Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 18
Vicent se encontraba en el despacho de su casa revisando unos papeles cuando Irina entró sin llamar. Llevaba el rostro descompuesto, los ojos hinchados de llorar y su elegancia habitual parecía haberse desvanecido por completo. Se dejó caer en la silla frente a él, sin fuerzas para mantenerse de pie.
—Ya no es él —empezó a decir con voz quebrada, antes incluso de que Vicent pudiera preguntarle qué ocurría—. El hombre con el que me iba a casar… ya no existe. Lo he perdido.
Vicent dejó la pluma sobre la mesa y la miró con compasión, invitándola a seguir.
—¿Qué ha pasado? ¿Ha sido peor esta vez?
—Ayer me gritó —respondió ella, negando con la cabeza como si no pudiera creerlo—. Me gritó como nunca le he visto gritarle a nadie, solo porque le pedí que no faltara a la cena de negocios de su padre. Me dijo que no le importaba nada que no fuera ella. Que si volvía a estorbarle, rompería el compromiso. Vicent… él jamás habría puesto en juego su apellido, su posición, su palabra… por nadie. Ahora todo eso le parece insignificante.
—La obsesión lo ha cegado —admitió Vicent con pesadez—. He visto cómo la trata. He visto cómo está dispuesto a cruzar cualquier límite con tal de no soltarla. Se está convirtiendo en un extraño para todos nosotros.
Irina se inclinó hacia adelante, tomándole la mano con desesperación, con la mirada suplicante:
—Entonces ayúdame. Por favor, tú eres el único que puede hacerlo. Si sigue así, se destruirá. Perderá su imperio, su familia, su nombre… y terminará odiándola a ella también, porque será la causa de su ruina. Y luego se odiará a sí mismo.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó él con sinceridad—. He intentado hablarle, razonar con él… pero no escucha. No acepta que nadie se interponga en su camino.
—La única forma —dijo ella, marcando cada palabra con dolor— es alejarla. Sacar a Antonia y a su familia de su lado para siempre. Si ella no está, la locura se le pasará. Volverá a ser quien era. Lo sé. Él no sabe vivir sin ella porque no ha conocido otra cosa en estos meses. Si desaparece, volverá a ver la realidad.
Vicent retiró su mano lentamente, con el ceño fruncido.
—¿Alejarla? ¿Y qué pasa con ella? ¿Con su madre? ¿Con su hermano? Si las separamos ahora sin resolver nada, Aarón cumplirá sus amenazas. Las destruirá. No puedo salvar a uno destruyendo a los otros.
—¿Prefieres que él se pierda para siempre? —replicó Irina, con los ojos brillantes de angustia—. ¿Prefieres que se convierta en un monstruo sin alma? Yo no pido hacerles daño. Solo pido que se vayan lejos, donde él no pueda encontrarlos. Que tengan lo suficiente para vivir tranquilos, pero que desaparezcan de su vida. Es la única oportunidad que nos queda. Para él… y para ellos. Porque si se quedan, al final él les hará daño sin querer. Ya no tiene control sobre sí mismo.
Vicent se quedó en silencio, mirando hacia la ventana. Sabía que Irina estaba desesperada, sabía que parte de razón tenía: la presencia de Antonia era el centro de toda esa oscuridad. Pero también sabía que la muchacha no era la culpable, sino la víctima. Y alejarla no borraría lo que Aarón había hecho, ni lo que sentía.
—No lo sé —murmuró finalmente—. No sé si es la solución. Pero prometo pensarlo. Prometo buscar una forma en la que nadie salga perdiendo.
—No hay tiempo para buscar —le advirtió ella, levantándose para irse—. Cada día que pasa se hunde más. Decídete pronto, Vicent. O lo salvamos ahora… o nos hundimos con él.
Irina se quedó de pie un instante, con las manos apretadas contra el borde del escritorio, como si necesitara sostenerse para no caer. Sus palabras salieron casi en un susurro, revelando por primera vez su miedo más profundo, sin máscaras ni orgullo:
—Lo he visto mirarla… no es deseo, no es amor. Es hambre. Como si quisiera devorarla para que no pueda irse nunca. Y un día, Vicent, se dará cuenta de que no puede tenerla del todo. Y entonces la romperá. Porque no sabe tener lo que no puede controlar al cien por ciento. Y no quiero estar ahí cuando eso pase. No quiero ver cómo se destruye a sí mismo por haber destruido a alguien inocente.
Vicent la miró con tristeza, comprendiendo que ella también era una víctima de esa locura.
—¿Crees que si ella se va, todo volverá a ser como antes? ¿Crees que él olvidará lo que ha hecho, lo que ha sentido?
—No lo sé —admitió ella, negando con la cabeza y dejando caer las lágrimas—. Pero es la única oportunidad que tenemos. Si se queda, todos perdemos. Él pierde su alma, ella pierde la vida, y yo… yo pierdo al hombre que esperé toda mi vida. Dime, ¿qué otra opción me queda?
—La opción de hacer justicia —respondió él con firmeza—. La opción de no cambiar una prisión por otra. Si la enviamos lejos sin nada, Aarón la buscará. Y si la encuentra, será peor. Y si no la encuentra, se consumirá en la rabia y la culpa. No hay solución sencilla, Irina.
—Entonces busca una difícil —le suplicó ella, acercándose una última vez—. Pero haz algo. Por favor. No dejes que esto termine en tragedia.
Dicho esto, salió de la habitación con pasos inseguros, dejando a Vicent sumido en un silencio pesado. Sabía que Irina actuaba por miedo y por amor perdido, pero su propuesta era peligrosa y egoísta. Sin embargo, también sabía que tenía razón en una cosa: el tiempo se agotaba. Si no intervenía pronto, no quedaría nada de ninguno de los tres.
—Tengo que encontrar otra salida —murmuró para sí mismo—. Una en la que nadie tenga que desaparecer para sobrevivir.