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BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Mujer poderosa / Villana / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LAS SOMBRAS DEL PASADO

​El eco del disparo en aquel hangar desolado seguía resonando en la mente de Amelia, no como un remordimiento, sino como el sello final de una transición. Había eliminado a la competencia, pero el tablero del poder es una estructura viva que nunca permanece estática. Mientras el vehículo blindado se deslizaba por la autopista, Amelia observaba el paisaje, consciente de que la ausencia de Patricia Montero solo crearía un vacío que otros, más hambrientos y menos previsibles, intentarían llenar. Sin embargo, su mayor preocupación no era el mercado, ni los clanes, ni los sindicatos; era el rastro de papel que la vida de Sebastián Ferrer arrastraba consigo.

​—Bárbara —dijo ella, rompiendo el silencio tras varios kilómetros—. Has mencionado que ella pidió el divorcio, pero legalmente, una mujer como ella no desaparece porque firme un papel. ¿Qué tan seguros estamos de que no tiene acceso a tus cuentas offshore?

​Sebastián, que conducía con una calma casi inquietante tras la ejecución, tensó la mandíbula. El nombre de su aún esposa —en papel— parecía tener el efecto de un veneno sobre su humor.

—Bárbara es astuta, Amelia. Mucho más de lo que la gente cree. Lo que viste en las pruebas que te entregué era solo la superficie. Ella ha estado construyendo su propia red de seguridad desde hace años, usando mis activos como fachada. He bloqueado el acceso a la mayoría de las cuentas, pero hay una en particular, la de las Islas Caimán, que está en litigio corporativo. Si ella logra demostrar que yo tenía conocimiento de sus desvíos, puede usarlo como arma de extorsión.

​Amelia se enderezó, ignorando el pinchazo en su hombro. El juego acababa de volverse personal y, sobre todo, peligroso.

—Si ella tiene esa cuenta, tiene la llave para derribarnos a ambos. Patricia estaba vinculada a esa estructura financiera. Si la fiscalía vincula a Bárbara con Patricia, el rastro llegará a nosotros.

​Sebastián la miró de reojo, su expresión endureciéndose.

—No dejaré que ella te toque. Si tengo que ir personalmente a confrontarla, lo haré.

​—No —interrumpió Amelia, su voz recuperando esa autoridad absoluta que la definía—. Confrontarla es un error. Ella está esperando que lo hagas. Ella sabe que eres un hombre de principios, incluso en tus peores momentos. Ella juega con tu moralidad, Sebastián. Yo, en cambio, juego con la realidad.

​La mansión de Bárbara Ferrer, situada en las colinas más exclusivas de la ciudad, era una fortaleza de cristal y mármol. Cuando llegaron, bajo la protección de la noche, Amelia no vio una casa; vio un blanco estratégico. Sabía que Bárbara no estaría sola; tendría a su propio equipo de seguridad. Pero lo que Bárbara no esperaba era la combinación de la inteligencia de "El Demonio" y los recursos ilimitados de "La Bestia".

​—Bruno —dijo Amelia por radio mientras observaban la propiedad desde la distancia—, corta el suministro eléctrico. Sebastián, esta parte es tuya. Necesito que entres por la puerta principal. Haz ruido, sé el hombre colérico que ella espera ver. Distrae su atención mientras yo entro por el ala este.

​—¿Qué vas a hacer, Amelia? —preguntó Sebastián, bajando del vehículo.

​—Voy a recuperar lo que es tuyo y, de paso, voy a asegurarme de que la señora Ferrer nunca más vuelva a cuestionar tu autoridad —respondió ella, desenfundando su arma con un movimiento fluido.

​El caos fue instantáneo. Sebastián entró en la mansión como un tornado, gritando el nombre de su esposa, forzando a los guardias de Bárbara a centrar toda su atención en él. Mientras tanto, Amelia se deslizó por las sombras del jardín, subiendo al balcón del dormitorio principal con la agilidad de una acróbata.

​Dentro, Bárbara Ferrer estaba de pie frente a su escritorio, metiendo archivos en una caja fuerte portátil con dedos temblorosos. Al notar la presencia de alguien en la habitación, se giró, su rostro demudado por el pánico.

​—Tú... —susurró Bárbara, retrocediendo hasta chocar con el cristal—. Sebastián me dijo que tú eras la culpable de todo.

​Amelia caminó hacia ella, sin prisa, con el arma apuntando al suelo pero lista para subir en un milisegundo. Su presencia llenaba la habitación, una mezcla de elegancia y peligro que paralizaba a la otra mujer.

—Sebastián dice muchas cosas cuando está confundido, Bárbara. Pero yo no estoy aquí por él. Estoy aquí por la cuenta de Caimán. Dame el código de acceso y quizás, solo quizás, te permita abandonar esta ciudad antes de que la policía entienda la conexión que tenías con Patricia Montero.

​—No tengo nada que decirte —dijo Bárbara, aunque sus ojos buscaban desesperadamente una salida—. Mi abogado me protege. Tengo contactos en el gobierno que...

​Amelia soltó una risa fría, acercándose hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros.

—¿Tus contactos? ¿Esos que ayer mismo estaban recibiendo pagos de Patricia? Patricia está muerta, Bárbara. Sus contactos ya han cambiado de bando. Ahora, me sirven a mí.

​El pánico se apoderó de la esposa de Sebastián. La realidad de que estaba sola, desprotegida y frente a la mujer más peligrosa que había conocido, la rompió.

—Está en el archivo... en el dispositivo cifrado debajo de la lámpara. Por favor, no me hagas daño. Solo quería mi parte.

​Amelia tomó el dispositivo. Sus dedos rozaron la superficie fría.

—La codicia es una enfermedad, Bárbara. Y tú has estado enferma durante mucho tiempo.

​En ese momento, la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Sebastián entró, jadeando, con los ojos inyectados en sangre. Al ver la escena —Amelia con el dispositivo en la mano y su esposa arrodillada en el suelo, llorando—, el magnate se detuvo en seco.

​—¿Está hecho? —preguntó él, su voz cargada de una mezcla de alivio y cansancio.

​Amelia guardó el dispositivo en su bolsillo, girándose hacia él con una sonrisa gélida.

—Está hecho. Ella ya no tiene poder sobre ti. Y respecto a lo que sigue... creo que la señora Ferrer tiene mucho que explicarle a las autoridades sobre sus tratos con los clanes.

​Sebastián miró a Bárbara con un desprecio absoluto, un hombre que finalmente se había liberado de sus cadenas. Se acercó a Amelia y la tomó de la mano, un gesto que selló el final de una era.

​—Vámonos —dijo Sebastián—. Dejemos que la basura se encargue de sus propios despojos.

​Mientras salían de la mansión, Amelia miró una última vez hacia atrás, hacia la mujer que había intentado destruirlos. El mundo corporativo era una jungla, y ella acababa de demostrar que, en esa jungla, el león y la pantera no solo convivían, sino que cazaban juntos. El imperio era suyo, y con el dispositivo en su bolsillo, la paz —o lo que fuera que ellos llamaran paz— estaba finalmente al alcance de su mano. Pero Amelia, siempre un paso adelante, sabía que las alianzas forjadas en sangre eran las más difíciles de romper, y que ella y Sebastián apenas comenzaban a conocer el verdadero poder que ambos poseían cuando no tenían nada que ocultar.

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