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Pasión Y Obsesión Del Millonario

Pasión Y Obsesión Del Millonario

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / CEO
Popularitas:927
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.

Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: Asfixia suave.

El destello de la pantalla congeló la respiración en la habitación. El repentino brillo azulado cortó la penumbra del lujoso despacho, transformando el ambiente en un escenario de pura hostilidad.

Alexander soltó la mano de Elena con brusquedad, un gesto tan seco que la dejó temblando, y arrebató el teléfono de la mesa de roble. Sus ojos oscuros destellaron una furia calculadora mientras ampliaba la imagen que acababa de recibir. La fotografía, nítida y despiadada, los mostraba a ambos en el estacionamiento de la universidad, demasiado cerca, demasiado expuestos.

—¿Quién es? —balbuceó Elena, levantándose de la silla con el pánico reflejado en el rostro. Sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies—. Nos han visto. Si esto llega al decano, estoy acabada... mi carrera, mi beca, el tratamiento de mi madre, todo se derrumbará como un maldito castillo de naipes.

Su voz se quebró al final. La vulnerabilidad de su situación la golpeó con la fuerza de un mazo. Para ella, ese desliz significaba el fin de su futuro; para él, parecía solo un contratiempo en su agenda.

—Nadie va a destruir nada —respondió Alexander con una frialdad aterradora. No la miró. Su atención estaba completamente fija en la pantalla, tecleando a velocidad vertiginosa en su dispositivo, moviendo hilos invisibles con la destreza de un cirujano—. Nadie tiene el valor ni los medios para desafiarme en esta ciudad. Quienquiera que haya enviado esto, acaba de firmar su propia ruina.

En cuestión de segundos, la tensión acumulada en el ambiente estalló. Las palabras de poder de Alexander, lejos de calmarla, encendieron una chispa de rebelión en el pecho de Elena. Consumida por la frustración de sentirse un peón indefenso en un tablero ajeno, un simple daño colateral en el imperio de su profesor, intentó apartarlo para correr hacia la salida. Necesitaba aire, necesitaba huir de la opresión de esas cuatro paredes.

—¡Déjeme ir! —exclamó, empujándolo del pecho con todas sus fuerzas—. Usted me trajo aquí, usted provocó esto con sus juegos de poder y sus miradas en los pasillos. ¡No quiero ser parte de sus obsesiones enfermas! ¡No voy a dejar que me hunda con usted!

Alexander reaccionó con una velocidad imponente, casi sobrehumana. En un movimiento seco e implacable, anuló la distancia entre ambos y la acorraló contra el gran ventanal de suelo a techo que daba al vacío de la ciudad. El impacto contra el cristal hizo que Elena soltara un leve jadeo. Afuera, las luces de los rascacielos titilaban como estrellas distantes, iluminando el rostro de Alexander, ahora contraído por una posesividad desesperada y salvaje.

Sostuvo las dos muñecas de Elena con una sola mano por encima de su cabeza, inmovilizándola por completo contra el cristal frío que contrastaba con el calor abrasador que emanaba de sus cuerpos. Al mismo tiempo, su otra mano apresaba su barbilla con una firmeza dominante, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.

—Usted ya es parte de esto desde el momento en que cruzó la puerta de mi aula, Elena —espetó él, con los labios a milímetros de los suyos. Su respiración agitada golpeaba la piel de ella, exhalando un aliento cargado de una furia febril y un magnetismo oscuro—. No hay salida. No para usted. No para mí. Intentar huir ahora es una fantasía absurda. Me pertenece en este caos, ¿le queda claro?

El miedo inicial de Elena, ese pánico racional que le dictaba salvar su pellejo, se transformó de golpe en una corriente eléctrica de deseo prohibido. Era una metamorfosis violenta y confusa. Sus cuerpos encajaban a la perfección, sin dejar un solo centímetro de aire entre ellos; la dominación absoluta de Alexander anulaba cualquier rastro de resistencia lógica, arrastrándolos a un terreno peligroso donde la línea entre el odio y la adoración se desvanecía por completo. El peligro exterior pasó a un segundo plano, devorado por la urgencia del presente.

—Maldito sea... —susurró ella, un lamento que sonó más como una rendición sumisa que como un insulto, justo antes de que Alexander devorara sus labios en un beso hambriento, profundo y voraz.

El beso la dejó sin aliento, reclamando cada rincón de su boca con la urgencia de un hombre que sabe que tiene el control, pero que se niega a perder la única pieza que realmente le importa. Elena se entregó al abismo, aferrándose a los hombros de Alexander mientras la ciudad, ajena a su perdición, seguía brillando a sus espaldas.

Mientras el beso escalaba en intensidad y las manos de Alexander recorrían las curvas de Elena bajo el abrigo, el interfono de seguridad del penthouse emitió un pitido estridente y la voz del guardia de la planta baja resonó en el vestíbulo: "Señor Vance, la policía está en el ascensor corporativo. Vienen a interrogarlo por la desaparición del estudiante Julian".

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