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Mi Señor Prohibido

Mi Señor Prohibido

Status: Terminada
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / Romance oscuro / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22

Don Ricardo Lozano se había burlado de don Ernesto por ese escándalo durante años.

Cada vez que lo recordaba, don Ernesto sentía que le echaban sal sobre una herida que nunca cerró.

Odiaba a la bailarina.

Odiaba al amante de ella.

En aquel entonces, la rabia lo volvió un hombre terrible: mandó a romperles las piernas y los encerró en una clínica psiquiátrica privada, lejos de la prensa, para que pagaran vivos lo que, en su cabeza, le debían a su hijo.

No era justicia.

Era venganza.

Pero don Ernesto nunca pudo arrepentirse del todo.

Su hijo había sido demasiado tonto.

¿Quitarse la vida por una mujer?

¿Por una bailarina que lo traicionó?

Cada vez que esa pregunta volvía, el sueño se le iba.

Prohibió que cualquier persona del Grupo Fuentes mencionara el asunto. Pagó silencios, apagó notas, cerró bocas en medios y reuniones.

Creyó que el tiempo iba a enterrarlo.

Pero el tiempo no enterraba ciertas cosas.

Sólo les ponía polvo encima.

Desde entonces, don Ernesto se juró que ningún descendiente suyo volvería a casarse con una mujer de origen demasiado distinto.

No era, según él, desprecio a los pobres.

Él mismo había nacido en un rancho humilde.

Pero el miedo se le había vuelto regla.

Miraba a las familias ricas de Ciudad de México, los matrimonios pactados, los apellidos que se conocían de generaciones, y se decía que eso era más estable.

Más seguro.

Menos peligroso.

Para él, cuando dos personas nacían en mundos demasiado distintos, las grietas aparecían tarde o temprano: educación, costumbres, dinero, carácter, ambición, heridas.

Muchas madres no querían que sus hijas se casaran con hombres pobres para sufrir.

Él, con la misma lógica dura, no quería que sus hijos ni sus nietos se casaran con muchachas pobres para destruirse.

Que lo llamaran anticuado.

Que lo llamaran autoritario.

Mientras siguiera vivo, esa regla no iba a moverse.

Por eso insistía en una alianza para Santiago.

Familias conocidas.

Patrimonios parecidos.

Problemas previsibles.

El amor podía venir después.

La generación de don Ernesto había vivido así. Muchos matrimonios arreglados, con el tiempo, aprendieron a quererse.

Mariana escuchaba todo con un nudo extraño en el pecho.

Quería estar con Santiago.

Claro que quería.

Pero tampoco le gustaba ver a don Ernesto decidido a separar a Santiago de la mujer que él amaba.

El rostro del viejo estaba rojo de rabia. La respiración le salía pesada.

Mariana puso una mano sobre su espalda y lo palmeó con cuidado.

—Abuelo Ernesto, primero cálmese. Su salud es más importante.

Don Ernesto tenía más de ochenta años.

Por fuerte que pareciera, una emoción así podía ser peligrosa.

—¿Cómo quieres que me calme, Mariana?

El viejo soltó un suspiro largo.

Si Santiago estuviera frente a él, quizá ya le habría levantado la mano.

Ya había perdido a un hijo.

No iba a permitir que un nieto también se destruyera por una mujer.

En ese momento salió don Ignacio, el chofer, con unas tijeras de jardinería en la mano. Venía de recortar unas plantas cerca de la entrada.

Don Ernesto lo llamó:

—Ignacio, prepara el coche.

Podía ceder en muchas cosas.

No en el matrimonio de Santiago.

Don Ignacio guardó las tijeras y fue hacia la cochera.

Jimena y Cecilia intercambiaron una mirada.

Los ojos de ambas brillaron con triunfo.

Así que el viejo rechazaba a las muchachas comunes.

Perfecto.

Jimena sintió ganas de reír.

Dulce Muñoz, pensó, a ver si sigues sonriendo cuando te tiren el sueño encima.

Bajó la cara para esconder la satisfacción.

Pero Mariana la notó.

Y frunció el ceño.

No le gustaba la gente que disfrutaba viendo sufrir a otros.

Miró a Jimena y a Cecilia de frente.

—¿Y ustedes qué ganan viniendo a acusarla?

Mariana no tenía enemistad con la mujer que Santiago quería.

Pero esas dos...

Venían con veneno.

Jimena dejó de fingir.

—Mi objetivo es simple: bajarle los humos a Dulce. Usted no sabe lo arrogante que se ha puesto desde que Santiago Fuentes la mantiene.

Don Ernesto volvió a mirarla.

Jimena levantó la barbilla y empezó a soltar cada cosa con más veneno que verdad:

—Presume todo el tiempo lo que él le compra. Que un celular plegable carísimo, que transferencias de cincuenta y dos mil pesos, que regalos. Su mamá está hospitalizada por una enfermedad del hígado y los gastos son altísimos; claro, todo se lo paga Santiago. Hasta la tiene en una habitación VIP de miles de pesos la noche.

La cara de don Ernesto se volvió más oscura.

Jimena siguió.

—Y lo peor fue en el Centro Comercial MUSA. Yo fui a comprar ropa y Dulce, sólo porque sabe que Santiago la consiente, quiso quitarme un vestido. Como no pudo salirse con la suya por las buenas, le fue con el chisme a Santiago. Él llamó personalmente al encargado y ordenó que no me vendieran nada.

La voz de Jimena estaba llena de agravio falso.

—Por complacerla, Santiago Fuentes fue capaz de perder una venta y humillar a una clienta.

En realidad, Jimena ardía de envidia cada vez que repetía esas cosas.

Le dolía que Santiago pudiera hacer tanto por Dulce.

Y justo por eso exageraba.

Le encantaba acusarla.

Sobre todo ahora, cuando podía hacerlo frente a alguien capaz de destruirle la vida.

Vio que don Ernesto tenía los puños cerrados.

Entonces echó más leña.

—Dulce es muy hábil. No sé qué les da a los hombres, pero los deja tontos. Santiago no es el único. Leonardo Lozano también cayó. Anoche en el bar, él apareció para defenderla, dijo frente a todos que ella era su mujer y se la llevó en su coche.

Jimena contó la escena del bar a su manera.

Quitó lo peligroso.

Quitó la parte donde yo había defendido a Andrés.

Quitó la violencia de la mujer tatuada.

Dejó sólo la insinuación:

que yo seducía hombres poderosos y los ponía a pelear por mí.

La expresión de don Ernesto pasó de la furia a la sorpresa.

Luego a algo peor.

Una frialdad con filo.

Para él, una muchacha pobre dispuesta a trepar podía hacer cualquier cosa.

La idea era injusta.

Pero el recuerdo de la bailarina lo había vuelto incapaz de mirar con calma.

Y también había visto demasiados casos parecidos en círculos de dinero: hombres inteligentes perdiendo juicio por mujeres que sabían dónde tocarles el orgullo.

Ahora su nieto, el más inteligente de todos, parecía haber caído igual.

Quería ver con sus propios ojos qué clase de mujer era capaz de envolver a Santiago y también a Leonardo Lozano.

Don Ignacio llegó con el coche.

Don Ernesto subió.

Mariana no quiso que su abuelo, don Héctor, se metiera en el problema. Le pidió que se quedara en la residencia Fuentes y ella entró al coche de don Ernesto, sentándose a su lado.

—A Villa Bahía —ordenó don Ernesto.

Conocía esa propiedad.

Santiago la había comprado para descansar.

Don Ernesto no lo molestaba ahí porque entendía que su nieto necesitaba privacidad.

Siempre le había parecido correcto darle espacio.

Ahora sentía que ese espacio se había convertido en escondite.

Quizá no lo había vigilado lo suficiente.

Mariana miró el perfil endurecido de don Ernesto y se preocupó por otra cosa:

¿Santiago pensaría que ella había ido a acusarlo?

La idea le apretó el estómago.

Jimena y Cecilia vieron alejarse el coche.

Ya no tenían que fingir elegancia.

Jimena cruzó los brazos y sonrió.

—Ahora sí va a estar bueno el espectáculo.

Cecilia no sonrió igual.

Seguía inquieta.

¿Y si Santiago estaba demasiado decidido?

¿Y si Leonardo también?

¿Y si Dulce, de alguna forma absurda, seguía ganando?

No haber dormido le pesaba.

Jimena bostezó dos veces.

—Me voy a dormir. Cuando despierte, quiero buenas noticias.

Pidieron taxis por separado y se fueron.

Don Héctor, desde la entrada, miró el coche de don Ernesto perderse por la calle.

Suspiró.

Con el carácter de su viejo amigo, aquella visita no iba a terminar sin pelea.

En Villa Bahía, yo no pude volver a dormir después de despertar.

Doña Marta llegó temprano con verduras, carne y pescado fresco. Entró a la cocina y yo la seguí de inmediato.

—Hoy quiero cocinar yo —le dije.

Doña Marta me miró como si no estuviera segura de que fuera buena idea.

Pero me dejó ayudar.

Quería que Santiago probara algo hecho por mí.

Después de lo de la noche, de los celos, de todo, me nació una necesidad muy simple:

cuidarlo también.

Pasé casi dos horas en la cocina.

Doña Marta me ayudó a picar, a ordenar, a corregir el fuego cuando me emocionaba de más.

Al final quedaron diez platillos y una sopa.

Tal vez exageré.

Pero cuando una quiere alimentar a un hombre que la miró toda la noche como si no quisiera soltarla, la mano se va sola.

Estaba a punto de ir a despertarlo cuando Santiago apareció en la entrada de la cocina.

Tenía el cabello un poco revuelto y esa cara seria de quien todavía no termina de despertar.

Pero al oler la comida, la expresión se le suavizó.

Le sonreí.

—Señor, ¿ya tienes hambre? Ve a lavarte. Hoy me toca consentirte con comida.

Santiago todavía traía un poco de mal humor de sueño.

En vez de irse, se acercó y apoyó la frente sobre mi hombro.

El gesto me dejó quieta.

Luego me dio risa.

¿Quién iba a pensar que un hombre como él también podía ponerse así de infantil recién despertado?

—Vamos —dije, empujándolo suavemente hacia afuera—. Primero te lavas, luego comes.

Él se dejó empujar.

Como si de verdad fuera un niño grande.

Doña Marta había dejado la puerta principal sin cerrar del todo cuando entró con las bolsas del mercado.

La puerta interior también quedó abierta.

Así que cuando don Ernesto llegó, bajó del coche y entró sin que nadie lo detuviera.

Cuando entró, él seguía inclinado sobre mi hombro.

Yo empujándolo entre risas.

Una escena demasiado doméstica.

Demasiado íntima.

El rostro de don Ernesto se oscureció al instante.

Santiago sintió una presencia y levantó la mirada.

Al ver a su abuelo parado en la entrada, la sonrisa se le congeló.

Yo seguí sus ojos.

También me quedé rígida.

Ese tenía que ser su abuelo.

Había algo de Santiago en él: la línea de las cejas, la mirada fuerte, ese aire de hombre acostumbrado a decidir.

Pero el viejo me miraba con una dureza que me atravesó.

Como si yo hubiera cometido un crimen.

Instintivamente quise soltar a Santiago y tomar distancia.

Pero su mano atrapó la mía.

Firme.

No me dejó retirarme.

Santiago sabía que tarde o temprano don Ernesto iba a descubrirlo.

No imaginó que fuera tan pronto.

Pero ya que había ocurrido, no pensaba esconder a Dulce como si fuera vergüenza.

Miró a su abuelo con calma.

Con decisión.

Don Ernesto, ya furioso, vio esa mano unida a la de ella y sintió que el miedo se le convertía en incendio.

Santiago tenía la misma terquedad de su segundo hijo.

Exactamente la misma.

En su mente apareció la antigua pelea.

La amenaza de renunciar a la familia.

El cuerpo cayendo desde el piso treinta y seis.

Esta vez no iba a ceder.

Si Santiago era terco, él sería más terco.

Los dos hombres se miraron sin hablar.

El aire se llenó de una tensión seca, como pólvora esperando chispa.

Doña Marta salió de la cocina y se quedó inmóvil.

Ni siquiera se atrevió a respirar fuerte.

Yo miré a don Ernesto.

Luego a Santiago.

Su mano me envolvía con calor.

Ese calor me llegó al pecho.

Me conmovió.

En un momento así, él no me soltó por miedo a su abuelo.

Al contrario.

Me sostuvo.

Pero también me preocupé.

No quería ser la razón de una pelea familiar.

Moví apenas los dedos, intentando decirle con la mirada que me soltara primero.

Santiago apretó más.

Sus ojos me respondieron:

no tengas miedo.

Él había planeado llevarme con su abuelo cuando yo estuviera embarazada.

Ahora el plan se adelantó.

No había otra opción que hablar.

Mariana estaba junto a don Ernesto.

Al ver cómo Santiago y yo nos mirábamos, se le humedecieron los ojos.

Nunca había visto esa ternura en él.

El amor, cuando existe, se nota en la mirada.

Santiago miraba a Dulce como si ella fuera la única persona de la habitación que no podía permitirse perder.

Mariana tragó saliva y observó a Dulce.

Tenía más o menos su edad.

No era una belleza agresiva ni de revista.

Pero tenía rasgos limpios, una suavidad agradable y una energía que no parecía falsa.

La primera impresión de Mariana fue buena.

Mucho mejor que la que le dieron Jimena y Cecilia.

Si Santiago la había elegido con tanta firmeza, algo debía haber visto en ella.

Santiago notó que Mariana miraba a Dulce.

Y pensó en una posibilidad incómoda:

¿habría sido Mariana quien avisó a don Ernesto?

Su mirada hacia ella se enfrió.

Mariana lo sintió de inmediato.

Se le apretó el corazón.

Ya estaba triste.

Ser malinterpretada por Santiago dolía más.

—Santiago —dijo, intentando sostener la voz—, yo no traje a tu abuelo. Dos mujeres fueron a acusarte. Yo sólo lo acompañé porque estaba preocupada.

Ella podía estar dolida.

Podía estar celosa.

Pero no era una persona que disfrutara destruyendo a escondidas.

Santiago vio la sinceridad en sus ojos.

Sintió un poco de culpa.

Yo también la miré.

La forma en que hablaba de Santiago revelaba demasiado.

Le gustaba.

Si no le gustara, no sonaría tan herida.

Pero no me cayó mal.

Tenía ojos grandes, brillantes, una cara dulce de verdad. Parecía una muchacha sin demasiadas vueltas, quizá caprichosa, quizá mimada, pero no venenosa.

Dos mujeres fueron a acusar.

No necesité más.

Cecilia y Jimena.

Seguro vieron el estado que subí.

Me arrepentí un poco.

Quise provocarlas y olvidé que la gente mala no se queda sólo con la rabia: busca cómo devolverla.

Hay personas que no soportan verte mejor.

Recordé una historia de La Campana, el pueblo de mi abuela. Dos hermanas. La mayor se casó bien. La menor, mal: un marido pobre y violento. La hermana mayor, con lástima, le puso un pequeño negocio para ayudarla.

La menor la mandó matar.

También mataron a los hijos.

En el juicio, cuando el juez preguntó el motivo, la respuesta fue simple:

envidia.

Ver la vida feliz de su hermana la había podrido por dentro.

Desde entonces entendí que la envidia de algunas personas podía ser más peligrosa que el odio directo.

Sentí frío.

En ese momento, Jimena y Cecilia seguramente estaban saboreando la escena en su imaginación.

Querían verme abandonada.

Humillada.

Echada de la villa.

Pues no.

Mientras Santiago no estuviera casado, lo nuestro no era una relación vergonzosa.

Yo no era amante de un hombre con esposa.

No estaba destruyendo un hogar.

Pensarlo me devolvió firmeza.

Le sonreí apenas a Santiago.

Fuera lo que fuera, lo enfrentaría con él.

Santiago vio esa sonrisa pequeña.

Y entendió.

Su Dulce era más fuerte de lo que parecía.

Siempre encontraba una manera de mirar de frente los problemas.

Mientras ella permaneciera a su lado por voluntad propia, él no tenía miedo.

Don Ernesto vio que, incluso frente a él, Santiago seguía pendiente de esa mujer.

Eso le confirmó su peor temor.

Estaba atrapado.

Igual que su segundo hijo.

La escena de la caída volvió a latirle en la memoria.

No podía ser blando.

—Santiago Fuentes —dijo al fin, con una rabia que intentaba no volverse grito—. Qué orgulloso debes estar. Por eso te negabas cada vez que yo hablaba de casarte con Mariana. Resulta que ya tenías...

La mirada de don Ernesto cayó otra vez sobre mí.

Era como una hoja afilada.

No terminó la frase.

Tal vez por no insultarme frente a todos.

Tal vez por no manchar más el apellido.

Pero el desprecio quedó suspendido en el aire.

Santiago entendió que seguir tomándome de la mano sólo iba a empeorar el prejuicio de su abuelo.

También temió que don Ernesto dijera algo demasiado hiriente y lastimara a Dulce.

Así que soltó mi mano.

Pero no para apartarse.

Se colocó delante de mí.

Me cubrió con su cuerpo.

Cuando Santiago era niño, don Ernesto tenía un temperamento explosivo.

Con los años se había moderado, pero la furia seguía ahí, vieja y pesada.

Santiago conocía a su abuelo.

Era alegre cuando quería.

Brillante en los negocios.

Valiente para construir de la nada.

Capaz de querer con una lealtad enorme.

Pero también era terco, autoritario y demasiado marcado por la muerte de su segundo hijo.

Desde aquella tragedia, estaba convencido de que un matrimonio debía ser entre familias del mismo nivel.

Santiago caminó hacia él.

Se detuvo a dos pasos.

Bajó primero la postura.

—Abuelo —dijo—, fue mi error no contarte antes. Pero dame una oportunidad de explicarte bien.

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sonya martz
me da pena Leonardo, pero en el corazón no se manda
sonya martz
me encantó, de principio fin, gracias autora 🙏🏻
sonya martz
lloré
sonya martz
vaya! vaya! 😮
sonya martz
jajajaja jajajaja Jimena, eso te pasa por avariciosa /Facepalm/
sonya martz
cuánta maldad en ese viejo 😮
sonya martz
pobre Leonardo 🥺
sonya martz
Zaira, espero que quedes en la ruina, por cobarde, desgraciada
sonya martz
Mariana no va a quitar el dedo del renglón 😠
sonya martz
lo sabía
sonya martz
🤔🤔🤔🤔
sonya martz
exacto, son unas malditas, desgraciadas!!!😠😠😠
sonya martz
vaya! Leonardo llegó justo a tiempo 😏
sonya martz
malditas!! no se cansan de hacer daño??
sonya martz
y ahora, que va a hacer el viejo 🙄😠
sonya martz
Mariana se saldrá con la suya???🤔
sonya martz
Nooooooo! por favor nooooo!!
sonya martz
pobre Santiago 🥺
sonya martz
Dulce, la verdad no te entiendo 🤔
sonya martz
hay no!!! que no le pase nada malo a Santiago 🥺
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