Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 15
Habían pasado casi dos semanas desde que regresé a casa de mi padre y, aunque todavía había noches en las que el recuerdo de Lucan aparecía sin pedir permiso, comenzaba a descubrir pequeños momentos en los que podía respirar sin que el pecho me doliera constantemente, no era felicidad, pero al menos ya no sentía que el mundo entero se estuviera derrumbando sobre mí.
Aquella mañana desperté con una idea que llevaba años sin visitar mi cabeza, quería pintar, sonaba extraño incluso para mí.
Cuando era adolescente pasaba tardes enteras llenando hojas de colores. Mi madre decía que yo no pintaba paisajes, sino emociones. Nunca me interesó hacerlo perfecto; solo quería que aquello que sentía terminara sobre el papel, después llegó la universidad, luego el trabajo, después Lucan y, sin darme cuenta, guardé las acuarelas en una caja que jamás volví a abrir.
Entré al pequeño estudio que mamá utilizaba para leer. Ahora estaba casi vacío, salvo por un enorme ventanal que dejaba entrar la luz de la mañana.
Sobre una repisa encontré una vieja caja de acuarelas, sonreí.
—Mamá... todavía las conservabas.
Preparé una mesa junto a la ventana, llené un vaso con agua, saqué varias hojas gruesas, respiré profundamente.
¿Qué quería pintar? No estaba segura. Solo sabía que necesitaba sacar todo aquello que llevaba dentro.
Tomé el pincel. Los primeros trazos fueron inseguros, intenté dibujar un paisaje, después unas flores, luego un cielo.
Nada, todo parecía torcido, sin vida, los colores se mezclaban de una forma horrible, bufé con frustración.
—Definitivamente perdí la práctica...
Intenté una segunda vez, después una tercera, la cuarta terminó todavía peor, me dejé caer sobre la silla.
—Qué desastre...
Justo en ese momento escuché unos golpes suaves sobre la puerta, levanté la vista. Papá apareció con una taza de café en la mano, observó el estudio, después el desastre de pinturas sobre la mesa, finalmente me observó a mí.
—¿Interrumpo una guerra?
Solté una risa.
—Algo parecido.
Entró despacio, se inclinó sobre una de las hojas.
—Bueno...—Intentó encontrar una palabra amable.—Tiene personalidad.
Lo miré con incredulidad.
—Papá...
Él terminó riéndose.
—Está bien. Está horrible.
Le lancé un pequeño trapo que tenía sobre la mesa. Él lo esquivó riendo.
—¡Oye!
—Te lo buscaste.
Se acercó un poco más.
—¿Qué intentabas pintar?
Miré la hoja.
—Ni yo misma lo sé ya.—Suspiré.—Antes me encantaba hacerlo.
Ahora parece que olvidé todo, papá permaneció unos segundos pensativo, después chasqueó los dedos.
—Ya sé.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Llama a Eiden.
Parpadeé.
—¿A Eiden?
—Sí.
—¿Para qué?
Me miró como si fuera la respuesta más obvia del mundo.
—Porque pinta increíble.
Lo observé sorprendida.
—¿Él pinta?
—Muchísimo. Hace años incluso ganó varios concursos cuando estaba en la universidad, solo que casi nunca habla de eso.
Abrí los ojos con sorpresa.
—Nunca me lo ha dicho.
—Porque es demasiado humilde para presumir.—Tomó uno de los pinceles.—Además tiene una paciencia infinita enseñando, te serviría mucho.
Sonreí apenas.
—No tengo su número.
Papá sacó inmediatamente el teléfono del bolsillo.
—Problema resuelto.
Un segundo después mi celular vibró, niré la pantalla.
Papá 🫶🏻
"Niño Eiden"
Reí.
—Qué rápido... Y que nombre tan peculiar.
—Es que si es un niño, llámalo.
Negué enseguida.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque debe estar ocupado.
Papá soltó una carcajada.
—Ese muchacho siempre trabaja.
—Precisamente... No quiero molestarlo. Te diría que lo llamara tú, pero luego recuerdo que el pobre ya se la pasa demasiado a tu lado, debe descansar de este viejo de vez en cuando.
Papá fingió indignarse.
—¿Viejo yo?
—Muchísimo.
—Qué hija tan desagradecida me estoy gastando.
Los dos terminamos riendo. Él volvió a señalar mi teléfono.
—Ya, en serio, llámalo. Si está ocupado, simplemente te lo dirá.
Suspiré resignada.
—Está bien...
Abrí nuevamente el chat de mi padre, observé el número unos segundos, no sabía por qué estaba nerviosa, era solo una llamada, presioné el botón, sonó una vez, ni siquiera alcanzó a sonar una segunda.
—¿Naelia?
Su voz llegó tan rápido que me sorprendí.
—¿Hola?
—¿Ocurrió algo?
Había cierta preocupación en su tono, sonreí sin darme cuenta.
—No, no. Todo está bien.
Escuché cómo soltaba un suspiro al otro lado de la línea.
—Me alegra.
Guardé silencio un segundo.
—Perdón por molestarte.
—No es una molestia. ¿Qué ocurre?
Miré las hojas llenas de manchas de colores.
—Quería volver a pintar con acuarelas. Pero... Creo que olvidé cómo hacerlo.
Papá cruzó los brazos y me observó divertido desde el otro lado del estudio, sentía que el corazón empezaba a acelerarse por alguna extraña razón, continué hablando.
—Mi papá dice que tú pintas muy bien y... Bueno... Pensé que quizá podrías recomendarme algún libro o algún video.
Hubo un breve silencio, después escuché su respuesta.
—Estaré allá en dos minutos.
Y la llamada terminó, miré el teléfono, después a mi padre.
—¿Me colgó?
Papá empezó a reír.
—No. Eso significa que viene.
—Pero dijo...
No terminé la frase. Desde la ventana vi abrirse la puerta del jardín que comunicaba ambas propiedades.
Un minuto después... Literalmente un minuto después... Eiden caminaba hacia la casa a paso rápido llevando un enorme bolso negro colgado del hombro, lo miré completamente sorprendida, papá levantó ambas manos.
—¿Ves? Te lo dije.
dos minutos después, Eiden apareció en la puerta del estudio. Llevaba el cabello ligeramente despeinado por el viento, en una mano sostenía el bolso.
—Buenos días.
Respondimos al mismo tiempo, papá sonrió satisfecho.
—Bueno, mi trabajo aquí terminó, los dejo.
Se marchó antes de que pudiera detenerlo, observé nuevamente el bolso.
—¿Qué traes ahí?
Lo dejó sobre la mesa, lo abrió. Dentro había decenas de acuarelas profesionales, pinceles de distintos tamaños, lápices, papel especial y varios frascos pequeños, abrí los ojos.
—¿Todo eso es tuyo?
Asintió.
—Siempre tengo un equipo preparado.
—¿Por qué?
—Nunca sabes cuándo tendrás ganas de pintar.—Respondió con total naturalidad.
No pude evitar sonreír. Él tomó una de mis hojas. La observó apenas unos segundos.
—No está mal.
Lo miré incrédula.
—Eiden... Está horrible.
Él negó despacio.
—No, está frustrado, hay diferencia.
Fruncí ligeramente el ceño. Él tomó un pincel.
—Estás intentando controlar demasiado cada trazo.
La acuarela funciona mejor cuando la dejas respirar, se colocó a mi lado.
—¿Puedo?
Asentí.
Mojo ligeramente el pincel, aplicó un azul profundo, después otro más claro, sin apenas esfuerzo comenzaron a aparecer formas.
No era un dibujo terminado, pero ya transmitía algo, me quedé observando fascinada.
—¿Cómo haces eso?
Sonrió apenas.
—Llevo muchos años practicando.
Me entregó otro pincel.
—Ahora tú.
Obedecí. Él corrigió la posición de mi mano con mucho cuidado.
—No aprietes tanto, relaja los dedos, así.
Hice lo que decía, el trazo salió muchísimo mejor, lo miré sorprendida.
—Funcionó.
—Porque dejaste de pelear con el pincel.
Seguimos trabajando durante casi dos horas. Él nunca tomó el control del dibujo, solo corregía pequeños detalles, me enseñaba cómo mezclar colores, cómo aprovechar el agua, cómo crear profundidad, yo aprendía sorprendentemente rápido.
—Tienes facilidad.
Comentó mientras observaba uno de mis intentos.
—Solo habías olvidado confiar en tu mano.
Aquellas palabras parecían hablar de algo mucho más profundo que la pintura, sin darnos cuenta, comenzamos un nuevo papel desde cero.
—¿Qué hacemos?—Pregunté.
Pensó unos segundos y después respondió.
—¿Qué te parece una noche?
Sonreí.
—Me gusta.
Durante la siguiente hora trabajamos juntos, yo pinté el cielo. Él me enseñó a difuminar las nubes, después añadimos un enorme árbol, al fondo aparecieron unas montañas, finalmente, una luna llena iluminando todo el paisaje.
Cuando dimos el último trazo, ambos nos quedamos observando el resultado.
Era precioso, no perfecto, pero sí lleno de vida, sonreí como hacía mucho tiempo no lo hacía.
—Creo que este sí merece un marco.
Eiden contempló el cuadro unos segundos, eespués me miró.
—No. Lo que merece un marco... Es la sonrisa que tienes ahora.
El estudio quedó en silencio, no supe qué responder, solo volví a mirar el cuadro y, por primera vez desde que mi matrimonio terminó... Sentí que quizá, muy despacio... También yo estaba empezando a pintar un nuevo comienzo.
😅😅😅😅😅