Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 4. Primer cambio parte 3.
Isabella sintió un breve alivio al escuchar sus palabras.
Kael, al ver que Mateo volvía a caer en lo que él creía que era otro engaño, no dijo nada más. Sabía cuánto la amaba, y que nada de lo que él dijera haría cambiar su parecer. Soltó un suspiro cargado de rabia y desesperanza, y se marchó con pasos rápidos; Luca y Damián lo siguieron en silencio.
Mateo no se giró para mirarla. Le habló dándole la espalda, con una voz que ya no era suave ni tierna: era la voz de alguien que había aprendido que solo había sido un juego para ella.
—Isabella, esta es la última vez que te creo. No habrá más oportunidades —dijo con pesadez—. Pero… realmente quiero creerte.
Se fue sin volver la vista atrás, dejándola sola con un vacío inmenso, tan profundo como un abismo.
"Kael tenía razón. Mateo es el más frágil de los cuatro, y al que más daño le hice. Antes veía ese amor inmenso como una molestia, y lo hería solo por diversión. Nunca lo traté bien, y aun así él siempre esperaba tan solo un poco de mi cariño… se conformaba con una caricia o una palabra amable para caer en mis engaños una y otra vez. Soy despreciable."
Isabella se quedó inmóvil en medio del pasillo, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Las palabras de Mateo resonaban en su mente una y otra vez, mezclándose con su propio desprecio hacia sí misma. Sabía que esa oportunidad era un hilo tan fino que podría romperse con el menor de sus errores.
Pasaron unos minutos antes de que pudiera moverse. Regresó a su habitación, cerró la puerta despacio y se dejó caer al borde de la cama. Allí, en la soledad, no hubo orgullo ni muros: solo el llanto que había contenido durante demasiado tiempo. Lloró por el Mateo que rompió, por los demás a los que convirtió en sombras llenas de rencor, y por la mujer cruel que había sido.
Al día siguiente, no esperó a que vinieran a buscarla. Se levantó temprano y se dirigió directamente al taller de Mateo. La puerta estaba entreabierta. Al entrar, vio que ya no había cuadros rotos ni desorden: todo estaba recogido, aunque él permanecía sentado frente a un lienzo en blanco, con el pincel en la mano sin atreverse a trazar una sola línea.
Al notar su presencia, no se giró de inmediato.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz apagada.
Isabella se acercó despacio, respetando su espacio.
—Quería preguntarte… ¿qué te gustaría escuchar en el concierto? —dijo con suavidad—. No sé nada de música clásica, pero quiero aprender. Quiero entender qué es lo que te gusta.
Mateo se tensó, y por un momento pareció que le pediría que se fuera. Pero al verla allí, con la mirada humilde y sin rastro de la arrogancia de siempre, sus dedos se relajaron apenas sobre el pincel.
—Hay una pieza… —empezó muy bajito—. Es suave, pero también muy triste. Siempre me ha recordado a cómo me sentía cuando tú me rechazabas.
—¿Me la tocarías? —le pidió ella con sinceridad—. Solo para mí.
Él dudó unos segundos, hasta que lentamente dejó el pincel y se giró hacia ella. Sus ojos seguían llenos de desconfianza, pero también de esa vieja esperanza que ella creyó haber matado para siempre.
—Si lo hago… —dijo con voz temblorosa—, no es para que te rías. No es para que me digas que es una tontería.
—Nunca más te diré nada así —prometió ella mirándolo a los ojos—. Te lo juro.
Sus palabras lograron ablandar nuevamente a Mateo, y esa pequeña chispa de esperanza que aún guardaba en su corazón creció un poco más. Mientras tanto, escondido en la penumbra del pasillo, Kael observaba todo en silencio: seguía convencido de que Isabella no había cambiado, y que su único propósito seguía siendo herir a su hermano.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Luca, apareciendo de pronto detrás de él.
—Espero a que deje de fingir —respondió Kael con voz seca y rencorosa—. No sé qué clase de trama está preparando, pero te aseguro que no voy a permitir que vuelva a salirse con la suya.
Luca dirigió la mirada hacia ellos. Mateo parecía realmente tranquilo, casi feliz; e Isabella sonreía con una suavidad y una ternura que ninguno de ellos había visto jamás en ella, hablando con una delicadeza que le resultaba extraña y desconocida.
Luca guardó silencio unos instantes, observando atentamente cada gesto, cada palabra suave que ella le dedicaba a Mateo.
—Se ve tan distinta… —murmuró, casi para sí mismo—. Jamás la vi tratar a nadie así. Ni siquiera cuando nos casamos.
—Porque es una farsa —replicó Kael, apretando los puños—. Es lo que mejor sabe hacer: mostrarse dulce hasta que tiene lo que quiere, y luego destruirlo todo sin piedad. No voy a esperar a que vuelva a lastimarlo.
—Espera —lo detuvo Luca, poniéndole una mano en el hombro—. Si te metes ahora, solo confirmarás lo que ella quiera: que nosotros no dejamos que Mateo decida. Démosle tiempo. Si es mentira, pronto se le caerá la máscara. Y si es verdad… entonces tendremos que aprender a verla de otra forma.
Kael lo miró con furia contenida, pero terminó asintiendo a regañadientes. Se quedarían allí, vigilantes, listos para intervenir en el momento en que algo saliera mal.
Mientras tanto, en el interior del taller, Mateo sentía que el pecho se le llenaba de una calidez que creía perdida para siempre. Isabella escuchaba cada una de sus explicaciones sobre las pinturas, sobre las melodías que amaba, y le hacía preguntas con interés genuino, sin burlarse, sin mirar a otro lado.
—¿De verdad quieres saber todo esto? —le preguntó de pronto, con una mezcla de alegría y temor—. Antes… antes decías que eran tonterías sin sentido.
Isabella bajó la mirada un instante, sintiendo el peso de sus propias palabras pasadas.
—Antes yo era la que no tenía sentido —reconoció con voz suave—. No sabía ver lo hermoso que había en todo lo que hacías. Ahora quiero aprender. Quiero conocer cada pedacito de ti que antes desprecié.
Mateo se quedó callado, mirándola fijamente. Y aunque el miedo seguía ahí, latente en el fondo de su corazón, esa pequeña esperanza siguió creciendo, alimentada por la paciencia y la ternura que ella le mostraba por primera vez.
—Entonces… ¿te gustaría dar un paseo conmigo? —preguntó Mateo, con el corazón golpeándole desbocado contra las costillas.
Isabella tardó unos segundos en responder. Mientras tanto, en su interior, una voz le advertía que no alimentara falsas esperanzas… pero otra, más profunda, le susurraba que esta vez ella no mentía.
—Sí, vamos —respondió ella con una sonrisa suave—. Me cambiaré y estaré lista en diez minutos.
Se marchó directo a su habitación, y Mateo se quedó allí inmóvil, sin poder creer lo que acababa de ocurrir. Se pellizcó las mejillas con fuerza, y al sentir el dolor, una sonrisa verdadera se dibujó en sus labios: no era un sueño.
—Mateo —lo llamó Kael, acercándose con la preocupación marcada en el rostro—. ¿De verdad te lo crees? Ella solo busca nuevas formas de torturarnos. Recuerda lo que hizo antes: quería romper nuestros lazos para siempre. Sabes bien el dolor y las consecuencias que sufriríamos si vuelve a intentarlo.
Mateo lo miró a los ojos, y por un instante volvió a ver la frialdad con la que ella lo había apartado apenas unos días atrás.
—Pon los pies en la tierra —intervino Luca, con una voz cargada de tristeza—. No nos ama. Por muy dulce que parezca su sonrisa, siempre oculta algo cruel preparado para nosotros.
Mateo apretó los puños, pero no bajó la mirada.
—No me importa —respondió con una calma que dolía, fría y decidida—. Si al lastimarme consigue ser feliz… entonces mi amor dejará de existir para no estorbarla.