Espero que les guste esta novela tanto como a mi...
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20
Capítulo 20: La cruda realidad
La mañana llegó demasiado rápido.
La mansión estaba completamente silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Hasta que un grito rompió la tranquilidad.
—¡RICHEL!
Ren estaba frente a la puerta del baño.
—¡Abre la puerta!
Desde el interior se escuchó una voz débil.
—¡Déjame!
—¡Llevas demasiado tiempo ahí!
—¡Estoy bien!
Ren cerró los ojos.
—No estás bien.
—¡Sí estoy bien!
Un segundo después...
Se escuchó que Richel volvía a vomitar.
Ren apretó la mandíbula.
—Richel...
Ella respondió desde el baño:
—¡No me hables!
—No estoy intentando regañarte.
—¡Sí estás!
—Solo quiero ayudarte.
—¡Entonces déjame!
Ren se pasó una mano por el cabello.
La paciencia se le estaba acabando.
—Sal.
—No.
—Richel.
—¡No!
Ren respiró profundamente.
—Por favor.
Silencio.
—No quiero que estés sola ahí dentro.
Richel respondió con voz débil.
—Me duele todo.
La expresión de Ren cambió.
—¿Mucho?
—Sí.
—Entonces abre.
Pasaron unos segundos.
La puerta finalmente se abrió.
Richel apareció con el rostro pálido.
Ren la sostuvo inmediatamente.
—Ven.
—No quiero.
—No voy a regañarte.
—Prometiste.
—Lo sé.
La llevó hasta la cama.
—Acuéstate.
Richel obedeció.
—Agua.
Ren salió rápidamente.
---
Mientras tanto...
Kaito llevaba diez minutos buscando a Clara.
—Clara.
Nada.
—¿Clara?
Revisó el baño.
Nada.
La sala.
Nada.
El jardín.
Nada.
Hasta que escuchó un pequeño ruido en la habitación.
Kaito abrió la puerta.
—¿Clara?
No la vio.
Frunció el ceño.
—¿Dónde estás?
Entonces vio algo debajo de la cama.
Una mano.
—No puede ser...
Se agachó.
Y ahí estaba Clara.
Debajo de la cama.
Abrazada a una botella.
Kaito se quedó mirándola.
—¿Qué haces ahí?
Clara abrió los ojos lentamente.
—Es mi escondite.
—¿Por qué?
—Porque nadie me encuentra.
Kaito miró la botella.
—Clara...
Ella la abrazó más fuerte.
—Es mi amiga.
—Dámela.
—No.
—Clara.
—No.
Kaito suspiró.
—Ayer dijiste que nunca volverías a beber.
—Mentí.
Kaito se quedó en silencio.
—Sal de ahí.
—No.
—¿Quieres que te saque?
Clara negó.
—No quiero.
Kaito finalmente se sentó en el suelo.
—Entonces me quedaré aquí.
Clara lo miró.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Hasta que salga?
—Hasta que salgas.
Clara sonrió débilmente.
—Te quiero.
Kaito sonrió.
—Yo también.
---
En el comedor...
Akemi estaba sentada con ambas manos sobre la cabeza.
—Me duele.
Su esposo estaba frente a ella.
Y estaba riéndose.
—No te rías.
—Lo siento.
Volvió a reír.
Akemi lo miró furiosa.
—¡Tú también bebiste!
—Pero no escapé con dos mujeres jóvenes para causar un desastre.
Akemi cerró los ojos.
—Fue una mala decisión.
—Una decisión memorable.
—Tengo migraña.
Él se levantó y le llevó un vaso de agua.
—Toma.
Akemi lo recibió.
—Gracias.
—¿Quieres que te lleve a descansar?
—Sí.
—Bien.
Akemi suspiró.
—Pero antes quiero saber algo.
—¿Qué?
—¿Cómo está Richel?
—Ren está con ella.
Akemi sonrió.
—Entonces sobrevivirá.
Su esposo se rio.
—¿Y Clara?
—Kaito la está buscando.
---
Unos minutos después...
Ren volvió al baño con agua.
Richel seguía acostada.
—Bebe un poco.
Ella tomó el vaso.
—Gracias.
Ren se sentó a su lado.
—¿Te duele la cabeza?
—Muchísimo.
—¿El estómago?
—También.
Ren suspiró.
—La próxima vez...
Richel levantó la mano.
—No.
Ren se detuvo.
—¿Qué?
—No quiero un discurso.
Ren sonrió ligeramente.
—No iba a darte uno.
—Sí ibas.
—Tal vez.
Richel cerró los ojos.
—Solo quiero dormir.
Ren le acomodó la almohada.
—Duerme.
—¿No estás enojado?
Ren la miró.
—Estoy preocupado.
—¿Eso significa que no me regañarás?
—Hoy no.
Richel sonrió débilmente.
—Te quiero.
Ren besó suavemente su frente.
—Yo también.
---
De pronto...
Un grito se escuchó por toda la mansión.
—¡KAITO!
Ren levantó la cabeza.
Kaito respondió desde otra habitación:
—¡¿QUÉ?!
—¡LA ENCONTRÉ!
—¡¿DÓNDE?!
—¡DEBAJO DE LA CAMA!
Richel abrió los ojos.
—¿Clara?
Ren asintió.
—Clara.
Desde el pasillo se escuchó:
—¡NO QUIERO SALIR!
Richel comenzó a reír.
Le dolió el estómago inmediatamente.
—Ay...
Ren la miró preocupado.
—No te rías.
—No puedo evitarlo.
Entonces ambos escucharon la voz de Kaito.
—¡Y TODAVÍA TIENE LA BOTELLA!
Richel volvió a reír.
Ren negó con la cabeza.
—Definitivamente no vuelven a salir solas.
Richel lo miró.
—No empieces.
Ren sonrió.
—No dije nada.
En el comedor...
Akemi escuchó los gritos.
Se llevó una mano a la frente.
—Necesito vacaciones.
Su esposo soltó una carcajada.
—Después de esta familia, las necesitas.
Akemi lo miró.
—Tú vienes conmigo.
—Por supuesto.
Y mientras toda la mansión despertaba lentamente al desastre de la noche anterior...
Richel solo pudo pensar una cosa:
La próxima vez, definitivamente iba a escuchar a Ren.
Bueno...
Probablemente.
El resto de la mañana fue un verdadero desastre.
Richel apenas podía levantarse de la cama.
Cada vez que intentaba hacerlo, el dolor de cabeza aumentaba.
—Nunca más —murmuró.
Ren estaba sentado junto a ella con un vaso de agua.
—Eso dijiste anoche.
Richel abrió un ojo.
—No me recuerdes lo de anoche.
—Créeme, tampoco quiero recordarlo.
Ella hizo una mueca.
—¿Estás enojado conmigo?
Ren dejó el vaso sobre la mesa.
—Sí.
Richel bajó la mirada.
—Lo sabía.
—Pero estoy más preocupado que enojado.
Ella permaneció callada.
Ren suspiró.
—No quiero controlarte, Richel. Pero cuando desapareces durante horas y después te encuentro así...
Se quedó callado.
—Me asusto.
Richel lo miró.
—Lo siento.
—Lo sé.
—No quería hacerte preocupar.
Ren tomó su mano.
—Entonces la próxima vez solo dime dónde vas.
—Está bien.
—¿Prometido?
—Prometido.
---
En otra habitación...
Kaito seguía frente a la cama.
—Clara.
—No.
—Tienes que salir.
—No.
—Llevas ahí demasiado tiempo.
—Estoy cómoda.
Kaito miró debajo de la cama.
Clara seguía abrazada a la botella.
—Esa botella está vacía.
Clara la miró.
—No importa.
—¿Quieres que te traiga agua?
—Sí.
—Entonces sal.
—No.
Kaito suspiró.
—¿Qué tengo que hacer para que salgas?
Clara pensó.
—Prometer que no vas a regañarme.
Kaito sonrió.
—Lo prometo.
Clara salió lentamente.
Kaito la ayudó a sentarse.
—Bien.
Ella levantó la mirada.
—¿De verdad no estás enojado?
—Estoy preocupado.
—¿Todos dicen eso?
—Porque es verdad.
Clara sonrió.
—Entonces perdón.
Kaito le dio un vaso de agua.
—Bebe.
---
En el comedor...
Akemi seguía con la cabeza apoyada sobre la mesa.
Su esposo estaba sentado frente a ella.
—¿Mejor?
—No.
—¿Quieres que llame a un médico?
—No.
—¿Seguro?
—Solo necesito silencio.
Él asintió.
Durante cinco segundos permaneció callado.
Después preguntó:
—¿Crees que Richel nos perdonará?
Akemi levantó lentamente la cabeza.
—¿Por qué tendría que perdonarnos?
—Por haberla llevado al bar.
Akemi suspiró.
—Fue idea mía.
—Y yo te seguí.
—Entonces ambos somos culpables.
Él sonrió.
—Al menos fue divertido.
Akemi lo miró.
—No vuelvas a decirlo.
—Está bien.
---
Unos minutos después...
Richel apareció en el comedor.
Caminaba lentamente.
Ren iba detrás de ella.
Akemi levantó la cabeza.
—Richel...
—Hola.
—¿Cómo te sientes?
—Como si un camión hubiera pasado sobre mí.
Akemi hizo una mueca.
—Lo siento.
Richel se sentó.
—No pasa nada.
El padre de Ren la observó.
—¿Quieres que te prepare algo?
—Solo agua.
Ren inmediatamente le acercó un vaso.
—Gracias.
Akemi suspiró.
—Prometo no volver a hacer algo así.
Richel sonrió.
—Yo tampoco.
Ren levantó una ceja.
—¿Seguro?
Richel lo miró.
—Sí.
—Bien.
Ella tomó agua.
—Pero tampoco significa que dejaré de salir.
Ren sonrió.
—Nunca te pediría eso.
Richel lo miró sorprendida.
—¿No?
—No.
—¿Entonces?
—Solo quiero que me avises.
Richel sonrió.
—Trato hecho.
---
Clara apareció unos minutos después.
Kaito iba detrás.
—¿Cómo estás? —preguntó Richel.
Clara se sentó.
—Nunca vuelvo a beber.
Richel la miró.
—Eso dije yo.
Ambas comenzaron a reír.
Ren y Kaito se miraron.
—No es gracioso —dijeron al mismo tiempo.
Las dos mujeres dejaron de reír.
Después volvieron a hacerlo.
---
Akemi observó a todos.
Su esposo tomó su mano debajo de la mesa.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que nuestra familia va a ser interesante.
Akemi soltó una pequeña risa.
—Eso es decirlo suavemente.
Ren escuchó.
—¿Qué están diciendo?
Su padre respondió:
—Que ustedes cuatro son un desastre.
Kaito levantó una ceja.
—Gracias.
Richel sonrió.
—Pero somos un desastre feliz.
Ren la miró.
Y sonrió.
—Eso sí.
---
Más tarde...
Richel regresó a su habitación.
Se acostó.
Ren la cubrió con una manta.
—Descansa.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿A dónde?
—A trabajar.
Richel tomó su mano antes de que se alejara.
—Ren.
—¿Sí?
—Gracias por cuidarme.
Él se inclinó y besó su frente.
—Siempre.
Richel cerró los ojos.
—Y Ren...
—¿Sí?
—No vuelvas a gritarme.
Ren sonrió.
—Lo intentaré.
—Eso no fue un sí.
—Porque no puedo prometerlo.
Richel abrió un ojo.
—¡Ren!
Él soltó una carcajada y salió de la habitación.
Por primera vez desde que había despertado...
Richel sonrió.
Y mientras la mansión recuperaba poco a poco la calma, todos parecían haber aprendido una pequeña lección.
Las noches de chicas eran divertidas.
Las escapadas eran emocionantes.
Pero la mañana siguiente...
Era otra historia.