Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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Doble divorcio
Fabián se quedó paralizado en la puerta al verlas a las dos juntas. Se notaba, en la cara, que había hecho cuentas mal: pensaba que a esa hora Melina todavía no había llegado.
—¿Qué hacés vos acá tan temprano? —le preguntó a Melina, casi sin poder disimular el pánico.
—Trabajo acá, Gustavo. Todos los días, a esta hora. —Melina cruzó los brazos, mirándolo con una calma que no auguraba nada bueno—. ¿O pensabas que aparecía por arte de magia justo cuando vos no estabas?
—Yo no pensaba nada, vine a...
—Viniste calculando el riesgo —lo cortó Melina—. Y calculaste mal. No nos vimos desde la otra vez, acá mismo. Se nota que me estabas evitando.
Claudia, detrás de la barra, no dijo nada. Solo observaba, con los brazos cruzados, esperando a ver hasta dónde llegaba ese circo.
Fabián tragó saliva, miró a Melina, después a Claudia, y en vez de retroceder, hizo exactamente lo que peor le podía salir: dio un paso hacia su esposa.
—Claudia, tenemos que hablar en serio. Yo estoy arrepentido por todo, por no ser fiel. Pero pueda dejarla—Bajó la voz, como si eso fuera a hacer la escena menos ridícula—. Quiero volver a intentarlo. Con vos, digo. Sé que la cagué, sé que no tengo excusa, pero veinte años no se tiran así como así. Dame otra oportunidad, te lo ruego.
—¿Me estás pidiendo esto delante de ella? —Claudia lo miró, incrédula—. ¿En serio, Fabián? Ja, ja. Esto es mucho incluso para vos.
—Justamente por eso te lo pido acá. Para que quede clarísimo que esto —señaló vagamente hacia Melina— ya está terminado. Que fue un error, una cosa sin sentido, una distracción, que lo único que me importa ahora sos vos.
Melina soltó una risa corta, sin nada de gracia.
—Guau. Gracias, Fabián. Qué lindo enterarme así de que fui "una cosa sin sentido".
—Melina, no es el momento... Yo siempre te aclaré que solo te quería como amante.
—No, esperá, tenés razón, no es el momento. —Melina se acercó un paso, con la voz cada vez más filosa—. Andate a rogarle a tu esposa a otro lado. A mí ya no me interesás, ni un poquito. Es más, ¿sabés qué? Ahora que lo pienso mejor, capaz me doy el gusto de salir con el stripper. Por lo menos con él sé exactamente lo que consigo, y no me tiene que mentir con segundos nombres.
Claudia miró a Melina de reojo, con una expresión que se le escapó antes de poder controlarla del todo. Justo con Eric, pensó, sintiendo que el comentario le pegaba más de cerca de lo que a Melina se le hubiera ocurrido.
—No sé qué tiene que ver Eric en esto —dijo Claudia, tratando de no mostrar que le molestaba.
—Nada, es un decir. —Melina se encogió de hombros, aunque la mirada que le dedicó a Claudia duró un segundo de más, como si algo se le hubiera encendido en la cabeza recién ahí—. O capaz no tanto un decir. ¿Por qué te pusiste así?
—No me puse de ninguna manera.
—Claudia. Dale, ya te conozco.
—Ahora no, Melina. —Claudia levantó una mano, cortando el tema de raíz, y volvió a Fabián, que seguía parado ahí como esperando que alguna de las dos se acordara de que él también estaba en la conversación—. Fabián, hagas lo que hagas, yo no voy a volver con vos. Ya te lo dije clarísimo la otra noche.
—Pero...
—Lo único que necesito de vos —siguió ella, sin dejarlo terminar— son los papeles del divorcio. Andá a un escribano, iniciá el trámite, lo que sea. Yo también voy a hacer lo mío. Cuanto antes lo resolvamos, mejor para los dos.
Fabián se quedó mudo, procesando que ni siquiera el numerito frente a su amante le había servido de nada.
—¿Estás segura?
—Segurísima. Quedate con las cosas de la casa, ni me importan. Después cuando no estés paso a buscar el resto de mí ropa.
Él agarró la carpeta del piso, donde se le había caído sin que nadie se diera el trabajo de avisarle, y caminó hacia la puerta con lo poco que le quedaba de dignidad.
—Te mando los papeles la semana que viene —dijo, ya con la mano en la persiana, sin mirar atrás.
—Perfecto, los voy a esperar—respondió Claudia.
La persiana se cerró detrás de él con el chirrido de siempre. Melina se quedó mirando a Claudia un largo segundo, con esa ceja levantada que ya era casi un personaje aparte.
—Bueno —dijo, por fin, con una sonrisa que no tenía nada que ver con la escena que acababan de vivir—, ahora que se fue nuestro ex, sí me tenés que contar qué pasó con Eric.
—No pasó nada.
—Claudia...
—Ya te dije, no pasó nada.
—Claudia, tenés la cara de alguien a quien le pasó absolutamente todo.
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El resto de la tarde estuvo llena de problemas, lograron tener luz finalmente, pero pagando muchísimo por el arreglo. Tan solo eran las 4 de la tarde, pero a esa hora Claudia ya estaba sacando el cartel de cartón de abajo de la barra, el que decía, con su letra desprolija, "HOY NO HAY FUNCIÓN".
—Vamos a cerrar temprano. Fue mucho para un solo día le dijo a su socia.
Melina no insistió. Se limitó a ayudarla a colgar el cartel en la persiana, y a despedirse en la puerta con un abrazo corto, sin sacarle una sola palabra más sobre el tema.
—Andá a descansar, yo me encargo del bar con Luz. —le dijo—. Y cuando quieras hablar, ya sabés dónde encontrarme.
Claudia caminó hasta su departamento con el cuerpo pesado, la cabeza todavía dándole vueltas a la escena con Fabián, a la mirada de Melina, a todo lo que había tenido que sostener sin caerse. Abrió la puerta pensando en la soledad de su monoambiente.
En cambio, encontró a Eric.
Estaba recostado en la cama, en ropa interior, con la ropa que traía puesta esa mañana colgada de una silla cerca de la ventana.
—Se me volcó un vaso de agua encima sin querer, muy torpe—explicó, al ver la cara de sorpresa de Claudia—. Se me mojó todo, así que lo puse a secar. Y de paso te cuento: cerraste con llave sin querer al salir esta mañana. Quedé encerrado acá todo el día, como un preso de lujo.
—¿En serio? Ja, ja. Eso explica que estés acá semi desnudo —Claudia se rió, a pesar del cansancio, dejando la cartera caer sobre la primera silla que encontró—. Perdón, no me di cuenta. No fue a propósito.
—No te preocupes, encontré maneras de entretenerme. —Sonrió, estirando un brazo hacia ella—. ¿Cómo estuvo tu día?
Claudia lo miró un largo momento, ahí tirado en su cama, en ese monoambiente diminuto que hacía apenas unos días le daba vergüenza mostrarle, después de un día entero de papeles de divorcio, reproches y una amiga a punto de descubrir todo. Sintió que algo se le acomodaba en el pecho, simple y evidente.
—Estás exactamente como y dónde debés estar —dijo, acercándose despacio hasta la cama.
Le tomó el rostro con las dos manos y lo besó. Pero ese, era recién el inicio de la tarde para ambos...