Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: El peso de la verdad
La noche cayó sobre la ciudad como un manto de terciopelo oscuro, y Valentina se quedó en la terraza mucho después de que Mateo se hubiera retirado a dormir. No podía conciliar el sueño. Las palabras de Daniel resonaban en su cabeza como un eco interminable, y cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de su madre, joven y hermosa, con una sonrisa que ocultaba secretos que Valentina nunca había imaginado.
Su madre había tenido un amante. Había planeado huir. Había amenazado con revelar los oscuros tratos de su padre. Y todo eso la había llevado a la muerte. Valentina se preguntaba si, en el fondo, su madre había sabido el peligro que corría. Si había tenido tiempo de arrepentirse. Si, en sus últimos momentos, había pensado en su hija.
El viento nocturno soplaba con fuerza, trayendo el aroma del mar mezclado con el smog de la ciudad. Valentina se envolvió en la chaqueta que Mateo le había dejado sobre la silla y se quedó allí, mirando las luces parpadeantes de los rascacielos, sintiendo el peso de la verdad como una losa sobre sus hombros.
Llevaba años buscando respuestas. Años alimentando un odio que ahora sabía mal dirigido. Pero la verdad que había descubierto era más retorcida de lo que jamás había imaginado. No era solo la historia de un crimen. Era la historia de su familia, una familia rota por secretos y mentiras.
Y ahora, sentada en la terraza del penthouse de Mateo, Valentina se preguntaba si alguna vez podría reconciliarse con todo aquello.
---
A la mañana siguiente, Valentina se despertó temprano, con la sensación de haber corrido una maratón. Su cuerpo estaba tenso, su mente nublada, y cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de su madre, el rostro de su padre, el rostro de los hombres que habían conspirado para silenciarla.
Se levantó y caminó hacia la cocina, donde Mateo ya estaba preparando café. La luz del amanecer se filtraba a través de los ventanales, y él estaba allí, en mangas de camisa, con el cabello despeinado y una sonrisa cansada en el rostro.
"Buenos días", dijo, ofreciéndole una taza humeante. "Dormiste bien."
"No", admitió ella, tomando la taza y sintiendo el calor del café entre sus manos. "No pude dormir."
Mateo la miró con comprensión, y Valentina vio en sus ojos la misma preocupación que la había acompañado durante semanas. "¿Quieres hablar de ello?"
Valentina dudó por un momento, pero luego asintió. "Todo lo que he descubierto sobre mi madre... sobre mi padre... me hace preguntarme si realmente los conocía. Si todo lo que creía saber sobre ellos era una mentira."
Mateo se acercó a ella y apoyó una mano en su hombro. "No son solo mentiras, Valentina. También hay verdad en lo que sientes por ellos. Amabas a tu padre. Amabas a tu madre. Eso no cambia por lo que hayas descubierto."
"Pero ¿cómo puedo amar a alguien que fue capaz de hacer eso?", preguntó ella, con la voz quebrada. "¿Cómo puedo mirar a mi madre y no ver a la mujer que planeaba abandonarnos?"
Mateo la tomó de la mano y la llevó hacia el sofá, donde se sentaron juntos, frente a frente. "La gente es complicada", dijo, con voz suave pero firme. "Podemos ser muchas cosas a la vez. Bondadosos y crueles. Valientes y cobardes. Tu madre te amaba. Eso no cambia. Pero también cometió errores. Y tu padre... tu padre cometió errores terribles. Pero no definen quiénes fueron en su totalidad."
Valentina lo miró, y en sus ojos grises vio el amor y la comprensión que siempre le ofrecía. "¿Y cómo se supone que debo lidiar con eso?", preguntó, con la voz entrecortada.
Mateo apretó su mano y sonrió con ternura. "No tienes que lidiar con eso sola, Valentina. Estoy aquí. Siempre lo estaré."
Valentina se dejó caer contra él, y Mateo la abrazó con fuerza. En sus brazos, el mundo parecía menos aterrador. Las preguntas no desaparecieron, pero por un momento, el peso de la verdad se hizo más llevadero.
---
A lo largo de la mañana, Valentina tomó una decisión. Necesitaba cerrar ese capítulo de su vida de una vez por todas. No podía seguir cargando con el pasado, no podía seguir preguntándose qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Con la ayuda de Mateo, localizó a Ricardo Fuentes, el amante de su madre. A diferencia de Sebastián Rojas, que se había escondido en un pueblo costero, Fuentes había desaparecido por completo. No había rastro de él en los registros públicos, ni en las bases de datos a las que Daniel Salazar tenía acceso. Era como si nunca hubiera existido.
"Esto es extraño", dijo Daniel, cuando Valentina lo contactó de nuevo. "Un hombre no puede desaparecer así sin más. O está muerto, o está usando una identidad falsa."
"¿Puedes averiguar cuál de las dos opciones es?", preguntó Valentina.
"Voy a intentarlo", dijo Daniel. "Pero no prometo nada. Este caso es más complicado de lo que parecía."
Valentina colgó y se quedó mirando el teléfono, con una mezcla de frustración y determinación. No iba a rendirse. No hasta haber encontrado todas las respuestas.
---
Pasaron varias semanas sin noticias de Daniel. Valentina intentó mantener la calma, pero la incertidumbre la carcomía por dentro. Mateo intentaba distraerla, llevándola a cenar, al teatro, a paseos por el campo. Pero ella no podía dejar de pensar en Fuentes, en lo que podía saber, en si todavía estaba vivo.
Una noche, mientras cenaban en un restaurante elegante, Valentina recibió un mensaje de Daniel. Solo decía: "Encuentra a Ana María Fuentes. Hermana de Ricardo. Ella sabe algo."
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba. Ana María Fuentes. ¿Quién era? ¿Qué sabía? Levantó la vista y vio que Mateo la miraba con preocupación.
"¿Qué pasa?", preguntó él.
"Daniel encontró algo", dijo Valentina, con la voz tensa. "Necesito encontrar a la hermana de Fuentes. Ella sabe algo."
Mateo asintió y, sin decir una palabra, dejó dinero sobre la mesa y la tomó de la mano. "Entonces vamos a buscarla."
---
Encontrar a Ana María Fuentes no fue fácil. Había cambiado de nombre y de ciudad, y vivía en un pequeño pueblo en las montañas, lejos del bullicio de la capital. Cuando Valentina y Mateo llegaron a su casa, una pequeña cabaña de madera rodeada de árboles, sintieron que el tiempo se detenía.
Ana María era una mujer de unos sesenta años, con el cabello gris y los ojos tristes. Cuando vio a Valentina, su rostro palideció.
"Eres la hija de Ignacio", dijo, con la voz apenas audible.
"Sí", dijo Valentina. "Y necesito saber la verdad sobre tu hermano."
Ana María las invitó a pasar y, sentadas alrededor de una mesa de madera, comenzó a hablar.
"Mi hermano amaba a tu madre", dijo, con la voz temblorosa. "La amaba más que a nada en el mundo. Pero ella no podía dejar a tu padre. Y cuando tu padre descubrió la relación, se volvió loco. Amenazó con matarlos a ambos si no terminaban con el asunto."
"¿Y qué pasó?", preguntó Valentina, con la voz tensa.
"Mi hermano aceptó terminar la relación", dijo Ana María. "Pero tu madre no. Ella quería huir. Quería llevarse a Ricardo y empezar una nueva vida. Y cuando tu padre se enteró... ordenó que la mataran."
Valentina sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. "¿Y Ricardo? ¿Qué pasó con él?"
Ana María bajó la mirada, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. "Mi hermano también murió. Lo mataron unos meses después. Querían asegurarse de que no hablara. De que no hubiera testigos."
Valentina se quedó en silencio, procesando la información. Todo estaba conectado. La muerte de su madre, la muerte de Fuentes, la conspiración que había durado décadas.
"Gracias", dijo finalmente, con la voz rota. "Gracias por contarme la verdad."
Ana María asintió y, antes de que se fueran, le entregó a Valentina una carta. "Es la última carta que mi hermano te escribió a ti", dijo. "Nunca pudo entregártela. Pero creo que deberías leerla."
Valentina tomó la carta con manos temblorosas y la guardó en el bolsillo.
---
De vuelta en el coche, con Mateo al volante, Valentina abrió la carta. La letra era temblorosa, la de un hombre que sabía que se estaba despidiendo.
"Querida Valentina,
No sé si algún día leerás esta carta. Pero quiero que sepas que tu madre te amaba. Te amaba más que a nada en el mundo. Y que yo también te amé, aunque nunca pude ser parte de tu vida. Tu madre quería llevarte con nosotros. Quería que fuéramos una familia. Pero tu padre no lo permitió. Y ahora, sabiendo que mi vida está en peligro, quiero que sepas que no me arrepiento de haber amado a tu madre. Solo me arrepiento de no haber podido protegerla.
Cuídate, Valentina. Y no dejes que el pasado te consuma. Vive tu vida. Sé feliz. Eso es lo que tu madre hubiera querido.
Con todo mi amor,
Ricardo."
Valentina sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos y no intentó contenerlas. La carta era un adiós. Un adiós de un hombre que la había amado sin conocerla, que había muerto por amar a su madre.
Mateo detuvo el coche al borde de la carretera y la abrazó. "Estoy aquí", susurró. "Siempre estaré aquí."
Valentina se aferró a él y lloró. Lloró por su madre, por su padre, por Ricardo Fuentes, por todos los secretos y mentiras que habían marcado su vida. Pero cuando las lágrimas se secaron, sintió una paz que no había sentido en años.
La verdad era dolorosa, pero también liberadora. Y ahora, finalmente, podía empezar a construir su futuro.