Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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La primera puerta que se abrió 1
Mi tranquilidad duró exactamente cuatro días.
Debí sospecharlo.
En aquel palacio, cuatro días sin problemas ya podían considerarse un acto de generosidad.
Aquella mañana me encontraba en el jardín de rosas rojas cuando Elara apareció caminando deprisa por uno de los senderos.
La vi acercarse y cerré el libro.
—Por tu cara, supongo que no vienes a preguntarme qué deseo almorzar.
—Señora, la emperatriz solicita su presencia.
—Definitivamente prefería lo del almuerzo.
Elara no sonrió.
Eso llamó mi atención.
—¿Ocurre algo?
—Hay varias damas con ella.
Ah.
Ahora entendía.
Cerré definitivamente el libro.
—¿Una de sus reuniones de té?
Elara asintió.
Miré mi vestido.
Era sencillo, de un tono oscuro, apropiado para pasar una mañana leyendo y absolutamente insuficiente para cualquier competencia absurda entre mujeres nobles.
—¿Debo cambiarme?
—La emperatriz indicó que acudiera inmediatamente.
Claro que sí.
Sonreí.
—Entonces no hagamos esperar a Su Majestad.
Me puse de pie.
Mientras caminábamos hacia el palacio, Elara parecía inquieta.
—¿Qué ocurre?
—Nada, señora.
—Elara.
La joven dudó.
—Escuché que algunas de las damas preguntaron por usted.
Eso era inevitable.
Yo era una desconocida que había llegado casada con el emperador en lugar de la princesa que todos esperaban.
Naturalmente querían verme.
O despedazarme verbalmente mientras bebían té.
En las cortes, ambas actividades solían confundirse.
—Entonces será mejor satisfacer su curiosidad.
Continué caminando.
—Antes de que comiencen a imaginar que tengo tres ojos.
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Pero nunca llegamos a la sala del té.
Al atravesar el corredor principal encontramos un pequeño caos.
Sirvientes corriendo.
Dos funcionarios discutiendo.
Jaime dando órdenes.
Y un hombre mayor sosteniendo varios documentos mientras intentaba explicar algo que nadie parecía querer escuchar.
—He dicho que necesitamos una autorización —insistía—. Los carros llevan dos días detenidos.
—La emperatriz está ocupada —respondió Jaime.
—Entonces necesito hablar con alguien que pueda decidir.
—Tendrá que esperar.
El hombre golpeó los documentos contra su propia mano.
—Si esperamos, perderemos la mercancía.
Seguí caminando.
No era asunto mío.
Di tres pasos.
Cuatro.
Entonces escuché:
—Son alimentos destinados a las aldeas del norte.
Me detuve.
Maldita curiosidad.
Elara también se detuvo.
—Señora…
—Solo quiero escuchar.
—Eso nunca termina bien.
La miré.
—Estás aprendiendo demasiado rápido.
Me acerqué.
Jaime me vio y su expresión cambió inmediatamente.
No parecía especialmente feliz de encontrarme allí.
—Señora Emilia.
—Jaime.
Miré al hombre.
—¿Qué ocurre?
El mayordomo respondió antes que él.
—Un asunto administrativo.
Perfecto.
La forma educada de decirme que continuara caminando.
Estuve a punto de hacerlo.
Entonces el hombre habló.
—Tres carros con harina, aceite y medicamentos permanecen retenidos en la entrada oriental porque falta una autorización del palacio.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Hubo un cambio en los registros de distribución y nadie quiere permitir la salida sin la firma correspondiente.
Miré a Jaime.
—¿Quién debe firmar?
Hubo una pausa mínima.
—La emperatriz.
Claro.
—Entonces que firme.
—Está ocupada.
Miré hacia el corredor que conducía a la sala del té.
Después volví a mirar a Jaime.
—Entiendo.
No dije nada más.
No me correspondía.
Lucrecia administraba el palacio.
Yo no.
Seguí caminando.
Pero antes de alejarme escuché al hombre murmurar:
—Para cuando termine su reunión, quizá ya sea demasiado tarde.
Me detuve otra vez.
Cerré los ojos.
Elara suspiró a mi lado.
—No digas nada —murmuré.
—No he dicho nada.
—Pero lo pensaste.
Regresé.
—¿Por qué sería demasiado tarde?
El hombre pareció sorprendido.
—Una de las aldeas sufrió un incendio hace tres noches. Perdieron parte de sus almacenes. Estos suministros deben llegar antes de mañana.
Aquello cambió las cosas.
Miré a Jaime.
—¿La emperatriz lo sabe?
—Fue informada esta mañana.
—¿Y qué respondió?
El mayordomo se mostró incómodo.
—Que atendería el asunto después.
Sentí algo desagradable.
No era mi responsabilidad.
No era mi reino.
No era mi administración.
Y, sobre todo, no tenía autoridad.
Pero había personas esperando comida mientras una mujer decidía qué té servir a sus invitadas.
—¿Existe otra persona que pueda autorizarlo?
—El emperador.
Perfecto.
—Entonces avísenle.
Jaime negó inmediatamente.
—Su Majestad se encuentra reunido con el Consejo Militar. Nadie puede interrumpirlo salvo que se trate de una emergencia.
Miré al funcionario.
—¿Cuántas personas dependen de esos suministros?
—Más de trescientas.
Volví a mirar a Jaime.
—A mí me parece una emergencia.
—Señora…
—No estoy dando una orden, Jaime. No tengo autoridad para hacerlo.
Dejé claro aquello.
—Solo estoy diciendo que alguien debería informar al emperador.
Jaime dudó.
Y entonces una voz llegó desde el otro extremo del corredor.
—¿Informarme de qué?