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Lazos De Hierro Y Terciopelo

Lazos De Hierro Y Terciopelo

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:855
Nilai: 5
nombre de autor: luisanyelis

trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas

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Capítulo 13: El Silencio de los Culpables

La Mansión Norte se transformó, en menos de veinticuatro horas, en un mausoleo de alta tecnología. Ethan no solo había cumplido su palabra de despedir a Leo; había reemplazado a todo el personal que tuviera más de dos años de servicio, trayendo mercenarios de una firma de seguridad privada europea que no hablaban el idioma de Elena. Para ellos, ella no era la “Señora Steelwood”, sino el “Objetivo de Protección Primario”.

Las ventanas fueron reforzadas con láminas de policarbonato antibalas, y el jardín, antes un lugar de escape, ahora estaba patrullado por perros doberman y sensores de movimiento térmico.

Dentro, la atmósfera era sofocante. Elena se pasaba las horas en el solárium, observando cómo la nieve de finales de invierno caía sobre el cristal, atrapada en un ciclo de apatía y odio contenido. Ethan, por su parte, había trasladado su oficina central a la mansión. Ya no iba a la torre Steelwood; el imperio se manejaba desde el despacho contiguo al dormitorio.

—Come, Elena —dijo Ethan una noche, mientras cenaban en el gran comedor. La mesa, diseñada para treinta personas, solo los albergaba a ellos dos en un extremo, bajo la luz de una sola lámpara de araña que proyectaba sombras alargadas sobre sus rostros.

Elena miró el plato de risotto con trufas como si fuera veneno.

—¿Para qué? ¿Para tener fuerzas y ver cómo instalas más cámaras en los pasillos? He contado doce nuevas hoy, Ethan. ¿También me vigilas cuando duermo a través de infrarrojos?

—Te vigilo porque eres lo único que le da sentido a este maldito dinero —respondió él, dejando los cubiertos con una calma glacial—. Christian Vane ha empezado a mover hilos con la prensa sensacionalista. Están diciendo que te tengo secuestrada. Mañana vendrá un equipo de la revista Vogue para una sesión de fotos. Sonreirás, dirás que estamos más felices que nunca y que te has tomado un descanso de la universidad por voluntad propia.

Elena soltó una carcajada amarga.

—¿Y si les digo la verdad? ¿Si les muestro las marcas de tus dedos en mis brazos?

Ethan se levantó, rodeando la mesa con pasos lentos y pesados. Se detuvo detrás de ella y apoyó sus manos en los hombros de Elena, apretando justo donde los moretones empezaban a desvanecerse.

—Si lo haces, Elena, tu padre perderá el seguro médico que paga su tratamiento para el corazón. Y Christian… bueno, Christian tendrá un accidente automovilístico antes de que tu entrevista llegue a la imprenta. No me pongas a prueba. Ya sabes de lo que soy capaz por mantenerte a mi lado.

La sesión de fotos fue una farsa coreografiada. Ethan no se separó de ella ni un segundo, manteniendo siempre una mano sobre su hombro o entrelazada con la suya, fingiendo una devoción que la prensa describiría más tarde como “el romance del siglo”. Sin embargo, bajo la superficie, Elena estaba librando su propia guerra silenciosa.

Esa noche, después de que los periodistas se marcharan, Elena decidió cambiar de táctica. Sabía que la confrontación directa solo alimentaba la necesidad de control de Ethan. Si quería salir, tenía que usar la única arma que él no podía dominar por completo: su deseo por ella.

Cuando Ethan entró en el dormitorio, encontró a Elena esperándolo no con frialdad, sino vestida con una lencería de seda negra que él mismo le había comprado en París meses atrás. Estaba sentada en el borde de la cama, cepillando su cabello con una lentitud provocativa.

—¿Qué es esto? —preguntó Ethan, deteniéndose en el umbral. Sus ojos se oscurecieron instantáneamente.

—Estoy cansada de pelear, Ethan —mintió ella, bajando la mirada para ocultar el fuego de su rabia—. Tienes razón. El mundo fuera es peligroso. Solo quiero que estemos bien.

Ethan se acercó, su respiración volviéndose errática. La tomó de la mandíbula y la obligó a mirarlo.

—¿Lo dices en serio? ¿O es otro de tus trucos?

—Pruébame —susurró ella, rodeando su cuello con los brazos y atrayéndolo hacia un beso que sabía a desesperación.

El encuentro que siguió fue el más intenso hasta la fecha. Elena usó su cuerpo para desarmar a Ethan, devolviéndole cada caricia con una pasión fingida que lo volvió loco. Lo llevó al límite, haciéndole creer que finalmente lo había aceptado, que su posesividad había ganado la batalla por su alma. En el clímax del acto, mientras él se hundía en ella gritando su nombre, Elena se dio cuenta de algo aterrador: Ethan era más vulnerable cuando creía que la poseía por completo.

Mientras él dormía, exhausto por el despliegue de energía y la falsa paz, Elena se levantó con cuidado. Sabía que Ethan guardaba la llave física de la caja fuerte del despacho en el cajón de su mesa de noche, una llave que controlaba no solo dinero, sino los documentos originales de la absorción de los Valerius que su padre mencionó.

Con el corazón en la garganta, Elena logró entrar al despacho. El silencio de la mansión era absoluto, roto solo por el pitido ocasional de los sistemas de seguridad. Usando la llave de Ethan, abrió la caja fuerte empotrada tras un cuadro de un paisaje invernal.

Allí, entre fajos de billetes y pasaportes, encontró una carpeta negra con el sello “Confidencial – Grupo Steelwood”.

Al abrirla, la verdad cayó sobre ella como un mazo. No solo Ethan había provocado el fraude; él había sobornado al auditor de los Valerius años antes de que el compromiso se hiciera oficial. Había estado drenando las cuentas de su padre sistemáticamente para asegurar que, cuando llegara el momento de la boda, Marcus Valerius no tuviera más opción que entregar a su hija como garantía.

Pero lo más impactante fue una carta manuscrita de su propio padre, fechada semanas antes de la boda.

“Ethan, te entrego a Elena no por el dinero, sino porque sé que eres el único capaz de protegerla de lo que viene. Los Vane saben lo que hicimos en el pasado. Cuídala, aunque ella te odie por el método.”

Elena dejó caer los papeles. Su padre no era solo una víctima; era un cómplice. Se habían repartido su vida como si fuera un botín de guerra.

—Es fascinante lo que uno encuentra cuando busca donde no debe, ¿verdad? —la voz de Ethan, gélida y despiadada, llegó desde la puerta.

Elena se giró. Ethan estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, vistiendo solo un pantalón de seda negro. No parecía enfadado; parecía decepcionado, con esa decepción de un dios que descubre que su criatura favorita ha pecado.

—¿Papá lo sabía? —preguntó Elena, su voz apenas un hilo—. ¿Él te ayudó a encerrarme?

—Tu padre sabía que el mundo de los Valerius se caía a pedazos. Él eligió al hombre más fuerte para que tomara el relevo —Ethan caminó hacia ella y le arrebató los documentos, tirándolos de nuevo a la caja fuerte—. Ahora lo sabes todo. No hay más secretos. No hay más mentiras.

—Te odio, Ethan. Te odio más que a nada en este mundo.

Ethan la tomó del brazo y la arrastró fuera del despacho, de regreso hacia el dormitorio. Su agarre ya no era cuidadoso.

—El odio es una emoción muy cercana al amor, Elena. Y me conformo con cualquiera de las dos, siempre y cuando sea dirigida a mí.

Cerró la puerta de la suite con un estruendo y la empujó contra la pared.

—Has intentado traicionarme después de haberme dado tu cuerpo hace solo una hora. Has jugado conmigo. Ahora, se acabaron los privilegios.

Ethan caminó hacia el panel de control de la habitación y pulsó una serie de comandos. Se escuchó el sonido metálico de persianas de acero bajando sobre las ventanas, sellando el dormitorio del resto del mundo.

—A partir de hoy, no saldrás de esta habitación —sentenció él—. Yo te traeré la comida. Yo te bañaré. Yo seré tu único contacto con la realidad. Si el mundo piensa que te tengo secuestrada, les daré la razón. Al menos aquí, podré asegurarme de que nunca vuelvas a mirar esos papeles.

Elena se dejó caer al suelo, sollozando, mientras Ethan se sentaba en un sillón frente a ella, observándola con una devoción maníaca mientras encendía un cigarrillo. La guerra entre ellos había alcanzado su fase final: el encierro absoluto. Fuera, Christian Vane lanzaba su ataque final contra las acciones de Steelwood, pero a Ethan no le importaba. Había perdido millones esa noche, pero finalmente, tenía a Elena exactamente donde quería: bajo su control total, en un mundo donde solo existían ellos dos.

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Mirna Lobo
que triste que un niño de su edad tenga que hacerse el fuerte por lo riguroso de su educación 😞
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