Verónica se casó enamorada. No imaginaba la pesadilla qué sería ese matrimonio. Después de años de maltratos toma una decisión qué cambiará su destino.
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Capítulo 20
Llego al hospital a primera hora de la mañana. No dejo de pensar en ese roce de mi mano con la de Verónica. La sensación fue única, algo qué nunca antes había sentido y estoy seguro de qué ella sintió algo similar. Su reacción la delató.
Camino por los pasillos, inmerso en mis pensamientos. Una vez más compruebo el poder de la mente humana, algo tan simple me ha llevado a imaginar múltiples escenarios.
- Octavio- la voz de una colega interrumpe mi descontrolada imaginación.
- Eloísa, buenos días.
- Justo estaba buscándote.
- Dime, ¿qué necesitas?
Eloísa Carrión es una de las mejores Neurocirujanas del país. Nos conocemos hace unos tres años, cuando ella llegó a trabajar en este hospital.
- Se trata de la paciente qué recibiste durante tu última guardia.
- La recuerdo bien. Sandra Ramírez, 25 años. Nos preocupaba el daño al cerebro por la falta de oxígeno y su lesión en las vértebras cervicales.
- Es correcto. La lesión en las vértebras necesita cirugía, pero no puedo intervenir en este momento. Debido a la falta de oxígeno decidí inducir un coma. No ha venido nadie a preguntar por ella y me pregunto qué podemos hacer para encontrar a algún familiar.
- Pobre chica, es tan joven y se tuvo qué topar con un depravado sin escrúpulos. Quizá podemos hacer uso de las redes sociales, pero habrá qué consultar primero con la detective qué lleva su caso.
- Tienes razón, no podemos actuar sin su consentimiento.
- ¿Cuál es tu pronóstico?
- No es alentador. No sabemos cuanto tiempo el cerebro estuvo sin recibir oxígeno y después está la lesión en las vértebras. Será difícil reparar el daño, quizá, imposible.
- Eres de las mejores en tu ramo. Si tú no puedes, nadie puede.
- Me gustaría qué me asistas en la cirugía. Eres el mejor traumatólogo.
- Será un placer.
- Y dejando de lado los temas laborales, tenemos pendiente una cena, ¿recuerdas?
- Por supuesto qué lo recuerdo, esa apuesta me ha costado cara.
- Pues a mí es a la única qué no le has pagado- afirma sonriendo.
- ¿El viernes te queda bien?
- Más qué bien.
- Te recojo el viernes a las 8.
- Estaré esperando.
Eloísa se acerca y besa mi mejilla. Ambos tomamos caminos opuestos. Sé qué le gusto, lo ha dejado claro en más de una ocasión. Es una mujer alta, delgada, muy atractiva, más no siento esa química qué se siente cuando alguien te gusta cómo para tener una relación romántica.
Hace un par de meses se me ocurrió apostar en un partido de fútbol con varios colegas, entre ellos, Eloísa y hasta hoy había evadido ese tema con ella.
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En el área de cuidados intensivos se encuentra Sandra Ramírez. La detective Joanna Salcedo es la encargada de su caso y está haciendo todo lo posible para dar con el responsable.
- Detective, la estaba buscando- le dice la doctora Carrión.
- Usted dirá, doctora.
- Me preocupa qué aún no se haya presentado ningún familiar de la paciente y me gustaría saber si podemos publicar alguna alerta con sus datos.
- Por seguridad de la paciente, es mejor no hacerlo. La persona qué hizo esto pensó qué estaba muerta y la abandonó en un lugar donde consideró qué no la encontrarían. Sí se entera qué está viva, podría intentar terminar lo qué comenzó.
- Es verdad, detective. Debemos priorizar su seguridad. ¿Tienen alguna pista?
- Nada. Quién hizo esto se aseguró de no dejar huellas. La última esperanza es qué Sandra despierte y nos diga quién fue. ¿Cree qué se recupere?
Eloísa baja la mirada, su experiencia le dice que las posibilidades de qué el daño en el cerebro no dejen secuelas son prácticamente nulas.
- Es difícil dar un pronóstico, el cerebro aún guarda misterios qué cómo médicos no hemos logrado develar del todo.
- Debo volver a mi oficina. Avíseme de inmediato si hay algún cambio.
- Así lo haré, detective.
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Me encuentro en el que será mi nuevo hogar. Es fin de semana y Sofía me ha acompañado a recibir los muebles qué elegimos en días pasados.
El camión llega y comienzan a subir todo. Poco a poco, el lugar comienza a tomar forma.
Retiramos los plásticos de cada mueble. Damos prioridad a mi habitación y a la cocina.
Observo todo con detenimiento, nunca antes tuve algo que fuese solo mío. Me emociona este nuevo comienzo.
- Luce genial. Hay muy buena iluminación y sin duda, elegimos el mobiliario adecuado.
- No habría podido hacerlo sin tu ayuda. Gracias, Sofi.
- Es un placer.
- ¿Me ayudas con la habitación de las niñas?
- Por supuesto. Pero será todo por hoy y me debes una buena comida.
- Claro. En cuanto terminemos, te invito a comer dónde tú elijas.
- Esa voz me agrada. ¡Manos a la obra!
Terminamos de preparar la habitación, tiene lo básico, pero es cómoda y me gustaría qué mis hijas la decoren a su gusto.
- ¡Listo! El lugar se ve muy acogedor. Pero me entristece saber qué ya no viviremos juntas.
- No te preocupes, puedes venir cuando quieras.
- Cuida tus palabras, no me vas a sacar de aquí.
- En cuanto llegue el amor de tu vida te aseguro qué te olvidarás de mí.
- Para nada. Quiero qué lo conozcas y voy a organizar una cena para presentarlos.
- Me dará mucho gusto conocerlo. ¿Nos vamos?
- Claro.
Sofía conduce hasta un restaurante al cual nunca he ido. Es bonito; tiene un bello jardín con mesas dispuestas para los comensales. Nos asignan una mesa ahí.
Estamos conversando sobre los locales qué visitaré el lunes. Le muestro las fotos qué me envió la agente Inmobiliaria. Hay dos qué me gustan mucho.
- Coincido contigo, creo qué son los mejores.
- Sí, tienen una muy buena ubicación.
- Ya me imaginé la tienda completamente montada...
Sofía deja la frase inconclusa y mora fijamente hacia la entrada del restaurante.
- Aquel qué viene entrando, ¿es el doctor Ocampo?
Dirijo la vista hacía ahí y efectivamente, es él y se dirige a nuestra mesa.
- Verónica, Sofía. Qué gusto verlas.
- Doctor Ocampo, qué agradable coincidencia- expresa Sofía, mientras yo guardo silencio.
- Acostumbro venir aquí bastante seguido, vivo muy cerca. ¿Y ustedes?
- El nuevo apartamento de Vero queda cerca de aquí y después de un arduo día de trabajo decidimos venir a comer aquí. ¿No es verdad, amiga?
- Sí... es cierto.
- ¿Gusta acompañarnos, doctor?
- No quisiera incomodarlas y mucho menos alterar sus planes.
- Para nada, doctor. Nos encantaría qué se anime a acompañarnos.
Sofía me mira y yo me limito a asentir en señal de aprobación. Aunque, en realidad me siento completamente fuera de mi zona de confort.
El doctor Ocampo toma asiento, el mesero se acerca y amablemente toma su orden.
- Al parecer, seremos vecinos, Verónica.
- Parece qué sí, doctor.
- Por favor, llámame Octavio. También tú Sofía. Después de todo, en unos días voy a darte de alta y podemos dejar las formalidades.
- Me gustaría mantener la formalidad.
- Discúlpala, Octavio. Mi amiga tiende a ser muy propia siempre.
- No hay nada que disculpar. Entiendo. Pero para ser sincero, tanta formalidad me hace sentir viejo.
- Y no queremos hacerlo sentir así, ¿verdad, Vero?
- Para nada. Además, no eres viejo... Octavio.
Me sorprendo con la afirmación qué acabo de hacer y siento el calor subir por mis mejillas. No sé qué es peor, si haber dicho lo qué dije o no poder controlar mis reacciones.
- Es bueno saber qué no me consideran viejo- dice sonriendo.
El celular de Sofía suena, ella mira la pantalla y se disculpa.
- Debo responder está llamada. Ya vuelvo.
El silencio se apodera de la mesa. No tengo idea de cómo iniciar una conversación.
- No me habría imaginado qué terminaríamos siendo vecinos- dice Octavio.
- Yo tampoco.
- ¿Cuándo te mudas?
- La próxima semana.
- Cuenta conmigo para lo que necesites.
- Gracias.
- Espero no te moleste qué te hable de tú.
- No, sin problema. A mí me cuesta un poco más hacerlo. Lo veo, te veo aún cómo mi doctor.
- Debo confesar qué me gustaría conocerte fuera del ámbito médico-paciente.
- Yo... no lo sé.
- Quizá no me expliqué bien, hablo de una relación amistosa. Nada más.
- Sí, puede ser.
- Tú ya tienes mi número, pero yo no tengo el tuyo. ¿Puedes anotarlo?
Me pasa su celular y yo escribo mi número sin dudar. No entiendo mi reacción, ni siquiera lo pensé.
Sofía regresa y me siento aliviada. Con ella, la conversación fluye con facilidad y mis nervios desaparecen.
Ella dice q no sabe hacer nada, claro q sabe, llevar una casa, calarse las malcriadeces, los desplantes de un enfermo, claro q sabes y puedes