La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 20
La mañana transcurría tranquilamente en el jardín de la mansión Montenegro. El desayuno estaba servido sobre una mesa rodeada de flores, y Valeria parecía haber recuperado parte de su buen humor después de los desagradables acontecimientos del día anterior.
Damián, sentado frente a ella, cortaba su comida con una tranquilidad que habría resultado sorprendente para cualquiera que lo hubiera conocido meses atrás. Ya no necesitaba que Valeria lo convenciera de cada bocado ni amenazara con envolverlo en una sábana para conseguir que tomara sus medicamentos.
Aunque, si alguien le preguntaba, aseguraría que su mejoría se debía exclusivamente al tratamiento médico.
Valeria bebió un poco de jugo antes de plantear una pregunta que llevaba rondándole la cabeza desde que despertó.
—Damián, ¿crees que mi tía vuelva a molestarme?
Él dejó los cubiertos sobre el plato.
—Tranquila. Tengo la seguridad absoluta de que ella jamás volverá a molestarte.
Valeria soltó el aire que había estado conteniendo.
—¿De verdad?
—Completamente.
A unos pasos de distancia, Nicolás, que se encontraba custodiándolos, bajó discretamente la cabeza para ocultar su sonrisa.
Él sabía perfectamente por qué Damián estaba tan seguro.
Y también sabía que era mejor no preguntar.
—Qué alivio —murmuró Valeria—. No quiero volver a verla en mi vida.
—No tendrás que hacerlo.
La respuesta de Damián fue tan firme que ella dejó de juguetear con su vaso.
No le preguntó qué había ocurrido con su tía ni cómo estaba tan seguro de que no regresaría. Después de todo, había aprendido que en aquella casa existían asuntos que era mejor no investigar demasiado.
Además, por primera vez en mucho tiempo, quería disfrutar de la tranquilidad sin pensar en las personas que habían convertido su vida en una pesadilla.
Damián volvió a tomar sus cubiertos, pero, antes de continuar comiendo, pareció recordar algo.
—Puedo hacerte una pregunta.
Valeria lo miró con curiosidad.
—Claro. Pregunta.
Él giró ligeramente el rostro hacia su voz.
—¿Por qué vivías con tus tíos?
La sonrisa de Valeria desapareció poco a poco.
No era una pregunta complicada, pero la respuesta le dolía más de lo que le habría gustado admitir.
Durante unos segundos permaneció callada, contemplando el desayuno que tenía delante.
—Porque mis padres murieron cuando yo era niña. Tuvieron un accidente de automóvil y… después de eso me quedé sola.
Damián no la interrumpió.
—Nadie quería hacerse cargo de mí —continuó ella—. Al final, unos primos lejanos de mi madre me acogieron a regañadientes. Supongo que pensaron que estaban haciendo una buena obra.
Su voz adquirió un matiz amargo.
—Aunque nunca me dejaron olvidar que era una carga.
Los dedos de Damián se tensaron alrededor del tenedor.
Había escuchado historias desagradables a lo largo de su vida. Conocía la crueldad de las personas, las traiciones familiares y la facilidad con la que algunos vendían a otros por dinero.
Sin embargo, escuchar a Valeria hablar de su infancia le provocaba una irritación difícil de explicar.
—¿Y tu esposo? —preguntó—. ¿Cómo terminaste casándote con él?
Valeria soltó una risa sin alegría.
—Cuando entré en la adolescencia, mis tíos me vendieron a la familia de Iván. Después me casé con él.
Damián se quedó inmóvil.
—Espera.
—¿Qué?
—¿Te casaste así, sin más? ¿Solo porque vivías con él?
—Bueno, no exactamente.
Él esperó una explicación más razonable.
Valeria sonrió.
—También porque es muy apuesto.
Damián soltó una carcajada breve, aunque cargada de ironía.
—Lo dudo. Quizá tus gustos sean terribles.
La sonrisa de Valeria desapareció.
—¡Mis gustos no son malos!
—Eso está por verse.
—¡Y yo también soy muy guapa!
Damián se llevó una mano al rostro y señaló sus ojos.
—No puedo dar fe de eso. No puedo verte.
Valeria abrió la boca, indignada.
¡Qué hombre tan desagradable!
Una persona normal habría aprovechado la oportunidad para decirle algo amable. Podría haberle respondido que estaba seguro de que era hermosa, o al menos haber fingido un poco de cortesía.
Pero no. Damián Montenegro había decidido utilizar su discapacidad para ganar una discusión sobre su atractivo físico.
¡Y encima se reía!
—¿Ah, sí? —preguntó ella, entrecerrando los ojos—. ¿No puedes dar fe de que soy guapa?
—Exactamente.
—¿Y si te demuestro lo contrario?
—¿Cómo piensas hacerlo? ¿Vas a traer un certificado de belleza?
Nicolás tuvo que apretar los labios.
Su jefe estaba buscando problemas.
Y, por lo que conocía a Valeria, estaba a punto de encontrarlos.
Ella dejó su vaso sobre la mesa, se levantó y rodeó la mesa hasta situarse junto a Damián.
—Dame las manos.
Él frunció el ceño.
—¿Qué haces?
—Dame las manos.
—Valeria, te advierto que no voy a participar en ninguna de tus tonterías.
—Qué pena. Y yo que pensaba que eras un hombre valiente.
Damián resopló, pero terminó extendiendo las manos hacia ella.
Valeria las tomó entre las suyas y se las llevó al rostro.
—Toca mi cara.
Él se quedó desconcertado.
—No. ¿Por qué haría eso?
—Para que puedas verme a través de tus manos.
Por primera vez en toda la mañana, Damián no encontró una respuesta inmediata.
—Eso no tiene ningún sentido.
—¡Claro que lo tiene! Si no puedes verme con los ojos, tendrás que utilizar las manos. Es una solución brillante. Deberías contratarme como asesora.
—Ya tengo demasiados problemas contigo como para darte un puesto nuevo.
—Deja de quejarte y toca.
Valeria acomodó las manos de Damián contra su rostro.
Al principio, él permaneció rígido, sin saber muy bien qué hacer. Podía apartarse, burlarse de ella o recordarle que aquello era absurdo.
Pero Valeria estaba tan convencida de su brillante idea que terminó cediendo.
Sus dedos rozaron primero las mejillas de la joven. Después recorrieron con cautela el contorno de su rostro, la línea de su mandíbula y sus pómulos.
Su piel era suave.
Damián percibió la pequeña curva de su sonrisa cuando ella intentó contener la risa, y la manera en que inclinaba el rostro para ayudarlo a reconocer sus facciones.
No podía ver sus ojos ni saber de qué color eran sus labios. Tampoco podía contemplar la expresión orgullosa que seguramente tenía en ese instante.
Pero podía sentirla.
Y, de una forma inesperada, aquella cercanía le resultó agradable.
Valeria, completamente ajena a la confusión que empezaba a crecer dentro de él, esperó su veredicto.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Soy muy guapa?
Damián deslizó los dedos por su mejilla una última vez.
—Sí. Lo eres.
La respuesta salió de sus labios sin ironía, sin bromas y sin aquella arrogancia que utilizaba para defenderse de todo.
Valeria se quedó callada un instante.
No esperaba que lo admitiera tan fácilmente.
—¡Lo sabía! —exclamó, encantada—. ¡Por fin alguien reconoce mi belleza!
Damián retiró las manos de inmediato.
—No te emociones. Solo estoy siendo objetivo.
—¿Objetivo? ¡Acabas de confirmar que soy hermosa!
—He confirmado que tienes un rostro agradable. No es lo mismo.
—¡Es exactamente lo mismo!
—No discutas conmigo durante el desayuno.
—¡Tú empezaste!
Damián recuperó sus cubiertos, intentando devolver la conversación a la normalidad. Sin embargo, sus dedos tardaron un poco más de lo habitual en encontrar la posición correcta sobre la mesa.
Nicolás observó la escena en silencio.
Había visto a Damián enfurecerse, amenazar a hombres armados y tomar decisiones que podían cambiar el destino de familias enteras. Lo había acompañado durante sus peores noches y conocía su carácter mucho mejor que la mayoría.
Pero jamás lo había visto quedarse tan tranquilo mientras una mujer le tomaba las manos y las colocaba sobre su rostro para demostrarle que era bonita.
Y, sobre todo, jamás lo había escuchado admitir algo así con tanta sinceridad.
—¿De qué te ríes, Nicolás? —preguntó Damián de pronto.
La sonrisa del hombre desapareció.
—De nada, señor.
—Te escuché.
—Me alegra que esté de buen humor esta mañana.
—No estoy de buen humor.
—Por supuesto, señor.
Valeria soltó una carcajada.
—¡Nicolás, no lo provoques! Se pone de mal humor con mucha facilidad.
—Lo tendré en cuenta, señorita.
—¡Los estoy escuchando a los dos! —protestó Damián.
Valeria volvió a sentarse y tomó su vaso de jugo, satisfecha con el resultado de aquella pequeña victoria.
Damián, por su parte, intentó concentrarse en el desayuno.
No entendía por qué había permitido que Valeria hiciera semejante tontería. Tampoco entendía por qué no le había molestado que ella le tocara el rostro, cuando normalmente detestaba que los demás invadieran su espacio personal.
Y mucho menos comprendía por qué, después de apartar las manos, había deseado mantenerlas allí unos segundos más.
Era absurdo.
Seguramente estaba perdiendo la paciencia por pasar demasiado tiempo encerrado.
Sí. Esa debía ser la explicación.
—Valeria.
—¿Mmm?
—La próxima vez que quieras demostrar algo, utiliza argumentos razonables.
Ella sonrió por encima de su vaso.
—La próxima vez que quieras insultar mi belleza, asegúrate de tener ojos para defenderte.
Nicolás tuvo que darse la vuelta.
Damián apretó la mandíbula.
—Eres insoportable.
—Y tú eres un gruñón.
—Podría despedirte.
—Pero no lo harás.
Él se quedó callado.
Valeria tenía razón.
Y lo peor era que ambos lo sabían.
Damián continuó desayunando mientras ella le contaba, con entusiasmo, todas las razones por las que era una mujer hermosa. Escuchó sus exageraciones, sus comparaciones absurdas y hasta una breve explicación sobre por qué su nariz era perfectamente proporcionada.
No la interrumpió.
Ni siquiera cuando el desayuno terminó y Nicolás anunció que tenían asuntos pendientes.
Damián podría haber ordenado que Valeria regresara a sus tareas.
En cambio, preguntó si quería quedarse un rato más en el jardín.
Por supuesto, se dijo, era porque el aire fresco le hacía bien.
No tenía absolutamente nada que ver con que disfrutara escuchándola hablar.
Mucho menos con que, cuando ella se levantó para marcharse, sus dedos se cerraran alrededor de la taza vacía como si acabara de perder algo que no sabía que quería conservar.