Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.
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Capítulo 8: Emboscada en el Elevador
A las ocho y media de la mañana, Valeria Sterling había consumido dos tazas de café solo, sobrevivido al interrogatorio matutino de Lucas sobre por qué el señor gigante del despacho tenía una mandíbula con un ángulo idéntico a la suya, y convencido a su propio cerebro de que todo lo ocurrido la noche anterior era producto de la histeria colectiva.
Coincidencias genéticas existen, se había repetido frente al espejo mientras delineaba sus ojos con un trazo negro afilado como un estilete. El mundo está lleno de personas que se parecen. La paranoia de Bastian Thorne es su problema, no el mío.
Cruzó el atrio de mármol de la torre Sterling con paso marcial. Vestía un traje de dos piezas en azul cobalto ceñido al cuerpo, un abrigo de lana color camel sobre los hombros y tacones de aguja que repiqueteaban contra el suelo con la cadencia de una cuenta regresiva. Los empleados del vestíbulo se abrían a su paso con murmullos reverenciales.
Se dirigió al ascensor ejecutivo privado, reservado exclusivamente para los miembros de la junta directiva y directores de división. Deslizó su tarjeta magnética dorada por el lector; las puertas de latón pulido se abrieron con un deslizamiento silencioso.
Valeria entró, se giró para presionar el botón del piso cincuenta y cuatro y soltó un largo suspiro, bajando la guardia durante una fracción de segundo en la soledad de la cabina espejada.
Antes de que las puertas terminaran de cerrarse, una mano grande, de nudillos firmes y dedos largos, interceptó los sensores con un movimiento seco.
Las puertas se abrieron de nuevo.
Bastian Thorne entró en el cubículo con la lentitud deliberada de un depredador que entra a su propia jaula para acorralar a la presa.
Llevaba un traje gris marengo de tres piezas impecablemente cortado que acentuaba la envergadura de sus hombros. En su mano izquierda sostenía una pequeña tarjeta de seguridad negra con el emblema de su propia corporación; en la derecha, una tira de vendaje adhesivo discreto cubría la base del pulgar. Sus ojos grises, oscuros como el mar del Norte antes de una tormenta, se clavaron en el reflejo de Valeria en los espejos dorados.
Las puertas se cerraron a sus espaldas.
—Buenos días, señorita Sterling —dijo Bastian con una voz aterciopelada, tan baja y profunda que pareció hacer vibrar el suelo metálico bajo sus pies.
El corazón de Valeria dio un vuelco salvaje contra sus costillas, pero su expresión permaneció impasible como el mármol. No retrocedió ni un milímetro.
—Se equivocó de ascensor, Thorne —dijo ella con desdén, sin mirarlo directamente y fijando la vista en el panel digital que comenzaba a ascender—. Las visitas no autorizadas usan los elevadores del ala oeste previa acreditación en recepción.
Bastian dio dos pasos lentos hacia adelante. El espacio del ascensor, amplio para cualquier grupo de ejecutivos, de pronto pareció encogerse de manera asfixiante bajo el peso de su presencia física.
Levantó la mano derecha y, antes de que Valeria pudiera reaccionar, presionó con el pulgar el botón de parada de emergencia.
El ascensor se detuvo con una sacudida sorda entre los pisos treinta y dos y treinta y tres.
Las luces principales parpadearon una fracción de segundo antes de estabilizarse en un tono ámbar tenue de reserva. El zumbido de los motores cesó, dejando tras de sí un silencio absoluto, denso y cargado de electricidad estática.
—¿Qué demonios cree que está haciendo? —estalló Valeria, girándose hacia él con los ojos ardiendo de indignación y la barbilla en alto—. Si cree que puede intimidarme con trucos baratos de matón de puerto...
—Cállese, Valeria —ordenó él en un susurro gélido, acortando la distancia con una zancada felina.
Valeria intentó dar un paso atrás, pero su espalda chocó contra el pasamanos de latón y la pared espejada del ascensor. Bastian no se detuvo hasta quedar a menos de diez centímetros de ella. Apoyó una palma contra el espejo a la derecha de la cabeza de Valeria, inclinándose lo suficiente para invadir por completo su espacio vital.
El calor de su cuerpo la envolvió al instante. Olía a colonia cara de cedro y pimienta negra, a aire invernal y a un peligro crudo que hizo que a Valeria se le erizara cada poro de la piel bajo la seda azul.
—Quíteme las manos de encima o haré que seguridad derribe las puertas —amenazó ella, sosteniéndole la mirada tormentosa aunque el aire en sus pulmones comenzaba a escasear por la proximidad del magnate.
—Seguridad está a treinta pisos de distancia y mi equipo tiene intervenido el cuadro de mandos del hueco de este ascensor durante los próximos doce minutos —repuso Bastian con una calma desarmante. Inclinó la cabeza apenas unos centímetros, bajando los ojos hacia los labios de Valeria, que se entreabrían por la respiración agitada—. Doce minutos a solas con la mujer que se llevó lo que no le pertenecía.
—No sé de qué estupidez habla. No le debo nada a usted ni a su imperio.
Bastian dejó escapar una risa baja, áspera y cargada de una sensualidad tan oscura que el estómago de Valeria dio un vuelco involuntario. Se inclinó un poco más, hasta que sus labios rozaron casi la curvatura de la oreja de ella. Su aliento cálido quemó la piel de su cuello.
—Vial 409-B —susurró Bastian contra su piel—. Criobanco tres, sección privada. Clínica Saint-Luc, Ginebra. Doce de octubre de 2019, veintiuna horas con cuatro minutos.
El mundo entero pareció derrumbarse bajo los pies de Valeria Sterling.
Una corriente de hielo líquido le recorrió la columna vertebral de arriba abajo. Las palabras resonaron en sus tímpanos con la violencia de una detonación.
El código del vial.
La hora exacta.
La clínica suiza cuyo nombre jamás había pronunciado en voz alta frente a nadie en los últimos seis años. Nadie en los Estados Unidos conocía esos datos. Nadie salvo el médico suizo que firmó su expediente confidencial y la bóveda donde se archivó el contrato.
Valeria levantó la mirada hacia los ojos de Bastian. Por primera vez en toda su vida corporativa y personal, la máscara de hielo inquebrantable se fracturó por completo. El horror, la incredulidad y una certeza devastadora la dejaron sin habla.
—¿Qué...? —la palabra apenas salió como un aliento roto de su garganta.
Bastian retrocedió apenas unos milímetros para mirarla de frente, disfrutando de cada milisegundo de su conmoción. Sus ojos grises centelleaban con una mezcla letal de triunfo salvaje y una atracción furiosa que no se molestó en disimular.
—¿Creíste que habías comprado la semilla de un médico retirado de Zúrich, Valeria? —preguntó él, acariciando con el dorso de sus nudillos la línea tensa de la mandíbula de ella, un contacto breve y ardiente que hizo estremecer a Valeria antes de que ella apartara la cara de un golpe—. Un error en el sistema de refrigeración de la clínica durante una tormenta de nieve. Una enfermera incompetente que intercambió las etiquetas de la reserva pública con mi bóveda privada de seguridad.
—No... —murmuró ella, negando con la cabeza con desesperación—. Es mentira. Es una trampa para arrebatarme las acciones. Es...
—Noventa y nueve coma nueve mil novecientos noventa y ocho por ciento de compatibilidad de ADN —la interrumpió Bastian con una frialdad implacable—. El vaso de jugo de Mateo. Los cabellos de su cabeza. Tengo el informe forense completo en mi teléfono.
Bastian dio un paso más, aprisionándola contra el espejo con el peso de su cuerpo sin llegar a aplastarla, sintiendo el latido desbocado del corazón de Valeria contra su propio pecho.
—Mis ojos. Mi mandíbula. La marca de medialuna en la garganta de mi hijo. La arrogancia desmedida de Emma y la mente calculadora de Lucas. No son una coincidencia, Valeria. Son Thorne. De la cabeza a los pies.
Valeria apretó las manos en puños tan cerrados que las uñas se le clavaron en las palmas. La vulnerabilidad duró solo tres segundos antes de que una llamarada de furia volcánica sustituyera al pánico. Empujó el pecho de Bastian con ambas manos con una fuerza feroz, obligándolo a dar medio paso atrás.
—¡Son míos! —rugió ella con los dientes apretados, con una voz que destilaba veneno puro y una territorialidad salvaje—. ¡Yo los llevé en mi vientre durante nueve meses! ¡Yo sangré en el parto! ¡Yo pasé las noches en vela con fiebre, yo les sequé las lágrimas y yo construí un hogar para ellos mientras tú contabas tus millones en Suiza sin saber si estaban vivos o muertos!
—¡Porque tú me los robaste sin que yo tuviera la menor oportunidad de saberlo! —replicó Bastian, perdiendo por un instante su máscara de hielo y dejando ver la furia oscura que le carcomía las entrañas—. ¡Llevo seis años buscando el rastro de ese material robado por media Europa! ¡Seis años, Valeria!
Bastian la acorraló de nuevo, tomándole ambas muñecas con una sola mano firme, no para lastimarla, sino para fijarla frente a él. La tensión física entre ambos era tan asfixiante que el aire dentro del ascensor parecía a punto de prender fuego. Sus respiraciones se mezclaban en jadeos cortos, calientes, cargados de una furia que se transformaba peligrosamente en otra cosa: en un deseo primitivo, violento y negado por ambos.
—No me importa el contrato de Ginebra. No me importan tus millones de Wall Street —susurró Bastian, mirándole los labios con una intensidad que hizo que a Valeria se le encogiera el vientre—. Son mis hijos. Llevan mi sangre, llevan mi nombre y a partir de este segundo, no hay fuerza en la Tierra que me impida reclamar lo que me pertenece.
Valeria sostuvo su mirada abrasadora sin bajar la cabeza ni un milímetro, a pesar de que sus muñecas estaban atrapadas en la tenaza de los dedos de él. Una sonrisa gélida y letal curvó sus labios carmín.
—Atrévete a intentarlo, Thorne —susurró ella, desafiante como una reina al borde de la guillotina—. Atrévete a dar un solo paso legal contra mí, y te juro por Dios que descubrirás por qué me llaman la reina de hielo antes de que puedas pronunciar sus nombres.
Bastian no respondió con palabras. La miró a los ojos, luego a la boca, y por una fracción de segundo letal, Valeria creyó que él iba a estrellar sus labios contra los de ella en medio de la rabia.
En lugar de eso, Bastian soltó sus muñecas de golpe, dio un paso atrás con elegancia impecable y presionó el botón de reinicio del ascensor.
Los motores volvieron a rugir suavemente. El indicador digital volvió a iluminarse: Piso 34... 35... 36...
Bastian se acomodó los gemelos de platino en los puños, recuperando la compostura de un emperador como si no acabaran de incendiar el cubículo.
—Prepárese, señorita Sterling —dijo Bastian con una voz suave, cortés y aterradoramente definitiva mientras el ascensor se acercaba al piso cincuenta y cuatro—. La junta directiva de esta mañana ha sido cancelada. Su nueva agenda de trabajo... empieza esta misma tarde en su propia casa.