Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 20 El Pasado que Duele
Jerone la miró con severidad. "Lyra, la sangre primigenia es un don y una maldición. Por un lado, otorga poder, longevidad, conexión con la naturaleza. Pero por otro, atrae a los depredadores. Los alfas ambiciosos quieren poseerla, usarla para sus propios fines. Si los Durlin hubieran sido descubiertos como lo que son, habrían sido cazados, esclavizados, usados como ganado reproductor. ¿Entiendes ahora por qué se esconden? ¿Por qué le temen a los alfas?"
Lyra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Recordó las palabras de Sabina, su miedo irracional, su protección feroz hacia Zea. No era paranoia. Era supervivencia.
—Entonces Zea... —murmuró Lyra.
—Zea es la más preciada de todas —dijo Jerone—. Porque es la hija de dos primigenios, la unión de dos linajes puros. Su sangre es la más antigua, la más poderosa. Y si los alfas equivocados descubren lo que es, la perseguirán hasta el fin del mundo. Por eso sus padres la protegen tanto. Por eso le tienen miedo a mi nieto. Temen que él también quiera usarla.
—Pero Bruno no es así —protestó Lyra—. Él la ama. La protegería. Jamás la usaría.
Jerone la miró con una mezcla de esperanza y escepticismo. "¿Estás segura, Lyra? ¿Estás segura de que tu hermano, el Rey Alfa, no sucumbiría a la tentación de tener la sangre más pura del mundo a su disposición? ¿De engendrar herederos con un linaje primigenio?"
Lyra se levantó de su silla, su rostro firme y decidido. "Estoy segura, abuelo. He visto a Bruno con Zea. He visto cómo la mira. No es deseo de poder. Es amor. Amor verdadero. Y por primera vez en su vida, está dispuesto a ser sumiso a ella."
Jerone la observó durante un largo momento, y finalmente, una sonrisa se dibujó en sus labios. "Entonces, tal vez haya esperanza. Tal vez los Durlin encuentren en mi nieto lo que siempre han temido buscar: un alfa que los proteja sin querer poseerlos."
Lyra asintió, pero su mente ya estaba trazando un plan. Tenía que hablar con Bruno, tenía que contarle la verdad sobre Zea. Y tenía que asegurarse de que, pase lo que pase, la protegiera.
Porque Zea no era solo una omega. Era la salvación de su linaje. Y tal vez, también, la salvación del corazón de su hermano.
El viento soplaba con fuerza aquella tarde en los suburbios, agitando las cortinas de la casa de los Durlin y trayendo consigo el aroma de tormenta. Sabina estaba junto a la ventana de la sala, sus manos temblorosas apretando el borde de la repisa, mientras Jairo la observaba desde el sofá con una mezcla de preocupación y resignación. Ambos sabían que el momento había llegado. No podían seguir escondiendo la verdad por más tiempo.
—He llamado a Zafira —dijo Sabina, su voz apenas un susurro—. Necesito que venga. Necesito... necesito hablar con ella.
Jairo asintió lentamente. "Es lo correcto. Ella siempre ha sabido cómo protegernos. Si alguien puede ayudarnos ahora, es ella."
Zafira llegó como un vendaval.
La comandante general del ejército de la manada irrumpió en la casa con la fuerza de una tormenta, su uniforme impecable y su cabello oscuro recogido en una cola de caballo alta. Sus ojos, de un verde intenso y penetrante, barrieron la estancia en busca de su hermana. Cuando encontró a Sabina, corrió hacia ella y la abrazó con una fuerza que habría derribado a cualquiera.
—Hermana —dijo Zafira, su voz ronca por la emoción—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?
Sabina se aferró a ella, sus hombros temblaban mientras los sollozos comenzaban a escapar de sus labios. Zafira la sostuvo, acariciando su cabello con gestos que recordaban a cuando eran jóvenes, a cuando todo era más sencillo.
Aunque Sabina y Zafira no eran hermanas de sangre, sino primas, el vínculo que las unía era más fuerte que cualquier lazo de parentesco. Zafira había sido quien las ayudó a escapar, quien arriesgó su vida y su posición para salvar a Sabina y Jairo de las garras de los alfas que los habían perseguido.
—Zafira... —sollozó Sabina—. No puedo más. No puedo seguir escondiendo esto. Ella merece saber la verdad. Mi hija merece saber quién es.
Jairo se levantó del sofá y se acercó a ellas, su rostro pálido pero firme. "No es el momento, Sabina. No podemos decirle todo. No aún. No sin saber cómo va a reaccionar."
—Pero ese Rey Alfa —insistió Sabina, separándose de Zafira para mirar a su esposo—. Él la ha visto. Él la ha mirado. Y yo sé lo que eso significa. Los alfas siempre quieren lo mismo. Siempre quieren poseer, controlar, usar. Si él descubre quién es ella, lo que ella es... va a lastimarla. Igual que nos lastimaron a nosotros.
Zafira frunció el ceño, sus ojos verdes brillando con determinación. "Cuéntamelo todo. Desde el principio. ¿Qué ha pasado con Zea? ¿Qué sabe ese Rey Alfa?"
Sabina se dejó caer en una silla, y las palabras comenzaron a brotar de ella como un río desbordado. Habló de Azú, de la amistad de su hija con la sobrina del Rey, del paseo por el jardín, de los rumores, de la humillación en la universidad. Y, sobre todo, habló del miedo que sentía al ver a su hija en el punto de mira de un Alfa poderoso.
—Es mi destinada —dijo Sabina, su voz quebrada—. Yo sé lo que es eso. Yo sé cómo se siente. Y también sé cómo los alfas pueden usar ese vínculo para destruir a una omega. No quiero que Zea pase por lo mismo que nosotros. No quiero que sufra.
Zafira escuchó en silencio, su rostro impasible, pero en su interior, una tormenta de emociones se desataba. Recordaba perfectamente lo que Sabina y Jairo habían sufrido. Los días interminables de humillación, de ser tratados como ganado, de ser forzados a aparearse con alfas que solo querían robar su linaje.
Pero lo que los alfas no sabían, lo que nadie sabía, era que los primigenios no podían tener hijos con cualquiera. No como los lobos comunes. Su cuerpo, su sangre, su esencia solo aceptaban la semilla de su pareja destinada. Ninguna otra semilla sería aceptada. Ningún otro alfa podría engendrar un hijo en ellos, por más que lo intentaran.
—Los alfas nos obligaban a estar juntos, sí —dijo Jairo, su voz fría y amarga—. Pero no porque disfrutaran viéndonos sufrir. Lo hacían porque querían que tuviéramos hijos, porque querían robar nuestra sangre. Pero no sabían que era imposible. Que solo el vínculo verdadero, la conexión de las almas, podía crear vida en nosotros.
Sabina asintió, sus ojos brillando con lágrimas de rabia. "Me obligaron a estar con otros alfas. Me tocaron, me humillaron. Y Jairo fue forzado a estar con otras lobas, como si fuera un semental. Nos obligaban a mirar, a vernos siendo destruidos física y moralmente ante los ojos del otro. Y yo veía su sufrimiento, y él veía el mío. Eso no lo quiero para Zea. Eso jamás."