Hoy alguien me preguntó si éramos esposos de verdad.» Alguien. Yo. Yo le pregunté. «Me da miedo lo que estoy empezando a sentir.»

Se me nubló la vista. Algo caliente detrás de los ojos. Algo que llevaba años conteniendo y que esa noche, con ella dormida y la carta abierta, ya no pude.

Cerré el cuaderno despacio. Lo puse en la mesita. Pasé los brazos debajo de su cuerpo y la levanté. Pesaba tan poco. Siempre pesó tan poco. Como si estuviera hecha de algo que el viento podía llevarse y yo tuviera que ser el ancla.

La cargué hasta la cama. Le quité los zapatos. La tapé hasta los hombros.

Me quedé parado en la oscuridad. Mirándola dormir. Contando los segundos como antes contaba las toses en la ceremonia de los lunes.

Había leído la carta para sky. La carta que ella le escribió a él sin saberlo.

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