Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 10 La Sabina del Rey
Caterina se rió de nuevo, disfrutando cada instante del sufrimiento de Zea. "No te pongas remilgosa, querida. Deberías aprovechar que alguien te ve. Porque cuando seas una omega usada por muchos, ya nadie querrá tenerte y tendrás que casarte con otro omega para que te aguante."
La risa cruel de Caterina se mezcló con las de algunos presentes. Zea sintió que el mundo se tambaleaba a su alrededor. Nunca, en toda su vida, la habían humillado de esa manera. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, y su mano temblorosa se llevó a la boca para contener un sollozo.
El joven alfa, viendo su vulnerabilidad, intentó de nuevo rodearla con el brazo. "Vamos, no seas tonta. Conmigo estarás bien protegida. Te prometo que no te arrepentirás..."
Pero antes de que pudiera tocarla, una furia dorada y ardiente irrumpió en el círculo.
Azú llegó corriendo, su cabello castaño volando al viento y sus ojos avellana brillando con una ira que pocas veces se veía en ella.
Sin mediar palabra, sin dar tiempo a nadie para reaccionar, levantó el brazo y asestó un tremendo golpe en la cara del joven alfa.
El sonido del impacto resonó en el patio, y el alfa cayó al suelo, aturdido y sangrando por la nariz. Un silencio sepulcral se extendió entre los presentes. Nadie se atrevía a moverse.
—¡Ella es mi amiga! —rugió Azú, su voz tronando sobre el patio—. ¡Y yo digo que se aparten de mi amiga! ¡Ahora mismo!
Los estudiantes retrocedieron como un solo hombre. Nadie, ni siquiera Caterina, se atrevió a desafiar a la sobrina del Alfa supremo. La multitud se dispersó rápidamente, algunos con la cabeza gacha, otros con pasos apresurados. El joven alfa se levantó del suelo, sostuvo su nariz sangrante y se fue sin decir una palabra.
Azú se giró hacia Zea, su expresión pasando de la furia a la preocupación en un instante. Tomó a su amiga entre sus brazos y la abrazó con fuerza.
—Zea, no les hagas caso —susurró, acariciándole el cabello—. Son unos idiotas. Unos envidiosos. No saben lo que dicen.
Zea sollozó contra el hombro de su amiga, su cuerpo temblando por la tensión acumulada. "Azú... no entiendo... ¿por qué dicen esas cosas? Yo no hice nada malo..."
—Lo sé, lo sé —respondió Azú, su voz firme pero tierna—. Mi tío es un idiota por haberte mirado así en público. Pero no es tu culpa. No es culpa de nadie. La gente solo habla porque no tiene nada mejor que hacer.
Zea se separó un poco, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. "¿Y ahora qué? Todos me miran como si fuera... como si fuera una cualquiera."
—No son nadie —dijo Azú con firmeza—. Son unos mediocres que no tienen la mitad de tu valor. Y te prometo que voy a llegar hasta el fondo de esto. Alguien ha estado esparciendo rumores, y voy a descubrir quién es.
Zea asintió, aún temblorosa, pero sintiendo un poco de calma gracias a la presencia de su amiga. "Gracias, Azú. No sé qué habría hecho sin ti."
—Para eso están las amigas —respondió Azú, sonriendo con calidez—. Ahora vamos a clase. Y si alguien dice algo, me encargo yo.
Caminaron juntas hacia el edificio principal, y Zea sintió que, aunque el mundo se hubiera vuelto en su contra, al menos tenía a alguien de su lado. Pero en su mente, las palabras de Caterina seguían resonando. Y una pregunta se repetía una y otra vez: ¿quién había empezado esos rumores?
Mientras tanto, en la mansión real, Bruno recibía un informe de su asistente personal sobre lo ocurrido en la universidad. Su rostro se oscureció al escuchar los detalles, y su lobo interior rugió con furia.
—¿Quién ha sido? —preguntó, su voz fría y peligrosa.
—No lo sabemos aún, Alfa —respondió el asistente—. Pero los rumores han llegado a oídos de todo el campus. Parece que alguien está intentando dañar la reputación de la joven omega.
Bruno apretó los puños. Sabía que, de alguna manera, todo esto estaba relacionado con su interés por Zea. Y tenía una sospecha muy clara de quién podría estar detrás de todo.
—Voy a la universidad —dijo, levantándose de su asiento—. Necesito verla. Asegurarme de que está bien.
—Pero Alfa, la reunión del consejo…
—Que esperen —gruñó Bruno, sus ojos brillando con un destello plateado—. Zea es más importante que cualquier reunión.
Y salió de la mansión con la determinación de quien va a proteger lo que es suyo.