Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
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Piedras y aguas
Aiko despertó primero, envuelta todavía en el calor de las sábanas compartidas con Ren. Se quedó un momento mirando la línea de sus hombros, subiendo y bajando despacio con la respiración, antes de inclinarse y dejarle un beso suave entre los omóplatos. Se levantó con cuidado, moviéndose despacio para no despertarlo, y salió al jardín del harén todavía en camisón, buscando un poco de sol antes de que el resto del palacio despertara del todo.
Itsuki ya estaba ahí, sentado con las piernas cruzadas cerca del estanque, con esa quietud suya de siempre. Aiko se acercó con una sonrisa fácil, sin ningún peso encima, sabiendo que con él, al menos, no había terreno que perder ni celos que calmar.
—*Ohayō —lo saludó, sentándose a su lado sin dudarlo.
—*Ohayō gozaimasu —respondió Itsuki, con esa media sonrisa tranquila que nunca cambiaba, exagerando apenas la formalidad—. Se te ve descansada.
—Lo estoy —admitió Aiko, dejando que el sol le calentara la cara—. Es un alivio, hablar contigo, me da paz.
Se quedaron un rato así, en silencio, viendo a los koi moverse bajo la superficie. Itsuki le contó, sin que ella se lo pidiera, que de niño solía imaginar que los peces eran mensajeros de algún dios menor, y que si les pedías algo en voz baja, tarde o temprano lo cumplían. Aiko se rió, y le confesó que ella, de chica, hacía lo mismo con las nubes.
—Deberíamos comparar resultados algún día —dijo Itsuki, con humor—. A ver quién de los dos tuvo mejor suerte con sus dioses menores.
—Yo diría que hasta ahora vamos empatados —respondió Aiko, poniéndose de pie—. Tengo que irme. Me esperan.
—Ve tranquila—dijo él, sin ninguna queja—. Yo me quedo un rato más con los peces.
Se suponía que Aiko debía almorzar con un grupo de damas de la nobleza esa tarde, pero al pasar por el patio de té se encontró con Ryu, solo, comiendo en silencio frente a una mesa baja con vista al jardín. Algo en esa soledad la hizo dudar, y terminó sentándose frente a él en lugar de seguir camino.
—No esperaba compañía —dijo Ryu, sin levantar demasiado la vista del cuenco.
—Yo tampoco planeaba quedarme —admitió Aiko, tomando unos palillos que una doncella le acercó de inmediato—. Pero no sé, me pareció mejor esto que la charla de las damas.
Ryu esbozó algo parecido a una sonrisa, apenas perceptible.
—Entonces soy el mal menor.
— Creo que eres compañía sincera —corrigió Aiko—. Eso vale más.
Hablaron poco, de cosas simples —el clima, la comida, algún comentario suelto sobre el palacio—, pero fue suficiente para que Aiko sintiera, otra vez, esa grieta pequeña detrás de la rigidez de Ryu, algo que todavía no terminaba de entender del todo pero que ya no la intimidaba tanto como al principio.
Más tarde, sentada en el parque con Yuri y Mei, entre risas por alguna anécdota que ya casi ni recordaba cómo había empezado, Hiroshi se acercó con su paso silencioso de siempre.
—Mi señora. Itsuki solicita autorización para ir a las termas del palacio. Un dolor de espalda que se le volvió insoportable.
—Autorizado —respondió Aiko, sin dudar—.
Hiroshi asintió serio y se retiró. Aiko se giró hacia sus amigas.
—¿Alguna sabe bien dónde quedan las termas? Nunca fui.
Yuri y Mei intercambiaron una mirada cómplice que a Aiko no le gustó nada.
—Al fondo de los jardines, pasando el puente de piedra —respondió Mei, con una sonrisa que prometía problemas—. Aunque, ya que vas, aprovechá bien la vista. Ese consorte tuyo tiene un cuerpo que no es de este mundo.
—¡Mei!
—Es la verdad —agregó Yuri, sin ninguna vergüenza—. Todas en el palacio hablan de eso.
—No hablen así de mis consortes —protestó Aiko, aunque no pudo evitar que se le escapara una risa junto con el reproche—. Ni de este ni de ningún otro.
Sus amigas se rieron todavía más fuerte, y Aiko, sacudiendo la cabeza, se levantó para ir a buscar a Itsuki, con las mejillas todavía un poco encendidas por el comentario.
Encontró a Itsuki ya sentado en el borde de la piscina termal, el vapor subiendo despacio entre las piedras, con una mueca de dolor apenas disimulada cada vez que intentaba enderezar la espalda.
—¿Puedo? —preguntó Aiko, señalando el agua.
Itsuki asintió, y ella se sumergió a su lado, dejando que el calor le aflojara los hombros de inmediato.
—¿Desde cuándo te duele así?
—Desde siempre —respondió él, con los ojos cerrados—. De niño cargaba piedras para una cantera, para ayudar a mi familia. Mis padres no eran nobles, ni siquiera acomodados. Cuando la mujer que entrena consortes notó que tenía condiciones para el baile, mis padres aceptaron venderme, sin dudarlo demasiado. Fue lo mejor que pudieron hacer por mí, en realidad. Y por ellos.
—¿Y el baile?
—Lo intenté, en serio, durante años. Tenía talento, me decían. Pero la espalda nunca terminó de sanar del todo. Cada vez que forzaba demasiado, volvía este dolor. Terminé abandonando esa carrera antes de que floreciera del todo.
Aiko sintió que se le apretaba el pecho.
—Itsuki, lo lamento tanto.
—No lo lamentes —dijo él, abriendo los ojos por fin, buscando los de ella—. Si no hubiese sido por todo eso, no estaría aquí, contigo, ahora mismo.
Se quedaron así un largo rato, el vapor envolviéndolos, el agua caliente aflojando cada nudo del cuerpo de Itsuki mientras Aiko, sin decir nada más, le apoyaba las manos sobre los hombros, masajeando despacio el dolor que llevaba cargando desde mucho antes de conocerla.
De a poco, se dio cuenta de que le encantaba tocarlo. Cada vez más... Aún no habían tenido intimidad y Si no hubiera sido por sus dolores, ella hubiera seguido buscando algo más. 'Con el puedo esperar un poco, creo que por algo las cosas se dan asi' pensó contenta, mientras se dedicaba un poco más, a complacer y masajear a su consorte.