●Secuela De La Novela: {Tu Guardián Sádico}.
●Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
●Separados por el engaño, la ambición y los hilos de poder de la poderosa dinastía Courteney, el tierno omega puro Cyrus se ve obligado a huir a los Hamptons para proteger el futuro de su alfa, llevando en su vientre el fruto de su amor en solitario. Durante tres largos años, Cyrus sufre la agonía de un nido vacío, consumido por la melancolía y el aislamiento de su jaula de oro, con su pequeño cachorro Cassian como único ancla para seguir adelante.
Mientras tanto, en Suiza, el desamparado alfa huérfano del pasado se ha transformado en Ethan Blackburn: un colosal, implacable y sádico magnate corporativo que ha levantado un imperio de acero para llenar el vacío de su ausencia. Armado con informes confidenciales y movido por un instinto territorial indomable, Ethan descubre la verdad sobre el sacrificio de su omega y planea una emboscada quirúrgica en Manhattan. No va a negociar.
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Capítulo 13: La bitácora del acoso
Capítulo 13: La bitácora del acoso
Novela: El Secreto De La Golondrina.
Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
Durante los dos días siguientes, la suite presidencial del Hotel Plaza se transformó en el centro de mando de una obsesión milimétrica. Ethan Blackburn apenas probó bocado. El magnate adicto al trabajo funcionaba con una energía puramente biológica, dictada por el rugido salvaje de su alfa interno que, tras seis meses de rastreo ciego, por fin tenía la bitácora exacta de su presa.
Sobre la mesa de centro de la suite, las fotografías tomadas en secreto por sus investigadores privados se extendían como las piezas de un tablero de ajedrez. Ethan las repasaba una y otra vez bajo la pálida luz de las lámparas, memorizando cada facción, cada movimiento y cada cambio en la rutina de su omega.
Una de las imágenes mostraba a Cyrus saliendo de un centro pediátrico privado en Manhattan. Llevaba al pequeño Cassian en un portabebés de tela oscura pegado a su pecho. El niño, de casi dos años, miraba hacia los lados con curiosidad, y en esa toma de alta resolución, Ethan pudo notar que el cachorro tenía la misma forma almendrada de sus propios ojos. Otra de las fotografías registraba los horarios de las camionetas blindadas de la familia Courteney: las horas exactas en que los guardaespaldas de Marisol hacían los relevos en el perímetro de los Hamptons y el tiempo preciso que tardaba el impetuoso Cedric en llegar a la villa si se activaba una alarma.
Ethan observaba los documentos con una fijeza implacable. Su mente, forjada en la frialdad de las leyes y las negociaciones corporativas de alta tensión, calculaba las variables con una precisión quirúrgica. Sabía que un ataque frontal contra el imperio de Louie Courteney sería un error táctico; el viejo depredador controlaba Nueva York y poseía recursos suficientes para desaparecer a Cyrus y a Cassian en un parpadeo si se sentía amenazado. Tenía que ser sutil. Tenía que cazar a la golondrina en el único espacio donde la jaula de oro se abría ligeramente.
Volvió a leer el reporte de la bitácora de horarios de Cyrus: «Jueves. 15:00 horas. Invernadero Botánico Público de Manhattan. El sujeto asiste sin la compañía directa de los alfas de la familia para mantener el perfil bajo. Dos guardaespaldas de la firma Courteney permanecen estacionados en el acceso principal, a una distancia de cincuenta metros de los pasillos interiores de la flora exótica».
Ese era su momento. El único margen de vulnerabilidad donde la seguridad de la dinastía dejaba a Cyrus expuesto a la intemperie.
Mientras el magnate analizaba los planos del invernadero botánico, su aroma a pino negro y lluvia de tormenta se densificaba en la habitación, adquiriendo una nota pesada, dominante y peligrosamente territorial. El cambio psicológico en Ethan era absoluto: el joven amable que solía sonreír en la universidad de Suiza había sido enterrado bajo capas de un orgullo herido y una necesidad visceral de reclamo. Cyrus le había ocultado su verdadera estirpe, lo había hecho llorar de rodillas en un departamento destrozado y lo había privado de ver nacer a su primer hijo omega puro. La deuda biológica era inmensa, y Ethan no pensaba tener piedad.
Faltaban menos de veinticuatro horas para el jueves.
Ethan se levantó de la silla, abotonándose el chaleco de su traje gris carbón con parsimonia. Caminó hacia el espejo del baño de la suite y observó su reflejo: sus facciones afiladas, su mandíbula tensa y esa mirada oscura que ya no irradiaba la luz carismática del pasado, sino la fijeza sádica de un alfa que va a reclamar lo que por derecho de la naturaleza le pertenece.
—Mañana, mi golondrina —susurró Ethan en la penumbra, y una sonrisa helada, carente de cualquier calidez, se dibujó en sus labios—. Mañana se acaba tu reclusión dorada. Mañana vas a saber que de la tormenta no se puede huir para siempre.