Isabela Leal nunca tuvo una vida fácil.
Huérfana de madre desde los seis años, creció bajo la sombra de un padre indiferente, una madrastra cruel y una media hermana que le robó hasta su diploma de enfermería —el único sueño que logró construir con sus propias manos.
Cuando una oferta de empleo como niñera la lleva a la mansión de Leonardo Albuquerque, uno de los empresarios más poderosos del país, Isabela solo busca una cosa: estabilidad. No cuenta con enamorarse.
Leonardo es frío, reservado y completamente volcado en su trabajo. Desde la muerte de su esposa, cerró su corazón a todo lo que no fuera su hija Isadora, una niña de tres años que extraña desesperadamente el cariño de una madre.
Lo que ninguno de los dos espera es que Isadora se encariñe con Isabela de manera inmediata y absoluta. Ni que esa conexión despierte algo que Leonardo juró no volver a sentir.
Pero el pasado de Isabela no piensa dejarla en paz. Un padre manipulador, una madrastra ambiciosa y enemigos corporativos conspiran desde las sombras para destruir todo lo que ella está empezando a construir. Y cuando un secreto sobre su madre —una verdad enterrada durante décadas— sale a la luz, la vida de Isabela cambiará para siempre.
Entre traiciones familiares, sabotaje empresarial y la amenaza constante de perder a las personas que ama, Isabela deberá encontrar la fuerza para enfrentar su pasado... y decidir si merece el futuro que el destino le está ofreciendo.
Porque esta no es solo una historia de amor.
Es una historia de nuevos comienzos.
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Capítulo 01
Isabela Leal es una joven humilde, luchadora y dueña de un corazón enorme. Con sus veinticuatro años y viviendo en Marbella, aprendió desde pequeña que nada en la vida viene fácil y que el trabajo honesto es el camino para alcanzar sus sueños. Con el cabello castaño sedoso, ojos color miel llenos de determinación y una sonrisa dulce que transmite confianza, Isabela tiene una belleza sencilla y natural que encanta a todos a su alrededor. Responsable y dedicada, trabaja como dependienta en una tienda de ropa, siempre amable y atenta con sus clientes y con mucho compromiso. Su rutina es intensa, pero ella nunca se queja de las dificultades. Al contrario, enfrenta cada desafío con valentía, humildad y la esperanza de construir un futuro mejor. A pesar de las dificultades económicas y los obstáculos que surgen en su camino, Isabela mantiene sus valores intactos. Amable, leal y extremadamente trabajadora, cree que el respeto y la honestidad valen más que cualquier riqueza. Su fortaleza está en la capacidad de seguir adelante incluso en los momentos más difíciles, sin perder la bondad que la hace tan especial.
Isabela llegó a casa con los ojos llenos de lágrimas. Al verla en ese estado y a una hora en que normalmente no estaba en casa, Laís ya se imaginaba lo que había pasado.
—Ven aquí, ven —le dijo, señalándole el sofá.
—Me despidieron hoy, y encima me dieron una bofetada por algo que ni siquiera hice.
—Déjame adivinar: esa gerente venenosa tuya fue la culpable.
—Sí. Le dijo a la esposa de mi jefe que yo era su amante, ¿puedes creerlo? Y ese cobarde se quedó callado mientras me acusaban.
—¿Te defendiste, no?
—Claro, amiga. Hasta le dije que revisara las cámaras para ver quién era la verdadera amante. Al menos mi liquidación fue una buena cantidad.
—Amiga, trabajaste ahí dos años, sin una sola falta ni un solo certificado médico. Obvio que te iban a dar bastante.
—Voy a adelantar algunos meses de alquiler, hacer una compra grande y después salir a repartir currículums.
—Quédate tranquila. En un rato salgo al trabajo, y cualquier cosa averiguo si están necesitando dependientas.
—¿Hoy cambiaste de turno?
—Sí, el gerente me pidió que cubriera el turno de la tarde. Su consentida está enferma.
—¿Almorzamos? Todavía no he comido nada.
—Hice una pasta de chuparse los dedos. Pruébala.
—Hay momentos en que es maravilloso vivir con una futura chef.
—Ay, amiga, para. Tú tampoco te quedas atrás, cocinas muy bien. Pero tu verdadera vocación es la enfermería.
—Era mi sueño. Lástima que no se pudo.
—Todo en la vida tiene su momento. Por desgracia, tu madrastra le robó tu título a esa media hermana venenosa tuya. Pero Dios cobra.
—No hablemos de cosas malas. Ya me olvidé de esa familia. Vamos a comer.
Las dos se sentaron en la barra y comieron. Después de mucha plática, Laís fue a arreglarse mientras Isabela limpiaba la cocina.
—Amiga, ya me voy. Cualquier cosa me llamas.
—Cuídate. Voy a llamar al dueño de la casa para adelantarle un par de meses de alquiler, y después voy al súper.
—No te gastes todo. Acuérdate de ti misma: necesitas comprar ropa nueva y arreglarte el cabello y las uñas.
—Está bien. Besos.
Se despidieron. Después de que Laís se fue, Isabela llamó al dueño de la casa, le explicó toda la situación y le adelantó dos meses. Decidió pagar también la cuenta de internet y dejarle solo la de la luz a su amiga. Luego fue al supermercado e hizo una buena compra. Al llegar a casa guardó todo, organizó y aprovechó para darle una limpieza profunda al departamento. Con todo reluciente, Isabela se dio un largo baño, se arregló y, con el dinero que había apartado, hizo lo que Laís le había pedido: se compró ropa nueva e incluso un regalo para su amiga. Después fue a un salón y se hizo las uñas y el cabello. Hasta se extrañaba a sí misma; hacía tiempo que no se cuidaba. Pero incluso cuidándose, como siempre, priorizó lo necesario primero.