El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.
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CAPÍTULO 9: LA VISITA DE RENATA
La carta llegó un martes, doblada en tres partes dentro de un sobre con el membrete del Tribunal de Familia, y Camila supo, apenas la vio en manos del guardia que repartía la correspondencia, que no traía buenas noticias.
"Su solicitud de visita supervisada con la menor Antonella Roig Duarte ha sido denegada, en atención a la recomendación del equipo psicológico designado, que considera que el contacto con la reclusa podría generar una afectación emocional inestable en la menor, dada su corta edad y las circunstancias específicas del caso."
Camila leyó el párrafo tres veces, buscando en cada palabra algún resquicio de esperanza que le hubiera pasado desapercibido. No lo encontró. Solo encontró la confirmación fría, redactada en el lenguaje impersonal de la burocracia legal, de que llevaba dieciocho meses sin ver a su propia hija, y de que la ley que debía protegerla como madre acababa de cerrarle, una vez más, la única puerta que le quedaba abierta.
Dobló la carta con cuidado y la guardó bajo el colchón de su catre, junto a las otras cuatro que había recibido desde el nacimiento de Antonella, cada una con una negativa distinta, cada una redactada por un abogado distinto contratado, sin duda, con el dinero de la familia que la había condenado.
—Tienes visita —anunció el guardia esa misma tarde, con un tono que a Camila le pareció extrañamente cargado de advertencia.
No esperaba a Gabriel. Su visita mensual ya había ocurrido la semana anterior. Y cuando entró a la sala de visitas y vio quién la esperaba al otro lado de la mesa, sintió que todo el entrenamiento de los últimos dieciocho meses —cada lección de Trinidad sobre control, sobre paciencia, sobre no revelar jamás lo que realmente se siente— se ponía a prueba de la manera más brutal posible.
Renata estaba sentada con las piernas cruzadas, vestida con un traje de diseñador que en Altavista resultaba casi ofensivo por su elegancia, con un anillo de compromiso considerablemente más grande que el que Camila había llevado alguna vez, y con una fotografía enmarcada apoyada sobre la mesa, boca abajo, como si esperara el momento preciso para revelarla.
—Hola, Cami. —Renata sonrió, esa sonrisa que Camila conocía desde la infancia y que siempre había interpretado, erróneamente, como cariño—. Te ves... diferente.
—¿Qué quieres, Renata?
—¿No puedo simplemente visitar a mi hermana? —La sonrisa de Renata se ensanchó, y Camila reconoció en ella la misma expresión que había visto en el rostro de su madre la noche de la boda: la de alguien completamente segura de su propio poder—. Pasaba cerca y pensé en saludarte.
—Nadie "pasa cerca" de un centro penitenciario a cuarenta minutos de la ciudad, Renata. Dime qué quieres.
Renata dejó escapar una risa breve, casi genuina, y finalmente giró la fotografía sobre la mesa para que Camila pudiera verla.
Era Antonella. Debía tener alrededor de un año y medio, con el cabello oscuro recogido en dos pequeñas coletas, sentada sobre el regazo de Sebastián en lo que parecía ser el jardín de la mansión Roig, riendo con esa risa incontenible propia de los niños de esa edad. Y detrás de ellos, con una mano apoyada en el hombro de Sebastián en un gesto de pertenencia absoluta, Renata sonreía a la cámara como la madre orgullosa que, para todos los efectos legales y sociales, se había convertido.
—Se llama Antonella Roig ahora —dijo Renata, con una suavidad calculada que resultaba más cruel que cualquier grito—. Sebastián decidió mantener el nombre que tú elegiste. Dijo que le parecía bonito. Detalle de su parte, ¿no crees?
Camila sintió que las manos le temblaban bajo la mesa, fuera de la vista de Renata, mientras cada fibra de su cuerpo luchaba contra el impulso de arrancarle la fotografía de las manos, de gritarle, de preguntarle cómo se atrevía a sentarse frente a ella con esa sonrisa después de todo lo que había hecho.
No hizo nada de eso. Respiró, exactamente como Trinidad le había enseñado a respirar en los momentos de mayor tensión, y mantuvo el rostro tan inexpresivo como pudo.
—¿Es feliz? —preguntó, con una calma que sorprendió incluso a la propia Camila.
La pregunta pareció desconcertar a Renata, que evidentemente había esperado una reacción muy distinta.
—¿Qué?
—Antonella. ¿Es feliz?
—Sí. Por supuesto que es feliz. —Renata recuperó rápidamente su compostura—. Tiene todo lo que una niña podría necesitar. Una familia estable, recursos, dos padres que la adoran.
—Me alegra escuchar eso. —Camila sostuvo la mirada de su hermana sin parpadear—. Porque eso significa que a pesar de todo lo que hicieron, al menos ella va a crecer bien.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —Renata frunció el ceño, visiblemente incómoda con la reacción que había obtenido—. Pensé que ibas a suplicarme. Pensé que ibas a llorar, a pedirme que te dejara verla, que intercediera con Sebastián.
—¿Es eso lo que viniste a buscar, Renata? —Camila se inclinó hacia adelante por primera vez en toda la conversación—. ¿Viniste hasta aquí, cruzaste cuarenta minutos de carretera, solo para verme suplicar?
El silencio que siguió confirmó, más elocuentemente que cualquier palabra, que Camila había acertado por completo.
—Viniste a asegurarte de que sigo destruida. —Camila casi sonrió, aunque no había ni una pizca de calidez en esa expresión—. Viniste a comprobar con tus propios ojos que la hermana que traicionaste sigue exactamente donde tú crees que debe estar. Rota. Sin nada. Sin nadie.
—No sé de qué estás hablando.
—Sí lo sabes. —Camila se puso de pie lentamente, con una dignidad que contrastaba brutalmente con el uniforme carcelario que llevaba puesto—. Pero tengo que agradecerte esta visita, Renata. De verdad. Porque me acabas de confirmar algo que necesitaba saber con absoluta certeza.
—¿Qué cosa?
—Que ni siquiera tú, con todo lo que ganaste, con mi prometido, con mi empresa, con mi hija durmiendo cada noche bajo tu techo, eres capaz de sentirte verdaderamente segura mientras yo siga respirando. —Camila la miró fijamente, y por primera vez desde que había entrado a esa sala, algo genuinamente peligroso brilló en sus ojos—. Y eso, hermana, me dice exactamente todo lo que necesito saber sobre cuánto durará la paz que crees haber conseguido.
Llamó al guardia para que la escoltara de vuelta a su celda, dejando a Renata sentada sola en la sala de visitas, con la fotografía de Antonella todavía sobre la mesa y una expresión que, por primera vez en toda la conversación, se parecía mucho más al miedo que a la victoria que había venido a saborear.
Esa noche, en su celda, Camila sacó de debajo del colchón las cinco cartas del Tribunal de Familia, las leyó una última vez, y las guardó de nuevo, junto con la imagen mental de esa fotografía que llevaría grabada en la memoria durante el resto de su vida: su hija, riendo, en los brazos de las personas que se la habían robado.
—Guarda esa risa, Antonella —susurró en la oscuridad, con una voz que ya no le temblaba en absoluto—. Porque un día, muy pronto, vas a volver a escuchar la mía.