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Me Enamoré del Hermano Equivocado

Me Enamoré del Hermano Equivocado

Status: Terminada
Genre:Romance / Pérdida de memoria / Amor platónico / Completas
Popularitas:10.9k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21

Los padres vuelven

Don Eduardo Montero bajó del auto con el saco sobre un brazo y la cara cansada de un vuelo largo.

Doña Mariana no esperó al chofer.

—Primero quiero ver a Valentina —dijo, entrando a la Residencia Montero con la bolsa todavía colgada del hombro—. Después desempaco.

La empleada del recibidor se quedó rígida.

—Señora...

Mariana se detuvo.

—¿Qué pasa?

—La señorita Valentina no está aquí.

Eduardo dejó la maleta junto a la escalera.

—¿Salió?

La mujer miró a Mariana, luego al piso.

—Se mudó a La Hacienda. Con el señor Sebastián.

Durante dos segundos, Mariana no dijo nada.

Después se quitó los lentes de sol con una calma demasiado exacta.

—¿Desde cuándo?

—Desde que salió del hospital, señora.

Eduardo inhaló despacio.

—Mariana.

—No —lo cortó ella—. Vamos ahora.

El trayecto hasta La Hacienda tomó menos de veinte minutos. Mariana no habló en todo el camino. Eduardo revisó dos mensajes de la oficina, pero al tercer intento guardó el celular. Conocía esa forma de silencio en su esposa. No era enojo común. Era decisión.

Cuando llegaron, Nana Carmen abrió la puerta principal.

—Don Eduardo, Doña Mariana. Qué bueno que ya volvieron.

—¿Dónde está Valentina? —preguntó Mariana.

Desde la cocina llegó una risa.

Mariana caminó hacia allá antes de que Nana Carmen pudiera contestar.

Valentina estaba de pie junto a la mesa, con un delantal blanco sobre la ropa y harina en la punta de la nariz. Nana Carmen le indicaba cómo doblar masa para empanadas. Sebastián estaba al otro lado de la barra, pelando mangos con una concentración ridícula para una tarea tan simple.

—Lo estás haciendo muy lento —le dijo Valentina.

—Estoy evitando cortarme.

—Tienes manos de oficina.

—Tengo manos muy útiles.

Valentina soltó otra risa y le quitó un pedazo de mango del plato.

—Entonces úsalas para terminar antes.

Sebastián levantó la vista. Sus ojos encontraron a su madre en la entrada.

La risa de Valentina se apagó un poco cuando notó el cambio. Luego se giró y abrió mucho los ojos.

—¡Papá Eduardo!

Corrió hacia él.

Eduardo la recibió con los brazos abiertos. Valentina lo abrazó fuerte, como si el cuerpo sí recordara el cariño aunque la cabeza no recordara los años.

—Mi niña —dijo él, tocándole el cabello—. ¿Cómo estás?

—Bien. Sebastián me cuida muchísimo. Nana Carmen también. Ya casi no me duele la cabeza.

Mariana sonrió.

No fue una sonrisa completa.

Valentina la abrazó de todos modos.

—Mamá Mariana, qué bueno que volviste.

Mariana cerró los brazos alrededor de ella. Le acarició la espalda una vez, con cuidado.

—Tenía muchas ganas de verte.

—Yo también. Aunque no me acuerdo de todo. Perdón.

—No tienes que pedir perdón por estar enferma.

Sebastián dejó el cuchillo sobre la tabla.

—El doctor pidió que no la presionáramos.

Mariana lo miró.

—Eso ya me lo explicó Nico por teléfono.

—Entonces lo sabes.

—Sé algunas cosas.

Valentina notó el filo en la frase, pero no entendió de dónde venía. Se limpió la harina de la nariz con el dorso de la mano.

—¿Se quedan a comer? Nana Carmen hizo caldo y yo hice empanadas.

Nana Carmen tosió.

—Usted ayudó con tres empanadas, mija.

—Tres empanadas importantes.

Eduardo rió.

—Entonces nos quedamos por esas tres.

La comida fue tranquila solo en apariencia.

Valentina habló de la universidad, de Lucía, de que todavía se perdía en los pasillos, de que Sebastián le había comprado una agenda para que apuntara todo. Eduardo la escuchó con paciencia. Cada tanto le hacía una pregunta sencilla, sin tocar el accidente.

Mariana, en cambio, observaba.

Observó cómo Valentina miraba a Sebastián antes de contestar algo que no estaba segura de recordar.

Observó cómo él le apartaba el vaso de agua cuando ella casi lo tiró con el codo.

Observó cómo Valentina, sin darse cuenta, dejaba la silla un poco orientada hacia él.

—¿Y las noches? —preguntó Mariana.

Valentina parpadeó.

—¿Las noches?

—¿Duermes bien?

—A veces me despierto. Pero Sebastián está cerca.

El tenedor de Mariana tocó el plato.

—¿Cerca?

Sebastián contestó antes que Valentina.

—Mi habitación está en el mismo pasillo. Nana Carmen también duerme en esta casa.

—No pregunté eso.

Eduardo dejó la servilleta sobre sus piernas.

—Mariana.

Ella bajó la voz.

—Solo quiero entender cómo se está organizando la casa.

Valentina miró de una cara a otra.

—No quiero causar problemas.

Sebastián giró hacia ella.

—No estás causando problemas.

Lo dijo sin levantar la voz, pero Valentina se calmó de inmediato.

Mariana vio ese cambio. Lo vio demasiado claro.

—Sebastián —dijo después de un silencio—, tu padre me dijo que estas semanas has movido reuniones, cancelado cenas de trabajo y delegado asuntos importantes.

—Daniel puede encargarse.

—Daniel no es el presidente de Montero.

—Yo tampoco dejé de serlo.

—No deberías descuidar el trabajo por esto.

Valentina bajó la mirada al plato.

Sebastián apoyó el vaso con cuidado.

—Valentina no es un esto.

Eduardo miró a su hijo mayor con una mezcla de cansancio y orgullo.

Mariana mantuvo la espalda recta.

—Puede mudarse de vuelta a la Residencia. Yo la cuido. Para eso volví.

Valentina levantó la cabeza.

—Pero yo estoy bien aquí.

—Mija, no estás en condiciones de saber qué es lo mejor.

—Sé que aquí duermo mejor.

La frase salió baja, pero clara.

Sebastián no sonrió. Tampoco se movió. Solo dejó que ella hablara.

Mariana apretó los dedos alrededor de la servilleta.

—Lo hablaremos con calma.

Después de comer, Valentina insistió en servir fruta en la sala. Sebastián le quitó el cuchillo de las manos antes de que empezara.

—Yo corto.

—Es mango, no dinamita.

—Y aun así casi te cortaste ayer con una manzana.

—Fue una manzana agresiva.

Eduardo volvió a reír.

La puerta principal se abrió poco después. Nico entró con una chamarra ligera y el cabello húmedo, como si hubiera venido directo de entrenar.

—Mamá.

Mariana se puso de pie.

—Nicolás.

Lo abrazó. Nico cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, vio a Valentina sentada en el sofá, junto a Sebastián, con un plato de mango sobre las rodillas.

—Hola, Vale.

—Hola, Nico.

No hubo rechazo en su voz. Tampoco esa urgencia de antes.

Nico lo notó.

Mariana también.

Valentina le ofreció el plato a Sebastián primero.

—¿Quieres?

—No.

—Sí quieres. Te vi mirar.

Sebastián tomó un trozo para evitar discutir.

Valentina sonrió satisfecha.

Mariana dejó la taza sobre la mesa.

—Nicolás, ven conmigo un momento.

Lo llevó al pasillo que daba al estudio pequeño.

Nico cerró la puerta tras ellos.

—Mamá, no empieces aquí.

—¿Qué está pasando?

—Ya lo viste.

—Quiero oírlo de ti.

Nico se pasó una mano por la cara.

—Antes del accidente, Valentina era mi novia.

Mariana cerró los ojos un instante.

—Lo sabía.

—No así.

—Nicolás.

—Ella no recuerda. Y ahora parece que... —tragó saliva—. Parece que quiere estar con mi hermano.

Mariana le tomó la mano.

—Tu padre y yo algún día teníamos que hablar contigo de esto.

—¿De qué?

—De Elena.

Nico frunció el ceño.

—¿La mamá de Vale?

Mariana asintió. Tenía los ojos húmedos, pero la voz firme.

—Antes de morir, Elena me pidió que cuidara a su hija. Y me pidió algo más.

Desde la sala llegó la voz de Valentina.

—¡Sebastián, no te comas el último!

—Tú me lo diste.

—Para probar, no para robar.

Nico miró hacia la puerta.

Mariana apretó su mano.

—Elena dijo: "El hermano mayor tiene el corazón demasiado profundo. Con él, mi hija va a sufrir".

Nico volvió la mirada lentamente hacia su madre.

—¿Qué?

—Tu madre juró que iba a proteger a Valentina —dijo Mariana—. No puedo romper esa promesa.

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Glen
Parecía bueno pero a mitad ya te parece q no va a ningún lugar y después con un final raro, no me gusto
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Marisa Rodriguez de Cuello
es muy densa la trama y simple. también se pueden leer repeticiones del relato que confunden la lectura
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