El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
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Capítulo 18: La sombra del lodo
Las pesadas puertas del Salón del Consejo se cerraron a nuestra espalda con un eco fúnebre.
Caminamos por las galerías de mármol bajo una lluvia torrencial que azotaba los cristales con furia. Los cortesanos que aguardaban en los pasillos bajaban la mirada al vernos pasar, pero sus ojos se clavaban con morbo en el rostro desencajado de mi padre y en la pequeña figura de Cassian.
Apenas cruzamos el umbral del Palacio Zafiro y las puertas de mis aposentos quedaron aseguradas con doble cerrojo, el silencio acumulado estalló en pedazos.
—¡Maldito bastardo! —rugió mi padre, arrancándose los guantes de malla y arrojándolos contra la mesa con tanta fuerza que volcó una copa—. ¡Es una sentencia de muerte disfrazada de servicio a la corona! Mandar a un niño de sangre imperial como infante raso a las ciénagas... ¡Las fiebres y la disentería matan a la mitad de los reclutas antes de que empuñen una pica!
—Guillermo, baja la voz —lo reprendió mi madre con tono gélido, aunque sus propios nudillos estaban blancos de rabia—. Los espías de Theresa y de Kaelen están pegados a los muros exteriores. Desahogarte a gritos no salvará a nuestro nieto.
—¿Y qué pretendes que haga, Seraphina? —bramó el Gran Duque, dando zancadas furiosas por la alfombra—. ¿Quedarme de brazos cruzados mientras ese tirano le entrega a Cassian a la familia de Theresa para que lo asesinen en un pantano? ¡Prefiero dar la orden de asedio y sacar a mis nietos de esta capital podrida hoy mismo!
—Si mueves una sola lanza para sacarlos a la fuerza, Kaelen declarará rebelde a la Casa Rosental y usará al ejército entero para cazarnos —contraatacó mi madre con agudeza implacable—. Ganamos la mitad de la partida. Rosalind tiene Puerto Serena; está blindada legalmente ante la corte y ante Valoria. Ningún decreto matrimonial podrá tocarla.
—¡Pero a costa de Cassian! —intervino Rosalind de pronto, con la voz quebrada.
Mi hija dio un paso adelante, apretando el pergamino sellado de su feudo contra el pecho como si fuera una brasa ardiendo. Tenía los ojos desorbitados por el remordimiento.
—A mí me salvaron... pero a mi hermano lo condenaron —sollozó la niña, sintiendo un peso intolerable sobre sus doce años—. ¡No quiero ese título si Cassian tiene que pudrirse en el fango por mi culpa! ¡Devuélvanlo, abuela! ¡Díganle a padre que renuncio a Puerto Serena!
—No digas tonterías, Rosalind —le dije con firmeza, acercándome para tomarla de los hombros—. Tu título es la primera muralla que construimos. Si renuncias a él, Kaelen te enviará al Norte mañana mismo y Cassian seguirá condenado al sur. No arreglarías nada.
En medio de los gritos, los reproches y el cruce desesperado de estrategias entre los adultos, un pequeño gemido ahogado cortó el aire de golpe.
Todos nos detuvimos.
Cassian estaba de pie en una esquina de la sala, encogido contra la pared. El niño de diez años que había intentado sostener la postura militar frente al Emperador, el que había jurado con valentía no codiciar la corona, se había roto por completo.
Tenía las dos manitas cubriéndose el rostro, y los sollozos le sacudían los hombros con un desespero desgarrador.
—No quiero ir... —lloró Cassian, con la voz rota en mil pedazos—. Madre... no quiero ir a las ciénagas... Tengo miedo.
El corazón se me cayó al suelo. Mi padre se quedó mudo a medio paso y mi madre apartó la mirada con una punzada visible de dolor.
—El hermano Gilbert me dijo una vez que en el sur los soldados duermen con sanguijuelas en las botas... —balbuceaba el niño, ahogándose entre sus propias lágrimas—. Dijo que los hombres de su abuelo castigan a látigo a los que se cansan... Madre, por favor... no me mandes allá. ¡No quiero morir solo en el lodo!
Esa súplica me atravesó el pecho con más filo que cualquier espada enemiga.
«Lo intentó... Intentó ser valiente por nosotros. Y yo casi permito que el miedo lo consuma otra vez».
Me arrodillé sobre la alfombra frente a él sin importarme el protocolo ni las faldas de terciopelo. Le aparté las manitas húmedas de la cara y lo envolví en un abrazo desesperado, apretándolo contra mi pecho con toda el alma.
Cassian enterró la cabeza en mi cuello y se aferró a la tela de mi vestido con las pocas fuerzas que le quedaban, llorando a gritos, empapándome la piel con sus lágrimas calientes.
—Escúchame, Cassian. Mírame a los ojos, mi amor —le pedí con una voz tan suave como inquebrantable, tomándole el rostro entre mis palmas temblorosas.
El pequeño levantó sus ojitos amatista, anegados en llanto y rojos por el pánico, buscando desesperadamente una salvación en mi rostro.
—No vas a ir a esas ciénagas —le prometí, sintiendo cómo las lágrimas también me quemaban las mejillas, pero manteniendo una mirada cargada de fuego puro—. Jamás vas a ser el soldado raso de Theresa ni vas a pisar ese maldito pantano. Te lo juro por mi vida, por mi sangre y por mi alma.
—Pero... pero padre lo selló... el Emperador dio la orden... —sollozó el niño, temblando entre mis brazos.
—Kaelen firmó un papel que entra en vigor cuando cumplas quince años —le aseguré con firmeza, limpiándole las lágrimas con los pulgares—. Tienes diez años, Cassian. Faltan cinco años enteros para que ese decreto tenga peso. Cinco años en los que tu madre moverá el cielo y la tierra para despedazar esa orden mucho antes de que nadie pueda ponerte una mano encima.
Mi padre se acercó despacio, con el semblante ensombrecido por la gravedad, y colocó su mano acorazada sobre la cabeza del niño.
—Tu madre tiene razón, muchacho —dijo el Gran Duque con su vozarrón transformado en un consuelo áspero pero sincero—. Los Rosental no abandonamos a nuestra sangre en el barro. En cinco años pueden caer tres imperios y arder diez cortes. Mientras yo respire, nadie te arrastrará a ese matadero.
Rosalind se arrodilló a nuestro lado, envolviendo a su hermano con los brazos y apoyando la frente contra su espalda.
—No te voy a dejar solo, Cassian —le susurró su hermana con devoción absoluta—. Yo administraré las flotas de Puerto Serena y usaré cada moneda de oro de mis tierras para comprar las influencias que hagan falta. Nadie te apartará de nosotros.
Cassian dejó de llorar a gritos, refugiándose en el calor de los tres pares de brazos que lo protegían del frío del palacio. Su respiración se fue calmando poco a poco, hasta quedar en pequeños espasmos de agotamiento contra mi hombro.
Sostuve a mi hijo contra mi pecho y levanté la vista hacia el ventanal, donde los relámpagos iluminaban las torres oscuras del palacio imperial.
Kaelen creía haberme infligido una herida mortal al condenar el destino de mi hijo a cinco años vista. Pensaba que viviría consumida por la angustia, mendigando su piedad día tras día para salvarlo.
Pero se equivocaba.
Miré a mi familia reunida en el suelo del salón. Teníamos a Rosalind a salvo y contábamos con cinco años de tiempo. Cinco años exactos para tejer una telaraña política letal junto a Eleanor, derribar la influencia militar de Theresa y dejar a Kaelen tan acorralado que no tuviera más opción que romper su propio decreto con sus manos.
La guerra acababa de comenzar, y esta vez no descansaría hasta ver caer a cada una de las víboras que amenazaran la vida de mi niño.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre