¿Cuánto tiempo toma borrar a una persona que nunca fue realmente tuya?
Alba tiene cuarenta y dos canciones guardadas en una playlist titulada simplemente "Nuestra". Cuarenta y dos fragmentos de una historia que siempre vivió en el "tal vez", en las miradas a escondidas y en las promesas que se quedaron a mitad de camino.
Mateo no fue su novio. No fue un error. Fue su "casi algo": ese espacio gris donde los sentimientos son más intensos porque nunca llegan a ser oficiales. Pero ahora que el silencio entre ellos es más fuerte que la música, Alba ha tomado una decisión: cada noche borrará una canción. Y con cada canción, intentará borrar un recuerdo.
Desde el primer acorde bajo la lluvia hasta el último mensaje sin responder, Alba recorrerá el mapa de su corazón roto para entender en qué momento el "nosotros" se convirtió en un "casi".
A veces, el desamor más difícil de superar es aquel que nunca tuvo un nombre.
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El juego del gato y el ratón.
Capítulo 20: El juego del gato y el ratón. [Presente]
Estoy llegando a casa cuando recibo una notificación en el móvil. No es un mensaje de texto, es una imagen enviada desde un número oculto. Al abrirla, se me corta la respiración.Es una foto de Bandido, el gato del callejón, durmiendo sobre un contenedor. A su lado, en el suelo, está el collar de diamantes, partido por la mitad. No hay texto, pero el mensaje es claro: Sé que me has engañado. Sé que no estás donde yo creía.Siento que las paredes del portal se estrechan. Entro en mi piso, cierro la puerta con todos los cerrojos y me apoyo contra la madera, intentando que mis pulmones recuerden cómo inhalar aire. El silencio de la casa me aterra. Antes de encender la luz, me pongo los auriculares. Necesito que alguien me hable, aunque sea a través de una melodía.El sonido me envuelve, pero no me calma. Es como si cada nota me recordara que estoy siendo observada, que cada movimiento mío es registrado en algún lugar. [Pasado]
—Alba, ese perfume es demasiado fuerte. ¿Intentas llamar la atención de alguien? —Mateo me miraba desde el umbral mientras yo me arreglaba para una entrevista de trabajo.—Es solo que me gusta cómo huele, Mateo. Me hace sentir segura.Él se acercó, me quitó el frasco de las manos y lo dejó en lo alto de una estantería donde yo no llegaba.
—La seguridad no viene de un frasco, viene de saber tu lugar. Una mujer peligrosa es una mujer que no sabe controlarse, y tú eres… —hizo una pausa, recorriendo mi cuerpo con una mirada que me hizo sentir desnuda y pequeña— tú eres mi pequeña flor delicada. No arruines eso intentando ser algo que no eres.Esa tarde fui a la entrevista sintiéndome como una impostora. No conseguí el puesto porque me faltaba esa “seguridad” que él me había arrebatado sistemáticamente, gota a gota, hasta dejarme vacía. [Presente]
Me miro en el espejo del pasillo, en la penumbra. Ya no soy la “flor delicada” que él podaba a su antojo. La foto del collar roto me ha dado miedo, sí, pero también me ha dado la confirmación de que Mateo está nervioso. Si se ha tomado la molestia de mandarme esa foto, es porque ha perdido el control sobre mí. Y el descontrol es lo que más odia.—Ya no puedes alcanzarme, Mateo —susurro a la oscuridad.Saco el frasco de perfume de aquel estante alto, usando una silla. Me rocío con él hasta que el aire se vuelve pesado y dulce. Es mi territorio. Es mi olor.Miro la playlist. Esa canción que él despreciaba por ser “demasiado vulgar” ahora es el ritmo de mi contraataque.
Click.
“¿Deseas eliminar esta canción de la playlist?”
Confirmar. Quedan 22 canciones. Y mientras las borro, siento que cada una de ellas es un centímetro de piel que recupero, una neurona que vuelve a ser mía.Me siento en el sofá con la agenda de la “Liquidación” y un cuchillo de cocina sobre la mesa. No voy a dormir mucho esta noche.[Pasado]
Recuerdo otra escena. Una tarde de verano, yo había decidido pintarme los labios de rojo intenso. Mateo me miró con desdén.
—Ese color no es para ti. Te hace ver vulgar.
Me obligó a limpiarlo antes de salir. Yo obedecí, convencida de que él sabía lo que era mejor para mí.Ahora, mientras me miro en el espejo, pienso en ese rojo prohibido. Lo imagino en mis labios, como una bandera de guerra.
El móvil vibra otra vez. Es otro mensaje anónimo. Esta vez, solo una palabra: “Flor.”
Me estremezco. Es el apodo que él usaba para recordarme que era frágil, que dependía de su cuidado. Pero ahora esa palabra no me encierra, me libera. Porque sé que la flor puede convertirse en espina.Me levanto del sofá y camino hacia la ventana. Afuera, el callejón está vacío. Ni rastro de Bandido. Ni rastro de Mateo. Solo la oscuridad y el eco de mis propios pasos.Me siento observada, pero también consciente de que la vigilancia ya no me paraliza. Me da fuerza. Si él me vigila, yo también lo vigilo a él. Si él juega al gato y al ratón, yo decido ser el gato esta vez.[Pasado]
Recuerdo la primera vez que me dijo que me vigilaba “por mi seguridad”. Había instalado cámaras en la casa, y yo lo agradecí ingenuamente. Pensé que era protección. No entendí que cada cámara era un ojo suyo, y cada pregunta un interrogatorio. Su amor no era un refugio; era un panóptico.
El cuchillo sobre la mesa brilla bajo la luz tenue. No es un arma, es un recordatorio. Un símbolo de que ya no estoy indefensa.Abro la agenda de la “Liquidación”. Cada página tiene anotaciones, planes, rutas de escape, nombres de personas que pueden ayudarme. Es mi mapa de supervivencia.El perfume impregna la habitación, y por primera vez no me siento atrapada en su juicio. Me siento dueña de mi espacio.El móvil vibra una vez más. Esta vez no lo abro. Lo dejo sobre la mesa, boca abajo. No voy a darle el poder de dictar mis movimientos.Me recuesto en el sofá, con el cuchillo cerca y la agenda abierta. Sé que no dormiré mucho esta noche, pero tampoco necesito dormir. Necesito estar lista.Porque el juego del gato y el ratón ha cambiado. Y ahora, por primera vez, sé que puedo ganar.