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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:313
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Solo cierro trato contigo

—Vas tú, Fuentes. —Beltrán soltó la carpeta sobre el escritorio de Camila con una sonrisa ancha—. Hablas mejor inglés que todos juntos. Recoges a la representante de Green en el aeropuerto, la atiendes, la encantas. Si cierras el trato, la comisión es tuya, y ya sabes lo que eso significa para tu planta. —Bajó la voz—. Nada más no me falles. Esto lo estamos peleando contra media industria.

Camila tomó la carpeta con las dos manos. Sabía leer entre líneas: si ganaba, la gloria se la repartirían arriba; si perdía, la culpa caía sola sobre ella. Y sabía otra cosa, la que le retorcía el estómago cada vez que él se le acercaba: que un jefe como Beltrán no regalaba oportunidades, las prestaba a crédito, y siempre pasaba a cobrar. Aun así, apretó la carpeta. Green era su oportunidad de verdad, la única que dependía de algo que él no le podía quitar: lo que ella sabía hacer.

—No le voy a fallar, licenciado.

La mañana siguiente, el aeropuerto era un desfile de tarjetas de presentación. Frente a la sala de llegadas internacionales se habían juntado los representantes de media docena de compañías, todos de traje, todos con letreros y sonrisas ensayadas, todos peleándose el mismo premio. Brenda, que se había apuntado sola para no perder de vista a Camila, la miraba de reojo con una envidia que ya ni se molestaba en disimular.

—A ver si tu inglés te alcanza —le picó, acomodándose el saco—. Yo que tú no me confiaría.

Camila no contestó. Repasaba mentalmente, en inglés, la presentación de Aurelle.

A un lado, un hombre con lentes oscuros y ropa oscura se había recargado contra una columna, apartado de todos, con un café en la mano y la calma de quien no espera a nadie y sin embargo lo observa todo. Nadie de las empresas le prestó atención. Camila tampoco lo vio, todavía.

Las puertas se abrieron. Y por ellas, en vez del ejecutivo canoso que todos esperaban, salió una mujer alta, de melena rubia y ojos claros, con una chamarra de cuero y el paso de quien está acostumbrada a que la miren. Kendra Larsson recorrió con la vista aquel comité de recepción sobreactuado y una sonrisa divertida le cruzó la cara. Los representantes se le echaron encima con tarjetas y halagos. Ella los fue esquivando a todos con una cortesía firme, sin detenerse en ninguno.

Hasta que llegó a Camila.

—Vaya. —Kendra se paró en seco frente a ella, ladeó la cabeza y la miró con un gusto que no tenía nada de profesional—. Por fin una cara que vale la pena mirar. Pareces una muñeca. —Le tendió la mano, y cuando Camila se la dio, la retuvo un segundo de más entre las suyas—. ¿Y tú eres...?

—Camila Fuentes, de Aurelle Cosmética. —Le respondió en un inglés limpio, sin acento, y vio el destello de aprobación en los ojos claros. Y en vez de deshacerse en halagos como los demás, hizo lo único que a Kendra podía interesarle de verdad: hablar de trabajo—. Sé que Green solo trabaja con ingredientes de origen trazable, y sé que la mitad de las empresas que están aquí no tienen cómo garantizárselo. Nosotros sí. Si me da veinte minutos, le muestro números, no discursos.

Kendra levantó una ceja, gratamente sorprendida. No era la respuesta de una recepcionista bonita; era la de alguien que se había leído los expedientes.

—Es un placer recibirla. —Camila sostuvo la mirada sin bajarla—. Le tenemos preparada una presentación, si me permite acompañarla.

—Te permito lo que quieras. —Kendra sonrió más—. ¿Me das tu número? Personal, no el de la empresa.

Alrededor, el comité entero se tensó de golpe. Brenda abrió la boca. Beltrán, que había venido a supervisar, empezó a sudar cálculos.

Y desde un costado de la sala, un hombre alto que había llegado sin que nadie lo reconociera —lentes oscuros, ropa oscura, esa quietud que los demás confundían con distancia— dio un paso al frente.

—Kendra. —Su voz cayó entre las dos mujeres, tranquila y helada a la vez—. Cuánto tiempo.

Kendra volteó, y su sonrisa cambió de tono al reconocerlo.

—No manches, ¿tú aquí? —Enarcó las cejas—. El mundo es un pañuelo. —Después miró de él a Camila, de Camila a él, y algo perspicaz le brilló en la mirada—. Ah. Ya veo.

—No creo que veas nada. —Max no se quitó los lentes. Se colocó, con un movimiento aparentemente casual, medio paso delante de Camila, justo en la línea entre ella y Kendra—. Pero la señorita Fuentes tiene una agenda apretada. Si quieres hablar de negocios, hay canales.

Camila lo miraba sin entender del todo. Nadie de su empresa parecía saber quién era ese hombre, y ella no podía decir en voz alta que sí lo sabía, o al menos que sabía cómo se llamaba y a qué sabía su piel. ¿De dónde se conocían él y Kendra? ¿Qué hacía ahí, precisamente ahí, otra vez, como si el destino se hubiera propuesto ponérselo enfrente en cada esquina de su vida? Beltrán, a un lado, había empezado a fijarse en el desconocido de los lentes oscuros con una mezcla de recelo y cálculo, intuyendo sin entender que ese hombre pesaba más que todos ellos juntos, pero sin atinar a colocarlo. El aire entre los tres se puso espeso.

Kendra, lejos de amilanarse, soltó una carcajada. Aquello parecía divertirla enormemente.

—Tranquilo, tú. —Levantó las manos con burla—. Nomás estoy siendo amable.

Pero cuando volvió a girarse hacia Camila, lo hizo con toda la intención, dándole la espalda a Beltrán, a Brenda, a los seis representantes que llevaban media hora esperando su atención. Metió la mano al bolsillo de la chamarra, sacó una tarjeta y la puso directamente en la mano de Camila, cerrándole los dedos encima.

—Escúchame bien, muñeca. —Lo dijo lo bastante alto para que todos lo oyeran—. Este trato, con la única persona con la que lo hablo eres tú. Los demás que se formen.

El silencio que siguió fue delicioso y terrible. Brenda se puso del color de su saco. Beltrán no sabía si celebrar o preocuparse. Los competidores se miraron sin habla. Camila se quedó con la tarjeta apretada en la mano, la de una desconocida rubia que acababa de subirla, en una sola frase, del último escalón del departamento a la pieza clave de toda la negociación, mientras a un lado un hombre con lentes oscuros la miraba a ella con una fijeza que nadie más entendía y que a ella le quemaba la nuca.

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