Evolett aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser un lugar cruel. Durante dos años, sobrevivió en silencio, escondiendo sus heridas detrás de una mirada tímida y un corazón que ya no confiaba en nadie.
Hasta que apareció Will Cleim.
Él no la mira con lástima. No intenta salvarla. Simplemente decide quedarse.
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capitulo 1
La ventana del pequeño apartamento era su único vínculo con el mundo exterior. Evolett solía pasar horas frente a ella, observando el ir y venir de la gente en la calle adoquinada, preguntándose cómo sería sentirse parte de ese flujo constante de vidas anónimas. Desde su refugio en el tercer piso de un edificio antiguo en el barrio de Montmartre, París se desplegaba ante ella como un lienzo vivo, pero ella seguía siendo una espectadora, una sombra que se deslizaba entre las grietas de la realidad
Habían pasado dos años desde aquella tarde de octubre en que su mundo se había reducido a un callejón oscuro y el olor a lluvia mezclado con sangre. Dos años de sesiones interminables con la psicóloga, de medicamentos que enturbiaban sus pensamientos, de noches en vela donde el más mínimo ruido la hacía encogerse bajo las sábanas como un animal herido. Dos años en los que había aprendido a odiar el sonido de sus propios sollozos, a reconocer las marcas que su agresor había dejado no solo en su cuerpo, sino en cada fibra de su ser
La doctora Moreau le había dicho que estaba lista. Que había llegado el momento de reintegrarse a la sociedad, como si se tratara de devolver un libro a su estante después de haberlo leído. Pero Evolett sabía que ella no era un libro, sino un manuscrito arrancado, al que le faltaban páginas y cuyo final nadie había escrito todavía
El espejo del baño le devolvió una imagen que apenas reconocía. El rostro pálido, enmarcado por un cabello castaño que había dejado de cortar desde el incidente, parecía pertenecer a otra persona. Una extraña con ojeras violáceas y ojos grises que habían perdido su brillo, que solo reflejaban el vacío de quien ha visto demasiado. Se tocó la cicatriz que recorría su costado izquierdo, un recordatorio permanente de aquella noche
No pienses en eso, se ordenó a sí misma, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en sus palmas. El dolor físico, al menos, era un dolor que podía controlar. Hoy es el primer día. Hoy vuelves a la universidad. Hoy comienza tu nueva vida
El metro de París era un infierno para alguien como ella. Los túneles oscuros, el ruido ensordecedor, la multitud que se apretujaba sin consideración alguna por el espacio personal, todo en aquel lugar le parecía una amenaza. Se mantuvo pegada a la puerta, con la mochila abrazada contra su pecho como un escudo, los ojos fijos en el suelo para evitar cualquier contacto visual. Cada vez que un hombre se acercaba demasiado, sentía cómo su pecho se oprimía y el aire se volvía escaso
Tienes que hacerlo, repetía en su mente como un mantra. La doctora dijo que este es el camino. No puedes vivir siempre encerrada
La salida de la estación la llevó directamente al campus de la Universidad de la Sorbona, un laberinto de edificios de piedra caliza y patios arbolados que albergaba más de trescientos años de historia académica. Evolett había soñado con estudiar allí desde que era una niña en el orfanato, cuando las monjas le prestaban libros de arte y ella pasaba horas dibujando vestidos en los márgenes de los cuadernos. Diseñar moda era su única ambición
El aula de Diseño de Moda estaba en el segundo piso del edificio Richelieu. Subió las escaleras con pasos titubeantes, conteniendo la respiración cada vez que se cruzaba con algún estudiante. Todos parecían tan seguros de sí mismos, tan ajenos al infierno que ella llevaba dentro. Llevaban ropa de diseñador, hablaban en voz alta sobre sus proyectos, reían. Evolett no podía recordar la última vez que había reído
Cuando finalmente encontró la puerta del salón, se detuvo un momento frente a ella, con la mano temblorosa apoyada en el pomo. Podía escuchar las voces del otro lado, el murmullo de los estudiantes, la risa ocasional, el ruido de las sillas al ser arrastradas. Todo sonaba tan normal, tan cotidiano. Cómo podía existir un mundo que seguía girando cuando el suyo se había detenido aquella tarde de lluvia?
Tomó una bocanada de aire y abrió la puerta.
El salón era amplio y luminoso, con ventanales que daban al jardín interior. Las mesas de trabajo estaban dispuestas en forma de herradura, y en el centro, un maniquí vestido con un prototipo de tela azul esperaba la crítica de los estudiantes. El profesor aún no había llegado, y los alumnos se agrupaban en pequeños círculos conversando animadamente.
Evolett se deslizó hacia la silla más cercana a la puerta, la más alejada de todos, y se sentó con la espalda recta como una tabla. Bajó la mirada y comenzó a desempolvar su cuaderno de bocetos, aunque sus dedos no dejaban de temblar. Sentía todas las miradas como cuchillas en la nuca, aunque sabía que era producto de su paranoia. Nadie la conocía. Nadie sabía lo que le había pasado. Era una extraña más.
— Eres nueva?
preguntó una voz a su lado, y Evolett dio un salto tan brusco que casi derriba su mochila.
Una chica de cabello rizado y color miel la miraba con una sonrisa amplia y genuina. Llevaba un delantal lleno de manchas de pintura y una pulsera de cuentas de colores que tintineaba cuando movía la mano. No había amenaza en sus ojos, solo curiosidad y una calidez desarmante
— Sí
logró articular Evolett, con la voz apenas un susurro
— Yo soy Lena
dijo la chica, extendiendo su mano sin pensar. Evolett no la tomó, y Lena retiró el gesto con naturalidad, como si hubiera entendido algo sin necesidad de explicaciones.
— Este es mi tercer año. ¿Vienes de alguna otra escuela o es tu primer ingreso?
Evolett tragó saliva. La doctora Moreau le había aconsejado ensayar respuestas para preguntas simples. Sé breve, no des detalles, limítate a lo básico. Pero cuando Lena la miró con aquellos ojos tan sinceros, sintió que su guión se desmoronaba
— Primer ingreso
respondió al fin.
— Tomé un tiempo libre después de... después del bachillerato.
Lena asintió como si eso fuera lo más normal del mundo, y no esperó más explicaciones. Se sentó a su lado y comenzó a hablar sobre el proyecto de la semana, una asignación sobre texturas y tejidos que tenía a todos los estudiantes nerviosos. Evolett la escuchó en silencio, sorprendida de que alguien pudiera hablar tanto sin esperar nada a cambio
Cuando el profesor finalmente comenzó la clase, Evolett sintió que podía respirar. No había pasado nada malo. Nadie la había tocado, ni siquiera se habían acercado demasiado. Y Lena, aquella extraña de cabello miel, seguía a su lado como si fueran amigas desde siempre.