A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
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Capítulo 11
A tiempo
La mano me apretaba el brazo como una tenaza. El hombre de la banqueta —el mismo abrigo oscuro, la misma sonrisa que no era sonrisa— tiró de mí hacia el hueco entre dos coches, hacia la sombra donde la farola fundida no alcanzaba a llegar.
—Shhh, preciosa —dijo, con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. No hagas ruido y no te pasa nada.
El cuerpo se me adelantó a la cabeza. Solté el teléfono, que se estrelló contra el pavimento, y con la mano libre le clavé las llaves —esas que apretaba en el puño como me había enseñado mi madre sin querer enseñarme nada bueno— en el dorso de la muñeca. Rugió. Aflojó medio segundo. Me bastó para gritar.
Grité como no me sabía capaz, un alarido que me raspó la garganta.
—¡Suéltame! ¡Auxilio!
Le tiré del pelo, le pateé la espinilla con todo lo que me daban los tacones. No me soltó. Era más fuerte, mucho más, y me estampó contra la carrocería de un coche, me tapó la boca con la palma. Por un instante el mundo se redujo al olor a tabaco de su mano y al pánico puro subiéndome por el pecho.
—Zorra —masculló contra mi oído—. Vas a ver quién soy yo...
Entonces algo lo arrancó de mí.
Fue tan rápido que apenas lo vi. Un brazo cruzó por delante, un giro seco, y el hombre pasó de tenerme acorralada a estar doblado contra el cofre con la mejilla aplastada en la lámina y un rodillazo hundiéndole la espalda. Me tambaleé hacia atrás, resbalé, quedé sentada en el suelo mojado, tragando aire a bocanadas que no me llenaban.
—¡Policía! ¡Quieto! —La voz era conocida, firme, sin una gota de duda—. Manos a la espalda. Que las pongas.
Mauricio Navarrete. De civil, sin uniforme, pero con esa autoridad que no se quita con la ropa. Le torció los brazos al hombre y le cerró unas esposas con un chasquido metálico que fue, juro, el sonido más hermoso que había oído en mi vida.
Solo entonces, corriendo desde la esquina, llegaron los otros dos. Los inquilinos nuevos del cuarto piso —él fornido, ella de coleta apretada—, con una cara de espanto y de rabia que no entendí. El hombre se agachó a mi lado sin tocarme; la mujer se plantó junto a Mauricio, jadeando, y soltó por lo bajo un "se nos adelantó, carajo" que en ese momento no supe a qué venía.
—¿Está bien? —me preguntó él, el fornido—. ¿La lastimó?
—Estoy... —No me salía la voz. Me temblaba todo, las manos, la mandíbula, las rodillas—. Estoy bien.
No estaba bien. Pero seguía entera, y eso, esa noche, era una fortuna que no todas tienen.
Mauricio levantó al detenido de un jalón. El hombre ya no sonreía; escupió al suelo, me miró con un odio que me heló la nuca, y alcanzó a decir, antes de que se lo llevaran, con una tranquilidad de reptil:
—Nos vemos, muñeca.
—A ella no la vuelves a ver ni en foto —dijo Mauricio, y lo empujó hacia la patrulla que ya frenaba con las torretas encendidas.
Lo demás fue trámite. Y el trámite, esa noche, me salvó tanto como el rodillazo.
En la comisaría me sentaron en una silla de plástico, me dieron un vaso de agua tibia y una manta que olía a encierro, y una agente del Ministerio Público me tomó la declaración palabra por palabra. Que dónde, que a qué hora, que si lo conocía, que si podía describirlo. Me hicieron repetir la historia tres veces, y las tres el temblor volvía a las manos justo en la parte de la boca tapada, del olor a tabaco, del "vas a ver quién soy yo". No lloré. Contesté todo, firme por fuera y hecha añicos por dentro, porque había aprendido tarde pero bien que a esta clase de hombres no se les vence llorando, sino dejando constancia. Me temblaba la mano al firmar. La agente, sin levantar la vista de la pantalla, me dijo algo que me quedó grabado: "Hizo bien en gritar y en pelear, señora. Y hace mejor en denunciar. La mayoría no viene. Por eso los sueltan." Nicolás Bardález, se llamaba. Ya tenía nombre en un sistema. Ya había un papel con su nombre y el mío, y una fecha, y mi firma temblorosa cerrándolo. Un expediente. Una cuenta abierta que algún día alguien iba a cobrar.
Salí de ahí pasada la medianoche, vaciada, con el maquillaje corrido y un frío que no era de la calle.
Mauricio insistió en llevarme. En el coche —el suyo, viejo y limpio, con un aromatizante de pino colgando del retrovisor— no me presionó a hablar. Manejó despacio, con las dos manos en el volante, dejándome el silencio para armarme de nuevo.
—Gracias —dije al fin, cuando ya enfilábamos a Polanco—. No sé qué habría pasado si usted no... Gracias, oficial Navarrete. De verdad. No sé ni cómo apareció.
—Andaba por la zona. —Lo dijo demasiado ligero, como quien no quiere darle importancia a algo que sí la tiene—. Cuestión de suerte.
—Pues bendita suerte. —Se me escapó una risa rota, la primera en horas—. Ay, tío, si no llega usted...
—No. —Me miró de reojo, con media sonrisa—. Tío, no.
—¿Perdón?
—Tadeo me dice tío. A usted no le queda. —Volvió la vista al camino, pero la sonrisa se le quedó—. Somos, cuando mucho, vecinos. Y después de esto, seguramente la nota rosa del edificio.
—¿La nota rosa?
—Media caseta me vio subirla al coche a la medianoche, despeinada. —Se encogió de hombros—. Para mañana ya seremos romance. Ni modo. Hay peores rumores que a uno lo cuelguen.
Me reí de verdad esta vez, y me sorprendió poder hacerlo. Había algo decente en ese hombre, algo sin doblez, que después de la noche que había tenido me supo a agua limpia.
Frenó frente a mi edificio. Y ahí, en la penumbra de la acera de enfrente, con el motor encendido y las luces apagadas, había un coche que no era de la cuadra: un Bentley plateado, largo, caro, quieto como un animal al acecho. No vi quién iba dentro. Los cristales eran de esos que no dejan ver. Pero sentí, sin saber por qué, un par de ojos posados en nosotros, en la mano de Mauricio abriéndome la puerta, en el "que descanse, y cierre bien" con que se despidió.
Cuando subí, el Bentley seguía ahí.
El departamento me recibió con su silencio nuevo, ese que todavía no aprendía a llenar. Puse a calentar el caldo de pollo que había dejado hecho en la mañana —lo primero que había cocinado sola en esa cocina, siguiendo un video, sintiéndome ridícula y valiente a partes iguales—. Necesitaba algo caliente en el cuerpo. Necesitaba, más que nada, oír una voz que no fuera la de un expediente.
Toqué la puerta de enfrente antes de pensarlo. La de Leo. No abrió. Llevaba toda la tarde sin dar señales, él que aparecía por cualquier pretexto; qué oportuno para desaparecer, pensé con un rencor tonto. Volví a mi cocina, serví el caldo humeante en un tazón, y le mandé un mensaje, medio en broma, para no sentirme tan sola:
*¿Se fue de viaje o se cambió de depto? Toqué y nada.*
El caldo me calentaba las manos a través de la loza. Miré el vapor subir, respiré su olor a cebolla y cilantro, y por un segundo, uno solo, me permití sentir el susto entero, el temblor, lo cerca que había estado.
El teléfono se iluminó sobre la barra.
Una sola palabra.
*Abre.*