Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 14: La carta que faltaba
El regreso a la Torre Santoro se hizo en un silencio distinto al de las últimas noches. Ya no era solo tensión. Había una mezcla de alivio contenido y la certeza de que la victoria en el juzgado no cerraba nada, solo cambiaba el terreno de juego.
Amelia dejó el maletín sobre el escritorio de la oficina de Gael y se quitó la chaqueta. Todavía sentía el peso de las miradas en la sala de audiencias, especialmente la de Victoria al final.
Gael cerró la puerta y se quitó la corbata con un gesto breve.
—El juez actuó más rápido de lo que esperaba —dijo—. Eso nos da margen. Pero Victoria no sonrió porque estuviera derrotada.
—Lo sé —respondió Amelia—. Esa mujer no improvisa. Si sonrió, es porque todavía tiene algo que nosotros no hemos visto.
Gabriel entró con una tableta en la mano.
—Los abogados ya están trabajando en la formalización del reclamo sobre el Proyecto Legado. Con los documentos presentados hoy, el proceso puede avanzar con más solidez. Sin embargo, hay un movimiento nuevo del lado Llorente.
Gael tomó la tableta.
En la pantalla aparecía una notificación reciente: el Grupo Llorente había solicitado una audiencia privada con el mismo juez para presentar “pruebas complementarias sobre la conducta de la señora Santoro durante su matrimonio anterior”.
Amelia leyó el texto por encima del hombro de Gael.
—¿Qué tipo de pruebas?
—Todavía no las detallan —dijo Gabriel—. Solo indican que son de carácter personal y profesional, y que podrían afectar la credibilidad de su reclamo.
Gael dejó la tableta sobre el escritorio.
—Quieren ensuciar tu nombre. Si no pueden detenerte por la vía cautelar, van a intentar desacreditarte.
Amelia se cruzó de brazos.
—Que lo intenten. Ya no estoy dispuesta a proteger la imagen de nadie.
Cuando Gabriel se retiró, Gael se apoyó en el borde del escritorio y la observó en silencio durante unos segundos.
—Anoche, en la carretera, no dudaste —dijo al fin—. Ni cuando dispararon.
Amelia sostuvo su mirada.
—Dudar me habría costado el archivo. Y posiblemente algo más.
Él asintió despacio.
—La mayoría de las personas en tu situación habrían pedido protección y desaparecido unos días. Tú decidiste entrar al juzgado con las pruebas en la mano.
—Porque esconderse le habría dado exactamente lo que Victoria quería.
Gael no respondió de inmediato. Parecía estar evaluando algo más allá de la estrategia.
—Hay una habitación de trabajo en el piso de abajo preparada para ti —dijo finalmente—. Si vamos a formalizar el reclamo del Proyecto Legado, necesitarás un espacio propio dentro de la estructura. No como invitada. Como parte interesada.
Amelia levantó una ceja.
—¿Eso lo decide el consejo o lo decides tú?
—Por ahora, lo decido yo. El consejo se enterará cuando corresponda.
La respuesta fue directa. Amelia no insistió.
Pasaron la siguiente hora revisando el contenido del archivo digital recuperado en la notaría. Había correos electrónicos antiguos, transferencias bancarias y notas internas que vinculaban a Don Rodrigo Llorente con intentos de presión sobre Leonardo Ferrer. También había menciones a una tercera persona identificada solo con las iniciales “S.V.”.
—Sofía Varela —murmuró Amelia—. Otra vez ella.
Gael señaló una fecha.
—Estos registros terminan de forma abrupta hace casi quince años. Justo cuando Sofía Varela desapareció del circuito legal.
—¿Crees que la silenciaron?
—Creo que alguien no quiso que siguiera haciendo preguntas.
Amelia cerró el archivo por un momento y se pasó una mano por el rostro. El cansancio de los últimos días comenzaba a acumularse detrás de los ojos.
—Necesito aire —dijo.
Gael la acompañó hasta el balcón privado de la oficina. Desde allí se veía una parte amplia de la ciudad. El viento levantó algunos mechones de cabello que se le habían soltado.
—Cuando todo esto termine —dijo Amelia sin mirarlo—, ¿qué piensas hacer con este matrimonio?
Gael no respondió de inmediato. Apoyó las manos en la baranda.
—El contrato establece que cada uno seguirá su camino cuando se cumplan las condiciones.
—Eso lo sé. Te pregunto qué piensas tú.
Él giró ligeramente el rostro hacia ella.
—Pienso que todavía es demasiado pronto para responder esa pregunta con honestidad.
Amelia sostuvo su mirada unos segundos. Después asintió.
—Al menos no mentiste.
Una notificación en el teléfono de Gael interrumpió el momento. Leyó el mensaje y su expresión cambió.
—Catalina quiere vernos. Ahora.
—¿Tu madre?
—Sí. Y no es una invitación.
Bajaron al piso donde Catalina Santoro tenía su despacho privado. La mujer los esperaba de pie, junto a la ventana, con una carpeta delgada entre las manos. No había nadie más en la habitación.
—Cierren la puerta —ordenó.
Gael lo hizo.
Catalina los observó a ambos con esa atención fría que ya le conocían.
—He revisado los documentos que presentaron hoy en el juzgado —dijo—. También he hablado con nuestros abogados. El Proyecto Legado es real. Y es más valioso de lo que la mayoría imagina.
Amelia no apartó la vista.
—Eso ya lo sabemos.
—Lo que ustedes no saben —continuó Catalina— es que existe una cláusula adicional que ni siquiera Martín Rivas mencionó. Una cláusula que mi esposo y Leonardo Ferrer añadieron en una de las últimas reestructuraciones.
Gael frunció el ceño.
—¿Qué cláusula?
Catalina abrió la carpeta y giró un documento hacia ellos.
—Si la heredera de Leonardo Ferrer se casa con un miembro de la familia Santoro antes de activar formalmente los derechos del Proyecto Legado, el control operativo del activo queda compartido de forma automática entre ambas líneas familiares durante un periodo de cinco años.
Amelia sintió que el suelo se desplazaba ligeramente bajo sus pies.
—¿Compartido?
—Sí. No es propiedad exclusiva. Es control compartido. Una forma de garantizar que ninguna de las dos familias pudiera traicionar a la otra después de tanto tiempo.
Gael tomó el documento y lo leyó con rapidez. Su rostro se tensó.
—Esto no aparecía en los archivos que teníamos.
—Porque estaba en los archivos privados de tu abuelo —respondió Catalina—. Yo los abrí esta mañana.
Amelia miró a Gael y después a Catalina.
—¿Eso significa que, al casarnos, ya activamos parcialmente el proyecto?
Catalina cerró la carpeta con precisión.
—Significa que el matrimonio de ustedes no solo cumplió el fideicomiso de Alessandro. También cambió el equilibrio de poder sobre el activo más disputado de los últimos veinte años.
Se acercó un paso.
—Y significa, señora Santoro, que ahora no solo tiene enemigos en el Grupo Llorente. También tiene ojos dentro de esta misma torre observando cada movimiento que haga.
Amelia sostuvo la mirada de la mujer sin parpadear.
—¿Incluyéndola a usted?
Catalina esbozó una sonrisa mínima.
—Especialmente a mí.
El silencio que siguió fue denso.
Gael fue el primero en hablar.
—¿Por qué nos dices esto ahora?
—Porque prefiero que lo sepan por mí y no por una filtración calculada —respondió Catalina—. Y porque Victoria Llorente no es la única que sabe jugar a largo plazo.
Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a Amelia por última vez.
—Bienvenida a la familia. De verdad.
La puerta se cerró detrás de ella.
Amelia permaneció inmóvil varios segundos. Después giró el rostro hacia Gael.
—¿Sabías algo de esta cláusula?
—No.
La respuesta fue inmediata y firme. Amelia la estudió un instante y asintió.
—Entonces las reglas acaban de cambiar otra vez.
Gael guardó el documento dentro de su chaqueta.
—Sí. Y esta vez el tablero es más grande de lo que cualquiera de los dos había calculado.