NovelToon NovelToon
Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7. ¿Cómo pudiste hacer algo así precisamente hoy?

Los gritos atrajeron de inmediato muchas miradas. Lucía procuró mantener la cortesía. —Señora, fue usted quien chocó conmigo. Y no soy empleada de los Beltrán.

La mujer vaciló un instante. Luego alzó las cejas y la examinó de pies a cabeza. En su rostro altivo apareció una sonrisa todavía más despectiva. —Tienes razón. Con esa ropa no pareces una sirvienta. ¡Pareces una mendiga de la calle!

Se oyeron risitas alrededor. Lucía no tenía ganas de discutir. Estaba a punto de irse cuando vio acercarse a Valeria.

Iba muy elegante y llevaba un maquillaje impecable. Al verla, fingió sorpresa. —Pero si es Lucía.

La mujer miró a Lucía con desprecio. —Señora Beltrán, ¿usted conoce a esta mugrosa mendiga?

Lucía se quedó desconcertada. Aquella mujer creía que Valeria era la esposa de Adrián. Y Valeria no parecía dispuesta a corregirla. Al contrario, sonrió.

—Señora Ledesma, hágalo por mí. Dejemos las cosas así.

—Si usted me lo pide, señora Beltrán, por supuesto. —La mujer miró a Lucía con disgusto—. ¡Para la próxima, fíjate por dónde vas!

Lucía quiso aclarar quién era, pero Valeria se adelantó. La tomó del brazo con aparente preocupación. —¿Estás bien, Lucía? ¿No te lastimaste con el golpe?

Al ver aquel rostro tan falso, sintió asco. Iba a alejarse cuando alguien le dio un tirón del brazo.

—¡Tú no te vas! —Era la misma mujer, ahora indignada—. ¡Conque por eso chocaste conmigo! ¡Querías robarme la pulsera!

La acusación era tan absurda que a Lucía casi le dio risa. Valeria se apresuró a «defenderla»: —Debe de ser un malentendido, señora Ledesma. Antes Lucía tenía la costumbre de tomar cosas sin permiso, pero ya cambió.

Aquello no sonaba a una defensa. Sonaba a confirmar que Lucía tenía las manos largas.

Cada vez más personas la señalaban y murmuraban. Temiendo perjudicar el nombre de los Beltrán, Lucía se apresuró a explicarse. —¡Yo jamás le he robado nada a nadie!

—¿Quién más pudo ser? —La mujer ya la había declarado culpable—. ¡Seguro la tienes encima! ¿Te atreves a dejar que te revise?

Lucía sabía que era inocente y no le importaba que la revisaran. Pero Valeria ya se había acercado y metía la mano en su bolsillo. —Es un malentendido, señora Ledesma. Lucía cambió. Ya no roba…

Antes de terminar la frase, su expresión se alteró de pronto.

Miró a Lucía, profundamente decepcionada, y sacó una pulsera carísima del bolsillo de la blusa de Lucía.

—Lucía… No puedo creer que sí hayas sido tú.

Ella se quedó atónita. No había tomado nada de nadie. Y, sin embargo, la pulsera acababa de salir de su bolsillo.

—¡Lo sabía! ¡Me la robaste, mendiga mugrosa! —La mujer sacó el celular para llamar a la policía.

Lucía empezó a angustiarse. Era el cumpleaños cincuenta de la madre de Adrián. Si se llevaban a su nuera detenida por ladrona en plena fiesta, que la acusaran injustamente sería lo de menos. El escándalo mancharía el nombre de los Beltrán.

Más invitados se acercaron. Valeria, con el rostro lleno de decepción, insistió: —Sé que de niña nunca tuviste nada bueno y por eso te acostumbraste a robar. Pero ¿cómo se te ocurre hacer algo así precisamente hoy?

—¡Yo no fui!

Lucía lo explicó una y otra vez. Nadie le creyó.

Entonces recordó cómo Valeria había buscado acercarse a ella un momento antes. De pronto lo entendió.

¡Valeria le había plantado la pulsera!

Pero la señora ya había llamado a la policía. Los agentes llegaron poco después y se dispusieron a llevar a Lucía a la comisaría para tomarle declaración.

Estaban a punto de llevarse a Lucía cuando una señora elegante y distinguida se acercó a la señora Ledesma y le susurró unas palabras.

La expresión de la señora Ledesma cambió. Miró a Lucía, incrédula, y enseguida rectificó: todo había sido un malentendido.

Lucía no comprendía qué pasaba. Alzó los ojos hacia la recién llegada y recibió una mirada cargada de desprecio.

Aquello la dejó confundida e inquieta. Entonces Valeria volvió a acercarse.

—Lucía, ella es la mamá de Adrián. Ya está todo arreglado, no tienes que ir a la comisaría. Pero prométeme que no volverás a hacer algo tan vergonzoso.

Valeria fingía preocuparse por ella. Lucía intentó explicarse, pero la madre de Adrián la miró con disgusto, se volvió y se marchó.

Valeria sonrió y fue tras ella. Caminaban muy juntas, como si fueran una suegra y una nuera que se adoraban.

Alrededor seguían los murmullos. Hasta se oyeron algunas risas.

¡La esposa del heredero Beltrán era una mujer vulgar sospechosa de robo! Era para morirse de risa.

Lucía sentía las miradas de desconfianza desde todos lados. Dolida e impotente, entró en la casa y por fin encontró a Adrián.

En cuanto la vio con aquella ropa gris y aquel aspecto descuidado, él frunció el ceño con disgusto.

—Es el cumpleaños de mi madre. No solo llegas tarde y vestida así, sino que encima te pones a robar. ¿Te quieres morir?

El reproche salió frío, cortante.

Lucía intentó sonreír, con amargura. La noche anterior había terminado en el hospital por la brutalidad de él. Había estado a punto de perder al bebé.

Ni siquiera había podido asimilar lo del tumor cuando tuvo que salir corriendo hacia la fiesta. Apenas había llegado, ocurrió lo de la pulsera. No había tenido oportunidad de arreglarse.

Levantó los ojos hacia aquel rostro hermoso y sombrío. —No robé nada, Adrián. Fue Valeria quien…

—¿Robas y encima quieres culpar a Valeria por encontrar la pulsera en tu bolsillo? ¿No te das asco, Lucía?

«¿No te das asco, Lucía?»

El dolor le cerró el pecho hasta dejarla sin aire. Vio cómo él se daba la vuelta, se tragó la humillación y subió al segundo piso.

Entró por primera vez en el dormitorio que Adrián tenía en la residencia familiar. En el armario había varios vestidos carísimos, todos de las marcas más exclusivas del mundo.

Cuando estaba a punto de cambiarse, entró Valeria.

La miró de arriba abajo y se rio. —Una puta callejera como tú no se convierte en una gran señora por ponerse un vestido de lujo.

Lucía sonrió con frialdad. —Pues la señora Beltrán soy yo. Tú solo eres una amante sin vergüenza.

—¡Tú…! —Valeria perdió los estribos—. ¡No te creas tanto! ¡Adrián se va a divorciar de ti muy pronto! ¡Y se va a encargar de que desaparezcan tú y el bastardito que llevas dentro!

—Tú sabes mejor que nadie cuál de las dos lleva un bastardo en el vientre. —Lucía la miró con asco—. Fuiste tú quien me plantó la pulsera, ¿verdad?

—Sí, fui yo. ¿Y qué? ¿Quién va a creerte? —Valeria ya ni se molestó en fingir. Sonrió, satisfecha—. ¡Tarde o temprano, la señora Beltrán voy a ser yo!

Cuando se fue, Lucía se bañó a toda prisa. Se puso un elegante conjunto de tweed de estilo Chanel y se maquilló con discreción.

El espejo le devolvió una imagen dulce y serena, de ojos brillantes y una sonrisa de dientes blancos. Pero, por hermosa que fuera, Adrián jamás se detendría a mirarla.

Al pensar en su estado de salud, se tocó el vientre plano y sonrió con tristeza.

Quizá Natalia tenía razón. Tal vez ya no le quedara mucho tiempo para seguir amando a Adrián, porque su vida podía estar a punto de terminar.

La puerta se abrió. Adrián la apuró, impaciente. Lucía disimuló lo que sentía, se volvió y le dedicó una sonrisa suave.

Un destello de admiración cruzó por los ojos de él. Se acercó y, de pronto, le rodeó la cintura con una intimidad inesperada.

1
Sofia
yo quiero otro capítulo pero ya plis deja de hacerla sufrir tanto
Paola Garcia
mala novela no tiene ni forma de nada siempre lo mismo ella llevando palo y palo y toda Ia casada no me gustó o tiene nada de coherencia y ley hasta el capítulo 35
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play