Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Caída del Exiliado
La vanguardia mercenaria de Sombragrís colapsó ante el empuje de la caballería unificada. Lord Malakor, viendo que la victoria se le escapaba de las manos y que sus tropas huían hacia la fortaleza, intentó huir por un sendero secreto entre los desfiladeros del este.
Manuel, advirtiendo la fuga del traidor que había manipulado los informes años atrás y promovido la discordia en su reino, lo interceptó en una cornisa rocosa que dominaba el abismo.
Malakor desenfundó su mandoble con rostro desencajado por el odio.
—¡Jamás serás un verdadero rey, Manuel Vaelor! —gritó el exiliado con voz ronca—. ¡Llevas la sangre de dos tiranos! ¡En cuanto esta guerra termine, el peso de tu propia mente te consumirá como a tus padres!
Manuel desmontó lentamente y avanzó con la espada en mano. Su mirada era serena, grave y desprovista de venganza ciega.
—Mi padre murió sofocado por su propio hielo, Malakor —respondió Manuel con voz cavernosa que resonaba con el viento de la montaña—. Y mi madre fue consumida por el aislamiento que él creó. Pero yo he aprendido que la fuerza no está en negar lo que sentimos, sino en defender a quienes amamos. Tu tiempo de sembrar la mentira en Eldamar ha terminado.
Malakor arremetió con un tajo desesperado, pero Manuel esquivó el golpe con una agilidad impresionante adquirida en sus años de entrenamiento con Elessar. Con un movimiento rápido y certero, el rey desarmó al traidor, haciendo volar la espada de Malakor hacia el abismo.
Antes de que el exiliado pudiera sacar una daga oculta, una ráfaga cortante de viento helado —invocada por la voluntad precisa de Manuel— lo golpeó en el pecho, derribándolo de espaldas contra la pared de basalto y congelando sus muñecas contra la piedra dura.
Malakor quedó inmovilizado, jadeando por el impacto de la magia real y la derrota absoluta.
—Guardias —ordenó Manuel a los capitanes que llegaban al desfiladero—. Asegurad al prisionero. Responderá ante el Consejo Privado por sus crímenes contra la corona.
Con la vanguardia destruida y Malakor capturado, el ejército de Eldamar sitió la fortaleza de la Roca de Hierro. Sin embargo, el barón Vane se atrincheró tras los portones de bronce e hierro fundido del bastión principal, utilizando como rehenes a cientos de mineros y artesanos locales que poblaban los suburbios de la fortaleza.
—¡Si intentáis derribar las puertas con artillería, quemaré los depósitos de carbón y sepultaré a los prisioneros en las minas! —gritó Vane desde los adarves superiores.
En el puesto de mando, el capitán Elessar y el archiduque Roderic contemplaban las murallas con impotencia.
—Un asedio convencional llevaría meses, Sire —expuso Roderic—. Y el barón no dudará en cumplir su amenaza si se siente acorralado.
Manuel observó las inmensas puertas de hierro que sellaban el túnel de entrada a la ciudadela. Recordó las enseñanzas del Codex Caelestis sobre el "fuego seco" y la armonía del clima.
—No utilizaremos catapulcas ni fuego de carbón —declaró el rey—. Valeria, acompañadme a la vanguardia.
—¿Qué planeáis hacer, Manuel? —inquirió la joven con asombro.
—Sombragrís cree que el Firmamento Vivo es solo una herramienta de destrucción —dijo Manuel, tomando la mano de Valeria—. Demostraremos que la calidez también puede ablandar el basalto más duro.