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Le Propuse Matrimonio Al Demonio... El Ahora Será Mi Espada

Le Propuse Matrimonio Al Demonio... El Ahora Será Mi Espada

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Fantasía épica
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.

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Las fresas y la leñera

Cassandra llevaba tres días notando los ojos sobre su nuca.

Era una de las doncellas nuevas que lady Elara había asignado a su patio bajo la excusa de «ayudarla a preparar su ajuar». Una muchacha de manos nerviosas que siempre parecía estar barriendo el mismo rincón del pasillo cada vez que Cassandra salía o entraba de sus habitaciones.

*Quiere saber mis horarios*, pensó Cassandra. *Quiere saber cuándo mi cuarto está vacío.*

Así que le dio lo que pedía.

Aquella mañana, Cassandra anunció en voz alta que iría al mercado de las sedas y que tardaría varias horas. Salió por la puerta principal, con su capa y su doncella de confianza, pero en la primera esquina se escabulló por el callejón de los tejedores y regresó a la mansión por la puerta de la cocina.

Se ocultó en el alféizar interior de su propia antecámara. Y esperó.

No tardó mucho. La doncella espía entró en la habitación con pasos furtivos. Llevaba algo envuelto en terciopelo bajo el brazo. Lo desenvolvió con cuidado: era la Grulla de Jade, la reliquia más antigua de la familia, la que la abuela guardaba en su propia alcoba y de la que se enorgullecía en cada recepción.

La doncella la colocó sobre el tocador de Cassandra, la cubrió con un paño y salió corriendo.

Cassandra no se movió. Solo sonrió.

*Qué predecible*, pensó. *Quieren que me acusen de robarla para que mi padre me golpee y mi reputación se manche antes de la boda.*

Esperó a que el pasillo quedara vacío. Entonces, salió de su escondite, tomó la Grulla de Jade envuelta en terciopelo, y caminó por los tejados interiores hasta el patio de su hermanastro, Dorian. Se deslizó por la ventana, levantó el colchón de la cama del joven señor, y escondió la reliquia allí.

Antes de salir, dejó caer una de las plumas de su propio sombrero sobre la alfombra.

*Que empiece el teatro.*

***

El desayuno del día siguiente se interrumpió con un grito que hizo temblar las tazas de porcelana.

—¡¿Dónde está?! —La voz de la abuela resonó por los pasillos como un látigo—. ¡¿Dónde está mi Grulla de Jade?!

En el comedor, el conde dejó el tenedor. Lady Elara adoptó de inmediato su mejor máscara de preocupación obediente.

—Madre, ya he mandado a los guardias a registrar todos los patios. Alguien debe haberla tomado por curiosidad. Es una pieza tan hermosa que seguramente solo quisieron admirarla.

—¿Admirarla? —La abuela golpeó la mesa con su bastón—. ¡Quien se la llevó es un ladrón! Y en esta casa, los ladrones reciben un castigo ejemplar. ¡Que no se mueva nadie hasta que aparezca!

Los guardias tardaron menos de lo que Cassandra esperaba. Entraron al comedor con los rostros pálidos, llevando el bulto de terciopelo.

—Señora… la encontramos.

La abuela arrancó el paño. La Grulla de Jade estaba partida en dos. El ala izquierda, destrozada.

—¡Mi reliquia! —gimió la anciana—. ¿Dónde estaba?

El capitán de la guardia tragó saliva, mirando de reojo a lady Elara.

—Estaba… en el patio del joven señor Dorian. Debajo de su colchón.

El silencio en el comedor fue absoluto.

Dorian, que estaba bebiendo jugo, escupió el líquido y tosió con fuerza.

—¿En mi cuarto? ¡¿De qué estás hablando?!

—Debajo de su colchón, mi señor —insistió el guardia—. La doncella personal de la señora abuela la encontró allí. Y en la alfombra había una pluma de sombrero femenino.

La abuela se giró lentamente hacia su nieto. Sus ojos, nublados por la edad, se encendieron de furia.

—Bastardo —siseó, y antes de que Dorian pudiera defenderse, le cruzó la cara con una cachetada que lo tiró de la silla—. ¡Siempre bastardo! ¡Nunca te compararás con un hijo legítimo! ¡Guardias, llévenselo y denle diez azotes en el patio por destruir el tesoro de esta familia!

—¡No! ¡Madre, no es posible! —Lady Elara se lanzó hacia adelante, llorando a lágrima viva—. ¡Esto es una trampa! ¡Alguien lo plantó allí para incriminar a mi hijo!

Se giró, con los ojos inyectados en odio, y señaló a Cassandra, que en ese momento estaba eligiendo, con absoluta calma, la fresa más roja de su plato.

—¡Fue ella! ¡Cassandra nos guarda rencor a mí y a mis hijos! ¡Seguro que fue ella quien rompió la estatua y la escondió en el cuarto de Dorian!

El conde frunció el ceño. La abuela entrecerró los ojos.

Cassandra masticó su fresa. La tragó. Se limpió la comisura de los labios con una servilleta de lino. Y entonces, se echó a reír.

Una risa suave, cristalina, que heló la sangre de lady Elara.

—¿Por qué habría de hacer algo así? —preguntó Cassandra, con el tono de quien le explica el clima a un niño—. Yo ni siquiera me acerco a los cuartos de mis hermanos. Paso todo el día en mi habitación, arreglando la dote de mi madre.

Metió la mano en su bolsillo y lanzó un pliego de papel sobre la mesa. Aterrizó justo frente al plato de lady Elara.

—De hecho, estoy ocupada haciendo cuadrar estas joyas. Las que misteriosamente han desaparecido del cofre de mi madre y que, según mis informantes, he visto luciendo en el cuello de mi madrastra. Espero que me las regreses antes del anochecer, lady Elara. Si no, iré a presentar una queja formal ante el Ministerio de Justicia.

La madrastra palideció, mirando el inventario como si fuera una sentencia de muerte.

—Pero volviendo a su absurda acusación —continuó Cassandra, tomando otra fresa—, no tengo tiempo para robar reliquias que ni siquiera conozco. Y mucho menos para incriminar a mi hermanastro. El patio de Dorian tiene cuatro guardias en la puerta y tres sirvientas dentro. El de mi hermana, igual. El mío, escasamente me tiene a mí y a una doncella que casi nunca está. ¿Cómo podría acercarme sin que nadie me viera? ¿Estás insinuando que tengo magia escondida?

La abuela la miró, y de repente, algo hizo clic en su mente envejecida.

—¿No tienes doncellas? —preguntó la anciana, con la voz temblando—. ¿Tú, la hija mayor de esta casa?

Cassandra asintió, con una tristeza perfectamente ensayada.

—Sí, abuela. Desde que regresé de mi recuperación, así ha sido como me ha tratado la *nueva* señora de mi padre. Pero bueno… me supongo que es porque ya me voy a casar. Seré la princesa de Moldavia y próxima reina. Así que seguro ya me están dando el trato de una extranjera que pronto se irá.

La abuela arrugó la nariz. El color desapareció de su rostro.

Una hija casada ya no pertenecía a la familia, era cierto. Pero *esta* hija sería la Reina del reino más temido del continente. Tratarla como a una mendiga no era un desaire familiar: era un suicidio diplomático.

La anciana se levantó, caminó hacia lady Elara, y le devolvió la cachetada que le había dado a Dorian.

—¡Inútil! —gritó la abuela, fingiendo un mareo y dejándose caer en su silla—. ¿Cómo es posible que la prometida del Príncipe de Moldavia no tenga un séquito que la atienda? ¿Qué pensará su Alteza de nuestra casa? ¡Ay, dios mío, me da algo!

El conde, sudando frío, entendió la situación de inmediato.

—¡Traigan sirvientes para Cassandra! —bramó a los guardias—. ¡Es la princesa heredera, no puede ser tratada de esta forma!

Cassandra levantó una mano, deteniéndolos.

—Padre, no es necesario. El día de hoy, mi prometido, el Príncipe Balkan, está enviando a tres doncellas de su entera confianza y un capitán de su guardia personal para que me cuiden. Así que… gracias, pero no hace falta.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.

*El Príncipe de Moldavia se había enterado.*

La abuela carraspeó, mirando a su nuera con un asco profundo.

—Nos acabas de hacer pasar vergüenza ante el Demonio del Norte. Te quedarás en tu habitación dos días. Solo a pan y agua. Y tu asignación mensual no la verás por medio año. —Se giró hacia Dorian, que seguía en el suelo—. Y tú, recibirás quince azotes. Por mentiroso, por difamar a la realeza, y por creerte más astuto que tus mayores. ¡Llévenselo!

Mientras los guardias arrastraban a los gritos a su hermanastro, Cassandra le dio una brillante sonrisa a su madrastra.

Lady Elara solo pudo morderse el labio hasta hacerlo sangrar, y retirarse del comedor.

***

Esa noche, la mansión estaba en silencio, salvo por los gemidos ahogados de Dorian recibiendo sus azotes en el patio trasero.

Cassandra caminó descalza hacia la leñera abandonada de su patio. La puerta de madera crujió cuando la abrió de una patada.

En el interior, atada a una silla y amordazada, estaba la doncella espía. Sus ojos se abrieron de par en par al ver entrar a Cassandra, acompañada de una mujer alta, vestida de negro, con ojos fríos y manos cubiertas por guantes de cuero. Era la capitana que Balkan había enviado esa tarde.

—Señorita… por favor, déjeme ir —suplicó la muchacha cuando le quitaron la mordaza—. ¡Se lo juro, no volveré a hacerlo!

—Claro que no volverás a hacerlo —dijo Cassandra, con la misma dulzura con la que había comido fresas en el desayuno.

Se acercó y le acarició la mejilla.

—Pensabas incriminarme. Pero te descubrí. Qué lástima.

Cassandra se giró hacia la capitana de Moldavia.

—Rómpele los dedos. Uno por uno.

La doncella abrió la boca para gritar, pero la capitana fue más rápida. El crujido del primer hueso resonó en la leñera como una rama seca al partirse.

—Y después —continuó Cassandra, sin inmutarse por los alaridos—, rómpele el cuello. Y lanza su cuerpo frente a la puerta del cuarto de mi madrastra. Quiero ver cómo se asusta cuando salga a pedir su agua de baño.

La capitana asintió en silencio.

Cassandra salió de la leñera y subió a su balcón.

Los gritos de la pobre doncella desgarraron la noche durante diez minutos. Pero nadie en la mansión se acercó. Nadie quería saber. Nadie quería participar. Los sirvientes se escondieron bajo sus sábanas, rezando a dioses que no los escuchaban.

Más tarde, cuando la luna estuvo alta, Cassandra escuchó el sonido que estaba esperando.

La puerta de los aposentos de lady Elara se abrió. La madrastra, hambrienta y sedienta tras su primer día de pan y agua, salió al pasillo para exigirle a una sierva que le trajera agua.

Un segundo después, un grito desgarrador, inhumano, sacudió los cimientos de la mansión.

Lady Elara acababa de tropezar con el cadáver de su espía. Los dedos de la muchacha estaban torcidos en ángulos imposibles. Su cuello, roto. Y en su rostro, congelada, había una expresión de puro e incomprensible terror.

La madrastra se desmayó, cayendo sobre la sangre de su propia cómplice.

Desde la oscuridad de su balcón, Cassandra observaba todo, con una copa de vino en la mano. Sonrió, y susurró a la brisa nocturna:

—Así. Uno a uno, iré quitando a los esbirros que has colocado cerca de mí. Y uno a uno… me irás pagando tú, y me irán pagando tus hijos.

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EspirituCreativo
Cassandra marca su camino... Pobre del que trate de pararla
Belky Gonzalez0
Ho Dios...Casandra es de temer.. me encanta 🥰
EspirituCreativo
🤭 Jaja lectora
Enderlay Correa
🤣🤣🤣 se la comió
EspirituCreativo
Gracias, ☺️
Enderlay Correa
muy buena me gusta
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