Sofía siempre ha obedecido a sus padres por miedo a decepcionarlos. Su vida cambia cuando su padre y el mejor amigo de este,, deciden obligarlos a casarse para unir a sus familias y sus empresas.
Adrián, el heredero de una de las empresas más poderosas de Rusia, tampoco desea ese matrimonio. Obligados a compartir una vida que ninguno eligió, ambos descubrirán que el destino puede cambiarlo todo.
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capitulo 12
Sofía
No sé qué es el amor, ni tampoco qué se siente cuando alguien te dice ese tipo de palabras con tanta devoción. Nunca nadie me había mirado como él lo estaba haciendo en este momento.
Cuando sentí las manos de Adrián rodeando con firmeza mi cintura, pegándome a su cuerpo e inclinándome ligeramente hacia él para profundizar el beso, mi mente se quedó en blanco. El corazón me latía tan fuerte contra las costillas que temí que él pudiera escucharlo. En ese preciso segundo me di cuenta de una verdad aterradora: me había enamorado de él. Y no era algo de hoy. Me había enamorado desde el primer día en que lo vi, con esa postura imponente y esa mirada seria que me quitaba el aliento.
Pero entonces, el miedo y la duda me golpearon de golpe.
Me separé de él bruscamente, poniendo ambas manos sobre su pecho para distanciarlo. El aire me faltaba y sentía la cara caliente por la rabia y la confusión.
—¡No! ¡Aléjate! —dije, elevando la voz mientras retrocedía un par de pasos—. ¿A qué juegas, Adrián? ¿En serio pretendes que me crea todo esto?
—Sofía, escucha... —intentó decir él, dando un paso hacia mí con las manos en alto, pero lo interrumpí de inmediato.
—¡No, no te acerques! —lo señalé, sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas de frustración—. Si se supone que te gusto... ¡¿por qué demonios has sido así conmigo durante estos tres meses?! ¡Eres frío, distante! Siempre tienes esa cara de mal humor, como si odiaras el aire que respiras. Nunca me dices una sola palabra, te quedas callado durante la cena y actúas como si estuvieras enojado con todo el mundo, ¡incluyéndome a mí! ¿Y ahora de la nada resulta que estás "loco por mí"?
—No estaba enojado contigo, yo solo... —trató de explicarse, pero lo interrumpi
—¡Esto es una trampa! —lo acusé, apretando los puños a los costados—. ¡Por favor, Adrián! Tu padre viene mañana y de repente te surge este ataque de amor desesperado. ¡Es por eso, verdad! Quieres convencerme, quieres seducirme para que juegue a la esposita feliz frente a él
—¡Estás equivocada, Sofía, esto no tiene nada que ver con mi padre! —gritó él por primera vez, perdiendo la paciencia, desesperado por mi rechazo
—¡Claro que sí! —le sostuve la mirada, aunque la voz me temblaba—. ¿Cómo carajos te voy a gustar yo? Mírame. Soy una chica solitaria, aburrida, la típica hija obediente que siempre le hace caso a sus padres sin protestar. No tengo el cuerpo perfecto de las mujeres con las que seguro te relacionas, no hablo con nadie, no le caigo bien a la gente y me encierro siempre en mi caparazón para que nadie me haga daño. Lo que me estás diciendo es una mentira
Me giré dándole la espalda, incapaz de seguir sosteniéndole la mirada porque sentía que en cualquier momento me iba a romper a llorar frente a él.
—Es mejor que te vayas, Adrián —sentencié con la voz ahogada—. Mañana traes tus cosas a mi cuarto si es lo que necesitas pero ahora... ahora solo quiero estar sola. Vete.
El silencio se instaló entre los dos, pesado y tenso. Escuché sus pasos acercarse despacio. No intentó tocarme otra vez, pero se detuvo a pocos centímetros de mí. Sentí el calor de su cuerpo cerca de mi espalda y su respiración agitada.
—Todas esas inseguridades que tienes... —murmuró con una voz tan suave y profunda que me erizó la piel—, yo las voy a amar una por una, Sofía.
Un nudo se me formó en la garganta al oírlo.
—Quisiera que pudieras verte a través de mis ojos solo por un segundo —continuó él, y su tono no tenía ni una gota de falsedad—. Verías a la mujer más fascinante, hermosa y real que he conocido. Eres la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida, no por mi padre, no por el contrato, sino por ti.
Apreté los ojos con fuerza, luchando contra el deseo de voltearme y refugiarme en sus brazos. El miedo a salir herida era más fuerte que la ilusión.
—Adrián... es mejor que te vayas —repetí, aferrándome al poco control que me quedaba—. Por favor. Mañana hablamos.
Escuché cómo soltó un largo suspiro Tras unos segundos de duda, escuché sus pasos alejarse hacia la puerta. En cuanto me quedé sola en la habitación, me llevé los dedos a los labios, sintiendo aún el rastro de su beso,