Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 5. El Baile que No Esperó a Nadie
El Baile de la Luna Dorada fue adelantado tres días.
La noticia llegó a media tarde, cuando Damián se encontraba discutiendo por tercera vez sobre la definición exacta de "disfraz discreto".
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Celeste respiró profundamente.
—Damián.
—Celeste.
—Un antifaz negro con bordes de plata es aceptable.
—Perfecto.
—Los cuernos ornamentales no.
—Son pequeños.
—Parecen antenas demoníacas.
—Eso es una exageración.
Basilio levantó la vista desde una carta.
—Puedo confirmar que parecen antenas demoníacas.
—No estoy rodeado de gente objetiva.
—Estamos siendo extremadamente objetivos.
—Exactamente —añadió Celeste.
Damián se dejó caer en una silla.
—Nadie respeta el arte villanesco.
—Nadie quiere que te reconozcan antes de entrar al salón.
—Eso también.
Fulgor, acostado junto a la chimenea, emitió un ruido extraño.
Todos giraron hacia él.
El dragón tenía el supuesto disfraz entre los dientes.
—Fulgor.
El dragón movió la cola.
—Suelta eso.
Más movimiento de cola.
—No es un juguete.
Fulgor comenzó a correr.
—¡Fulgor!
Durante varios segundos el castillo fue testigo de una persecución absurda.
Un villano corriendo detrás de un dragón.
Una heroína intentando no reírse.
Y un mayordomo tomando notas.
Finalmente recuperaron el disfraz.
Ligeramente baboseado.
—Perfecto —murmuró Damián—. Ahora mi elegancia huele a dragón.
—Es una mejora —dijo Basilio.
—Voy a despedirte.
—Lo ha intentado varias veces.
—Y siempre vuelves.
—Porque nadie más organiza sus archivos.
Esa última parte fue tan dolorosamente cierta que Damián decidió no responder.
Llegaron a la capital al día siguiente.
Aurelia brillaba bajo el sol de la tarde.
Las calles estaban llenas de carruajes, comerciantes y nobles que avanzaban hacia el palacio real.
Las torres blancas se elevaban sobre la ciudad como lanzas de piedra.
Celeste observó el movimiento con atención.
—Mucha seguridad.
—Yo diría demasiada —respondió Damián.
—¿Crees que saben algo?
—Creo que saben que algo ocurrirá.
—Pero no saben qué.
—Exactamente.
Basilio examinó los alrededores.
—Eso suele ser cuando empiezan los problemas.
—Qué reconfortante.
—Gracias.
Tras instalarse en una posada cercana, pasaron varias horas preparando la infiltración.
Para horror de Damián, el plan de Celeste era bueno.
Molestamente bueno.
Excesivamente bueno.
—Entramos juntos.
—Correcto.
—Evitamos llamar la atención.
—Correcto.
—Investigamos discretamente.
—Correcto.
—Y nadie improvisa.
Damián guardó silencio.
Celeste lo señaló.
—Especialmente tú.
—Esa acusación no tiene fundamento.
—La tiene.
—¿Pruebas?
—Te conozco desde hace dos días.
—Eso no es suficiente tiempo.
—Ya intentaste negociar con bandidos, organizar una reparación de puente y discutir con un dragón.
—Y todas fueron excelentes decisiones.
Basilio levantó una mano.
—Las estadísticas dicen lo contrario.
Aquella noche comenzó el baile.
El Palacio Real estaba iluminado por miles de lámparas de cristal.
La música llenaba los corredores.
Los nobles se desplazaban entre enormes columnas decoradas con oro y piedra blanca.
Por una vez, Damián parecía impresionado.
—Debo admitirlo.
—¿Qué cosa? —preguntó Celeste.
—Esto es bastante elegante.
—Gracias.
—Aunque le faltan sombras dramáticas.
—No.
—Y quizá dos o tres dragones decorativos.
—Definitivamente no.
Entraron al gran salón.
Durante varios minutos caminaron entre la multitud observando discretamente.
O al menos tan discretamente como lo permitía Damián.
—Deja de mirar a todos como si fueras a conquistarlos.
—Es mi cara normal.
—Ese es precisamente el problema.
Mientras avanzaban, Basilio apareció junto a ellos.
—He encontrado algo.
—¿Qué viste? —preguntó Celeste.
—Consejero Marvon.
Ambos se pusieron atentos.
Marvon era uno de los nombres que aparecían repetidamente en los documentos encontrados por Fulgor.
Desde un balcón lateral podían verlo claramente.
El consejero hablaba con una mujer vestida con plumas negras.
Entre ambos intercambiaron un pequeño cilindro metálico.
—¿Qué es eso? —susurró Celeste.
—No lo sé —respondió Damián.
—¿Podemos acercarnos?
—No sin llamar la atención.
Celeste observó el salón.
Decenas de nobles.
Música.
Parejas bailando.
Entonces tuvo una idea.
—Necesitamos mezclarnos.
—Correcto.
—Necesitamos acercarnos.
—Correcto.
—Y necesitamos parecer ocupados.
Damián empezó a sospechar.
—No me gusta ese tono.
—Baila conmigo.
Hubo silencio.
—¿Qué?
—Es la forma más sencilla de acercarnos.
—No.
—Sí.
—No sé bailar.
—Eso es absurdo.
—Sé conspirar.
—No es lo mismo.
—Se parecen.
—No.
Basilio intervino.
—Mi lord, una vez tomó clases.
—¡Eso fue hace años!
—Conservo los registros.
—¿Guardas registros de todo?
—Sí.
Celeste extendió la mano.
—Vamos.
Damián la observó.
Luego observó el salón.
Después a Marvon.
Finalmente suspiró.
—Si piso tu pie, la responsabilidad es compartida.
—No funciona así.
—Debería.
Tomó su mano.
(todas las imágenes son creadas por IA)
Y para su desgracia, resultó que sí sabía bailar.
La música los arrastró entre la multitud.
Giraron lentamente por el salón acercándose a Marvon sin despertar sospechas.
—Te mueves mejor de lo esperado —comentó Celeste.
—Soy bueno en todo.
—Basilio.
—Mi lord tropezó dos veces aprendiendo.
—¡Eso fue hace años!
—Los archivos no olvidan.
Celeste soltó una risa.
Por un instante olvidaron la investigación.
La conspiración.
Los documentos.
Las amenazas.
Solo existían la música y el movimiento.
Hasta que Damián la vio.
En el balcón superior.
Inmóvil.
Observándolo.
Una figura con una máscara completamente blanca.
El mundo pareció detenerse.
Toda diversión desapareció de inmediato.
Celeste notó el cambio.
—¿Qué ocurre?
—No mires todavía.
—¿Por qué?
—Porque alguien nos está observando.
La caballera se tensó.
—¿Quién?
Damián mantuvo la vista fija al frente.
—La Corte del Espejo.
—¿Qué?
—Luego te explico.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería.
Cuando Celeste finalmente miró hacia arriba, la figura seguía allí.
Observándolos.
Esperando.
Y en el momento en que sus ojos encontraron la máscara blanca, la figura desapareció entre la multitud.
Como si nunca hubiera existido.
—No me gusta esto —murmuró Celeste.
—Bienvenida al club.
Entonces ocurrió.
Varias lámparas estallaron al mismo tiempo.
Un olor extraño se extendió por el salón.
Los músicos dejaron de tocar.
Algunas personas comenzaron a tambalearse.
Y las enormes puertas doradas se cerraron con un estruendo que hizo vibrar todo el palacio.
Silencio.
Luego una voz resonó desde el centro del salón.
—Qué oportuno que todos estén presentes.
El consejero Marvon sonreía.
Y por primera vez aquella noche ya no fingía ser un noble respetable.
—Porque ahora todos ustedes serán testigos de la caída de Aurelia.
Damián suspiró.
—Sabía que esto iba demasiado bien.
—¿Tienes algún plan? —preguntó Celeste.
—Varias ideas.
—¿Buenas ideas?
—No.
—Perfecto.
Y en algún lugar, muy lejos del palacio, un dragón que no estaba invitado levantó la cabeza de repente.
Como si acabara de percibir que sus humanos favoritos estaban a punto de meterse en problemas.
Sí, una buena escena cómica es hacer que Fulgor intente colarse en el baile por su cuenta, convencido de que también está invitado.
Puedes insertarla justo antes de que Marvon active su plan:
Mientras Damián y Celeste avanzaban entre la multitud, algo extraño ocurrió en las puertas principales del salón.
Primero se escuchó una discusión.
Luego otra.
Después una tercera.
Finalmente apareció un guardia corriendo.
—¿Qué sucede? —preguntó uno de los nobles.
—Nada.
—Eso claramente no es cierto.
—Tenemos... un problema logístico.
—¿Qué tipo de problema logístico?
Un rugido respondió por él.
Todo el salón quedó en silencio.
Damián cerró los ojos.
—No.
Celeste giró lentamente la cabeza.
—¿Eso fue...?
—Sí.
—No puede ser.
—Sí puede.
A varios metros de distancia, dos enormes puertas comenzaron a abrirse.
Los guardias intentaban impedir algo.
O alguien.
Perdían claramente la discusión.
Entonces apareció Fulgor.
El dragón avanzó por el corredor principal con la dignidad de una criatura absolutamente convencida de tener derecho a estar allí.
Llevaba una cortina roja alrededor del cuello.
De alguna forma había conseguido convertirla en una capa.
—¿Por qué lleva una capa? —preguntó Celeste.
—No quiero hablar de eso.
—Mi lord se la confiscó hace tres semanas —explicó Basilio.
—¿Cómo la recuperó?
—Nadie lo sabe.
Fulgor siguió avanzando.
Los músicos dejaron de tocar.
Varios nobles se apartaron.
Una mujer dejó caer una copa.
El dragón observó el salón.
Después observó las mesas.
Luego fijó la vista sobre la sección de postres.
—Oh no —susurró Damián.
—¿Qué ocurre?
—Ha encontrado el buffet.
Era demasiado tarde.
Fulgor aceleró.
Los cocineros gritaron.
Los nobles se dispersaron.
Y en cuestión de segundos desaparecieron tres pasteles, una pirámide completa de profiteroles y algo que probablemente había sido una escultura de azúcar extremadamente cara.
—Eso costó meses de trabajo —gimió un chef.
Fulgor parecía satisfecho.
—No puedo creer que haya llegado hasta aquí —dijo Celeste.
—Yo sí.
—¿Por qué?
—Porque la última vez apareció en una reunión diplomática.
—¿Por qué había una última vez?
—Porque Fulgor toma decisiones.
—Malas decisiones.
—Principalmente malas.
Un capitán de la guardia se acercó a Damián.
—¿Conoce a esta criatura?
Damián guardó silencio.
—Mi lord —dijo Basilio.
—Estoy pensando.
—Lo está mirando directamente.
—Sigo pensando.
Fulgor vio a Damián.
Sus ojos brillaron.
Acto seguido corrió hacia él.
Los nobles se apartaron aterrados.
El dragón llegó hasta el centro del salón.
Y empujó afectuosamente a Damián con la cabeza.
El resultado fue que el supuesto señor oscuro perdió el equilibrio y cayó sentado sobre una silla dorada.
Varios aristócratas observaron la escena.
Uno de ellos susurró:
—Creo que el dragón lo conoce.
—Excelente deducción.
Fulgor emitió un sonido alegre.
Luego observó a Celeste.
Y se acercó inmediatamente.
—No.
Fulgor movió la cola.
—No me mires así.
Más movimiento.
—No.
Dos segundos después Celeste estaba rascándole la cabeza.
—Traidora.
—Es imposible decirle que no.
—Llevo años intentándolo.
—¿Y?
—Como puedes ver, no funciona.
Por un breve instante, el gran Baile de la Luna Dorada pareció convertirse en la fiesta privada del dragón.
Y justamente cuando Damián estaba considerando expulsarlo antes de que devorara alguna estatua histórica, las lámparas estallaron.
El olor extraño llenó el aire.
Las puertas se cerraron.
Y la diversión terminó de golpe.
Porque Marvon acababa de poner en marcha su verdadero plan.