A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 24: EL NORTE RECUPERADO
Pasaron cuatro días antes de que Mila volviera a hablar con normalidad, cuatro días en los que cumplió con sus obligaciones —una mensajería, una reunión breve con don Efraín que la felicitó, con una calidez que a Mila le costó recibir sin sentir náuseas, por "haber sabido reaccionar bajo presión"— mientras por dentro cargaba el peso del hombre que había matado, revisitándolo en sueños entrecortados, en momentos de silencio que la asaltaban sin aviso mientras lavaba platos o caminaba por el barrio.
Fue Nail quien finalmente, la quinta noche, la llevó de vuelta al mirador, sin proponérselo como cita romántica sino como lo que realmente necesitaba: un espacio para procesar, lejos del ruido constante de El Pozo.
—No va a desaparecer nunca del todo —le dijo, sentados uno junto al otro, mirando las luces distantes de Puerto Fiel—. Ese peso. Se aprende a cargarlo, con el tiempo, pero no desaparece.
—¿Cómo lo carga usted?
Nail se quedó pensativo un momento largo, buscando una respuesta honesta en lugar de una fácil.
—Con propósito. Cada vez que hago algo que no quiero hacer, trato de asegurarme de que sirva para algo más grande que yo mismo, algo que pueda mirar de frente cuando llegue el momento de hacer cuentas conmigo mismo. No siempre lo logro. Pero lo intento.
Mila pensó en esas palabras durante varios días, dándoles vueltas mientras cumplía con su rutina, hasta que una tarde, sentada con su madre mientras esta cosía —más recuperada ya, aunque todavía frágil—, sintió que algo se cristalizaba dentro de ella con una claridad que llevaba meses buscando sin encontrar del todo.
Había estado, hasta ese momento, moviéndose por inercia dentro del mundo de don Efraín: aceptando misiones, entrenando, sobreviviendo un día a la vez, sin haber articulado del todo, ni siquiera para sí misma, un propósito claro más allá de la supervivencia inmediata y el vago deseo de encontrar algún día al responsable de la muerte de Yeison. Ese deseo, que en los primeros meses había sido el motor principal de todas sus decisiones, se había ido diluyendo entre la rutina del entrenamiento, la relación con Nail, la nueva estabilidad económica, el peso reciente de haber matado a un hombre.
Esa tarde, viendo a su madre coser con las manos todavía un poco temblorosas por la enfermedad, Mila entendió que necesitaba recuperar esa claridad, convertirla de nuevo en el centro de todo lo que estaba haciendo, o el riesgo de perderse completamente dentro de ese mundo —sin ningún propósito más allá de la supervivencia y la ambición ajena de don Efraín— se volvería cada vez más real.
Esa noche, en el entrenamiento, se lo dijo a Nail con una determinación que él reconoció de inmediato, la misma determinación fría que lo había convencido, meses atrás, de aceptar entrenarla.
—Necesito usar mi posición para encontrar al que mató a Yeison. Ya no puedo seguir dejando que eso quede en segundo plano. Es la única razón por la que empecé todo esto.
—¿Y qué va a hacer cuando lo encuentre?
La pregunta quedó suspendida entre los dos, cargada de un peso que ninguno de los dos, hasta ese momento, había querido nombrar del todo.
—No lo sé todavía —admitió Mila, con una honestidad que le costó, porque la respuesta fácil, la respuesta que llevaba meses fantaseando en silencio, era mucho más oscura de lo que se sentía cómoda admitiendo en voz alta—. Pero necesito saber quién fue. Aunque solo sea para tener la verdad.
Nail asintió, con una expresión que mezclaba comprensión y una preocupación que no intentó ocultar del todo.
—Voy a ayudarla. Pero con cuidado, Mila. Preguntar sobre esto dentro de la organización puede levantar sospechas que todavía no está lista para manejar. Don Efraín confía en usted, pero esa confianza tiene límites, sobre todo si empieza a sentir que está investigando algo que él prefiere mantener enterrado.
—¿Usted cree que él sabe algo?
—No sé si él lo sabe directamente. Pero en esta organización, muy pocas cosas pasan sin que alguien arriba se entere, tarde o temprano. Si su hermano murió por una deuda con alguien de este combo, existe la posibilidad de que la orden haya venido de más arriba de lo que usted se imagina, o al menos que alguien arriba lo sepa y lo haya dejado pasar.
Esa posibilidad, dicha en voz alta por primera vez, se le clavó a Mila con una fuerza distinta a cualquier otra cosa que hubiera considerado hasta ese momento: la idea de que la misma organización que ahora la protegía, que la había tomado bajo su ala con una calidez que se sentía genuina, pudiera estar directamente relacionada con la muerte de su hermano. Era una posibilidad que había mantenido, hasta ahora, en un rincón cuidadosamente ignorado de su mente.
—Voy a averiguarlo. Sin importar a quién tenga que investigar.
—Entonces empecemos con cuidado. Discretamente. Sin que nadie note que está buscando algo más que hacer bien su trabajo.
Esa noche marcó, aunque ninguno de los dos lo nombrara explícitamente en ese momento, el verdadero inicio de la cacería que Mila llevaba meses postergando sin saberlo del todo: la búsqueda sistemática, cuidadosa, de la verdad sobre la muerte de Yeison, ya no como un deseo vago flotando en el fondo de todas sus decisiones, sino como un propósito activo y deliberado que a partir de esa noche iba a guiar cada movimiento que hiciera dentro de la organización de don Efraín.
Caminando de regreso a casa, con la determinación recién recuperada instalándose en su pecho junto al peso todavía fresco de la primera vida que había quitado, Mila sintió que finalmente, después de meses de movimiento sin dirección clara, volvía a tener un norte firme hacia dónde caminar.
No sabía, esa noche, cuán cerca —y cuán lejos al mismo tiempo— estaba en realidad de la verdad que buscaba. No sabía que el hombre que había conocido apenas unas semanas atrás, con su apretón de manos prolongado y su sonrisa que no llegaba a los ojos, era exactamente la respuesta que llevaba meses buscando sin saberlo.
Esa verdad, y todo el peso que traería consigo, todavía tardaría varios meses más en revelarse del todo.