Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 12 El papel doblado
Riven lo dejó en la entrada de un parque abandonado a las afueras del centro, con la única advertencia de que no se quedara quieto mucho tiempo y que no confiara en nadie.
—Ni siquiera en mí —le había dicho, con esa sonrisa burlona que ocultaba el cansancio de años de huir—. Si me ves de nuevo y hay agentes cerca, lo más probable es que te use de carnada para escapar. Así que mantente alejado. Sobrevive, mocoso. Esa es la única regla que importa.
Y luego hubo otro chispazo azul, y Riven desapareció de nuevo entre los árboles y la niebla de la tarde, dejando a Ali solo otra vez.
Ali caminó hasta un banco de madera viejo y podrido, escondido detrás de un seto de arbustos secos donde nadie le vería fácilmente. Se dejó caer encima con un gemido de dolor. Todo el cuerpo le dolía: las costillas rotas le pinchaban con cada respiración, los músculos de las piernas estaban destrozados por correr, y la mano con la que había creado el escudo le latía como si le hubieran dado martillazos por dentro. La marca del cuello ardía sin parar, un recordatorio constante de lo que era, de lo que había hecho, de lo que todos querían de él.
Había usado su poder a propósito.
Había creado un escudo.
Lo había hecho para salvar su vida.
Y Damián lo había visto todo.
La imagen de la cara de Damián en la plaza no se le iba de la cabeza. La sorpresa primero, luego la comprensión, luego esa tristeza profunda que le había partido el pecho más que cualquier golpe de Marcos. Damián sabía la verdad. Sabía que no era normal. Sabía que era un monstruo. Y aun así… no le había disparado. No le había arrestado. No le había llamado a más policías para acorralarle. Había intentado acercarse. Le había dicho con los labios que no se fuera.
—Estúpido —se susurró a sí mismo, frotándose los ojos con la manga de la chaqueta para que no se le salieran las lágrimas—. ¿Qué esperas? ¿Que te invite a vivir a su casa? ¿Que te trate como a un hijo? Ya te lo dijo Riven. Todos tienen un precio. Él también.
Pero no podía creérselo del todo.
No podía olvidar el café caliente. La manta limpia. La forma en que le había cogido sin hacerle daño cuando se iba a desmayar en el callejón. La forma en que no le había hecho ni una sola pregunta, aunque debía de tener mil en la cabeza. Damián no era como los demás. No podía serlo. Simplemente no podía.
El sol se estaba ocultando ya detrás de los edificios grises, tiñendo el cielo de un naranja sucio y frío. Ali tenía hambre. Tenía sed. Tenía frío. No sabía dónde dormiría esa noche. No sabía si volvería a ver a su madre alguna vez. No sabía si Némesis le encontraría antes de que oscureciera del todo.
Estaba tan perdido como siempre.
—Te he estado buscando durante tres horas.
La voz le llegó de detrás del seto. Baja. Grave. Con ese tono cansado que conocía de memoria.
Ali se puso de pie de un salto, el corazón latiéndole a mil por hora, las manos cerradas en puños listos para invocar el poder si hacía falta. Se preparó para ver uniformes, para ver armas, para ver refuerzos que le rodearan y se lo llevaran.
Pero cuando el hombre salió de entre los arbustos, estaba solo.
Damián Cruz.
Llevaba el abrigo de policía todavía, pero se había quitado la gorra. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos, como si no hubiera dormido en días. La cicatriz de la mandíbula le brillaba un poco con la luz del atardecer. No llevaba la mano en la pistola. No tenía la radio en la mano llamando a más agentes. Venía solo. Con las manos vacías.
—No te acerques —dijo Ali, con la voz temblorosa pero firme, retrocediendo un paso hasta pegarse a la espalda del banco—. Si has venido a arrestarme… si has venido a entregarme a esos hombres del coche negro… te lo juro que no me iré sin luchar.
Damián se detuvo a cinco metros de distancia. No dio ni un paso más. Levantó ambas manos lentamente, mostrando que no llevaba nada, que no quería hacerle daño.
—No he venido a arrestarte —dijo, claro y directo, sin rodeos. Su voz no tenía ira. No tenía miedo. Solo esa vieja fatiga que parecía llevar siempre consigo—. Y no he venido a entregarte a nadie. He venido solo.
—¿Por qué? —preguntó Ali, desconfiado, sin bajar la guardia—. Ya lo has visto. Ya sabes lo que soy. Lo que puedo hacer. Soy uno de esos… esos bichos raros que todos temen. Que todos quieren encerrar o matar.
Damián lo miró fijamente a los ojos.
—Sé que eres un chico de diecisiete años que lleva años recibiendo golpes que no se merecía —dijo, muy despacio, para que Ali entendiera cada palabra—. Sé que anoche estaba en un callejón listo para acabar con todo, y que hoy has tenido que pelear por tu vida contra hombres armados. Sé que estás asustado. Y sé que probablemente tienes razón en no confiar en nadie.
Hizo una pausa. Metió una mano en el bolsillo interior de su abrigo. Ali se tensó, listo para reaccionar. Pero Damián solo sacó un trozo pequeño de papel, doblado en cuatro, y un bolígrafo barato. Escribió algo rápido en el papel con movimientos firmes, luego lo dobló otra vez.
Se agachó despacio.
Dejó el papel en el suelo, a mitad de camino entre los dos.
Se levantó y retrocedió dos pasos, dejándolo claro: Ali podía cogerlo sin que él se acercara.
—Ahí tienes mi número personal —dijo Damián, señalando el papel con la cabeza—. El de mi móvil. Solo lo usan mi hermana y unos pocos amigos cercanos. Nadie más. Nadie de la comisaría. Nadie de Némesis.
Ali miró el papel. Luego miró a Damián. No entendía nada.
—¿Para qué? —preguntó, confundido, herido—. ¿Quieres que te llame cuando quieras arrestarme? ¿Quieres que confíe en ti después de lo que has visto?
Damián negó con la cabeza.
—No soy tu amigo, Ali —dijo, y sus palabras fueron duras pero sinceras, sin dulzura fingida—. No te puedo salvar de lo que eres. No te puedo arreglar la vida. No te puedo prometer que todo va a estar bien. No puedo hacer nada de eso. Soy solo un policía cansado que ha visto demasiada mierda en su vida y que sabe que a veces el sistema no sirve para nada.
Hizo una pausa. Miró a Ali a los ojos, y por un segundo Ali vio en ellos algo que no había visto nunca en la mirada de nadie más: respeto.
—Pero si alguna vez estás acorralado —continuó Damián, con la voz baja y firme—. Si alguna vez necesitas que alguien te escuche sin hacer preguntas. Si alguna vez necesitas que alguien te cubra las espaldas sin pedir nada a cambio… llama. Eso es todo. No te prometo nada más.
Se giró para irse. Dio dos pasos hacia los arbustos. Luego se detuvo. No se giró del todo, pero habló por encima del hombro:
—Y por cierto… tu tío Marcos ha presentado una denuncia falsa contra ti. Dice que le robaste dinero y que huyiste de casa. He hablado con los asistentes sociales. He dicho que tengo razones para creer que te maltrata. No van a creerle del todo. Por ahora. Pero ten cuidado. Él sigue ahí. Y los hombres del coche negro también. No te confíes.
Y entonces se fue.
Desapareció entre los arbustos secos sin hacer ruido, dejando a Ali solo en el parque que empezaba a oscurecerse, con el trozo de papel tirado en el suelo entre los dos.
Ali se quedó quieto mucho rato.
Miró el papel.
Miró el sitio por donde se había ido Damián.
Lentamente, con mucho cuidado, como si el papel fuera una bomba que pudiera estallar en cualquier momento, se acercó. Se agachó. Lo cogió.
Lo tenía frío por el contacto con el suelo. Lo desdobló despacio.
Dentro, escritos con tinta azul y letra firme y clara, había diez dígitos. Nada más. Ningún mensaje cariñoso. Ninguna promesa. Ningún final feliz. Solo un número. Una puerta entreabierta que Ali podía decidir cruzar o cerrar para siempre.
Se lo quedó mirando durante mucho tiempo.
Recordó las palabras de Riven: No confíes en nadie. Ni siquiera en el policía que te sacó de un callejón anoche.
Recordó la mirada de Damián. El café caliente. La forma en que no le había tenido miedo ni en el callejón, ni en la plaza, ni ahora.
Apoyó el papel contra su pecho, justo encima de donde latían las dos llamas. Lo apretó fuerte contra su corazón.
No sabía qué hacer.
No sabía si Damián le vendería.
No sabía si podía confiar.
Pero tampoco podía tirarlo.
No podía cerrar esa puerta del todo.
Por primera vez en diecisiete años… alguien le había dado una opción. Alguien le había dicho: si necesitas ayuda, llama. Sin condiciones. Sin mentiras.
Dobló el papel con mucho cuidado. Se lo metió en el bolsillo interior de la chaqueta, cerca del corazón, donde nadie lo encontraría.
El sol terminó de ocultarse. La oscuridad cayó sobre el parque. A lo lejos se oyó una sirena. Ali sabía que tenía que moverse. Tenía que encontrar un sitio donde dormir. Tenía que seguir sobreviviendo.
Pero antes de irse, se tocó el bolsillo por encima de la ropa, asegurándose de que el papel seguía ahí.
Seguía ahí.
Frío. Pequeño.
Pero real.
Empezó a caminar hacia la salida del parque, con la cabeza alta un poco más que antes.
No sabía qué vendría después.
No sabía si Damián sería su salvación o su perdición.
Pero por primera vez en mucho tiempo…
…no se sentía del todo solo.