Ella es la hija de un General, es capaz, es inteligente, Pero todos ven que ser mujer es su única debilidad.
Pero ella demostrará lo contrario.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Palacio 1
—¿Han llamado a Viceroy al palacio?
La pregunta surgió en el comedor de oficiales menos de diez minutos después de que Emma se marchara.
El capitán Richard, el mismo hombre que años atrás había asegurado que una mujer no tenía lugar en el ejército, levantó la cabeza de su taza.
—Eso parece.
—¿Para qué?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? ¿No has preguntado?
Richard lo miró con fastidio.
—No soy su secretario.
—Pero podrías averiguarlo.
Otro oficial dejó el periódico sobre la mesa.
—Tal vez la asignen a la guardia real.
—¿A ella? No seas absurdo.
—¿Por qué no? Ha obtenido buenos resultados.
—En mis tiempos, los capitanes de la guardia real eran hombres con experiencia.
—Viceroy también tiene experiencia.
—Sí, pero...
El oficial dejó la frase sin terminar.
Todos sabían lo que quería decir.
Pero es mujer.
Un joven teniente, que había permanecido callado hasta entonces, intervino..
—Quizá el rey quiera felicitarla por sus servicios.
Richard soltó una risa.
—¿El rey va a convocar personalmente a una capitana para felicitarla? Tiene consejeros, generales y ministros. Dudo que disponga de tanto tiempo libre.
—Entonces debe tratarse de algo importante.
Aquella posibilidad consiguió silenciar la mesa.
Un momento después, el mayor Hargreaves se puso de pie.
—Tengo que entregar unos informes al departamento de defensa del palacio.
Richard lo observó.
—¿No los entregaste ayer?
—Hay documentos complementarios.
—¿Desde cuándo eres tan diligente?
—Desde que considero que el servicio al reino exige una actitud proactiva.
El mayor salió con una dignidad admirable.
Tres minutos después, otro oficial anunció que debía consultar unos registros militares en la oficina de enlace del palacio.
Cinco minutos más tarde, Richard descubrió que también tenía asuntos pendientes en la ciudad.
En menos de media hora, varios hombres que nunca habían mostrado demasiado interés por los trámites administrativos encontraron razones extraordinariamente urgentes para acercarse a la residencia real.
Naturalmente, ninguno de ellos admitió que deseaba averiguar qué hacía Emma allí.
Mucho menos que les preocupaba la posibilidad de que el rey estuviera considerando otorgarle una misión importante.
[Una mujer ya resulta bastante molesta cuando demuestra que sabe dirigir soldados. Si además comienza a recibir órdenes directas de Su Majestad, ¿qué será lo siguiente? ¿Que tengamos que escuchar sus opiniones durante las reuniones?]
La idea les resultaba insoportable.
Y, precisamente por eso, todos querían saber qué ocurriría.
Emma había visitado el palacio en otras ocasiones, aunque nunca en circunstancias como aquellas.
La residencia real era una construcción majestuosa, levantada con piedra blanca y detalles de oro oscuro. Sus torres se elevaban por encima de los jardines que solo tenia flores amarillas y negras, mientras las ventanas altas reflejaban la luz de la mañana.
La magia estaba presente incluso en los detalles arquitectónicos. Pequeños cristales encantados iluminaban los pasillos y las barreras protectoras que rodeaban los jardines brillaban tenuemente cuando alguien se aproximaba a los límites de la propiedad.
Emma admiró la construcción durante apenas un instante.
Después enderezó los hombros.
Había llegado hasta allí por orden del rey, no para hacer turismo.
Un guardia la condujo a través de varios corredores hasta una sala de reuniones donde la esperaba el consejero real.
La puerta se abrió.
Emma entró.
Y su entusiasmo sufrió el primer golpe de la mañana.
La sala estaba ocupada por varios hombres de alto rango.. generales, consejeros militares y oficiales vinculados a la defensa del reino.
Entre ellos reconoció a dos de los hombres que habían cuestionado abiertamente su ascenso.
El mayor Hargreaves estaba cerca de una ventana.
Richard se encontraba junto a una mesa.
Y el coronel Ashcombe, que alguna vez había sugerido que Emma sería más útil organizando las provisiones de un regimiento que dirigiéndolo, hojeaba unos documentos con una expresión de aparente indiferencia.
Emma comprendió inmediatamente que ninguno había acudido allí por casualidad.
[Qué maravilloso. He sido convocada ante el rey y, de regalo, también han venido todos los hombres que preferirían verme tejiendo calcetines.]
El consejero real se levantó.
—Capitana Emma Viceroy. Gracias por acudir con tanta rapidez.
Emma inclinó la cabeza.
—A su servicio, señor.
—Tome asiento.
—Prefiero permanecer de pie, si no hay inconveniente.
El consejero la observó brevemente.
—Como desee.
Emma se colocó frente a la mesa, con las manos detrás de la espalda y la mirada atenta.
Aquello era importante.
Tenía que serlo.
No permitiría que la presencia de aquellos hombres la distrajera.
El consejero abrió una carpeta.
—Su Majestad ha revisado algunos de los informes recientes relacionados con sus servicios al ejército. Sus resultados en las misiones de reconocimiento y su capacidad para dirigir unidades bajo condiciones adversas han llamado su atención.
El corazón de Emma volvió a latir con fuerza.
Allí estaba.
Sus informes.
Sus resultados.
Su trabajo.
El consejero continuó..
—El rey considera que sus conocimientos podrían ser útiles en una tarea que requiere disciplina, constancia y una comprensión adecuada del desarrollo físico y del control del mana.
Emma asintió lentamente.
[Desarrollo físico y control del mana. ¿Una unidad especial? ¿Entrenamiento de soldados que poseen magia? Eso tendría sentido. Podría estudiar las diferencias entre el entrenamiento convencional y las exigencias físicas de los magos.]
Su mente ya estaba organizando posibles estrategias.
Quizá tendría que colaborar con los magos del templo.
Quizá el reino estaba preparando una nueva unidad militar.
Quizá aquella era la oportunidad que había esperado durante años.
El consejero cerró la carpeta.
—Su misión consistirá en entrenar a lady Alana Norton, asistente de Su Majestad.
Hubo un breve silencio.
Emma parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
—¿Disculpe?
El consejero repitió con absoluta tranquilidad..
—Será responsable del entrenamiento físico de lady Alana Norton. Deberá ayudarla a fortalecer su cuerpo y mejorar su capacidad para manejar el mana mientras continúa sus estudios de magia.
Emma permaneció inmóvil.
En su interior, algo se rompió con la delicadeza de un cristal cayendo desde una torre.
[¿Qué?]
Miró al consejero.
Después a los generales.
Después al coronel Ashcombe.
Y finalmente volvió a mirar al consejero, por si había comprendido mal.
—¿Mi misión consiste en entrenar a una asistente?
El mayor Hargreaves soltó una tos sospechosamente parecida a una carcajada.
Richard se cubrió la boca.
El coronel Ashcombe ni siquiera hizo el esfuerzo de disimular.
—Parece que el palacio ha encontrado una ocupación apropiada para la capitana Viceroy. Después de todo, entrenar a una joven noble debería ser considerablemente más sencillo que dirigir una compañía.
Las risas se extendieron por la sala.
No eran estruendosas.
Eran peores.
Eran risas contenidas, murmullos y comentarios que pretendían ser ingeniosos, pero que llevaban el mismo mensaje de siempre.
No te consideran una verdadera capitana.
No confían en ti para una misión militar importante.
Siguen creyendo que, por ser mujer, tu lugar está al servicio de otra mujer.
Emma sintió que el rostro le ardía.
Quiso llorar.
No por la misión en sí, sino por la esperanza que había alimentado durante todo el camino.
Había creído, aunque fuera durante unos minutos, que alguien finalmente había decidido verla como una oficial competente.
Que su esfuerzo había servido para abrir una puerta.
Que, por una vez, no tendría que luchar para convencer a los demás de que merecía estar allí.
Se tragó las lágrimas.
No iba a llorar delante de ellos.
No les concedería ese placer.
El consejero carraspeó.
—La decisión procede directamente de Su Majestad. Se espera que cumpla con la misión con el mismo compromiso que ha demostrado en sus funciones militares.
Emma apretó la mandíbula.
—Por supuesto, señor.
—Lady Alana la espera en el patio de entrenamiento. La acompañaré para presentarlas.
El coronel Ashcombe sonrió.
—Procure no ser demasiado severa, capitana. No querríamos que la joven terminara huyendo del ejército.
Otro oficial soltó una carcajada.
Emma lo miró.
Durante un instante, estuvo a punto de responder.
Tenía al menos seis contestaciones excelentes, dos de ellas lo bastante mordaces como para hacer que el coronel reconsiderara su sentido del humor.
Pero no dijo nada.
Porque había aprendido que, en ocasiones, la gente no merecía el esfuerzo de una respuesta.
Hizo una reverencia formal al consejero.
—Si me disculpan, debo cumplir con mi deber.
Y salió de la sala.
Su espalda permaneció recta hasta que la puerta se cerró detrás de ella.
Solo entonces dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
[Una misión real. Una convocatoria directa. Un reconocimiento de mis capacidades.]
Miró el pasillo.
[Para terminar siendo la entrenadora personal de una noble.]
Se ajustó los guantes con un movimiento brusco.
[Excelente, Emma. Maravilloso. Has conquistado las fronteras de Sunderland para terminar enseñándole a una dama a hacer sentadillas.]
Y, aun así, siguió caminando.
Porque podía estar decepcionada.
Podía sentirse humillada.
Podía detestar aquella asignación con cada fibra de su cuerpo.
Pero no incumpliría una orden real.