En los pasillos del Instituto Amanecer, Alexandra es una estudiante dulce, amable con todos y que prefiere la tranquilidad de un buen libro y pasar desapercibida. Por su parte, Santiago es el carismático capitán del equipo de natación, el chico popular de hombros anchos y sonrisa fácil que siempre está rodeado de ruido y amigos. En la vida real, apenas cruzan miradas y sus mundos parecen completamente opuestos.
Pero al caer la noche, todo cambia.
Cuando las pantallas se encienden y se sumergen en el vasto universo de fantasía de su MMORPG favorito, se transforman por completo: ella es Lady Sol, una guerrera feroz, terca e implacable que defiende el frente de batalla con armadura brillante; y él es Sombra22, un mercenario cínico, astuto y bromista que prefiere las sombras y disfruta al máximo sacarla de quicio. Sin saberlo, son el dúo más explosivo y divertido del servidor, compartiendo horas de risas, peleas virtuales y una química innegable a través del chat de voz.
Mientras la ten
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Capítulo 18: La Otra Cara de la Moneda
(Perspectiva de Santiago)
Salí de la reunión con el entrenador sintiendo que me zumbaban los oídos. La elección del nuevo capitán del instituto estaba increíblemente reñida, y los profesores no paraban de debatir sobre quién debía tomar el relevo. Me habían dado apenas una media hora de descanso estricto antes de tener que regresar a firmar unos papeles, pero en cuanto tuve el teléfono libre, supe exactamente a dónde quería ir. Tenía que verla.
Caminé a paso firme hacia la plaza principal, buscando con la mirada al grupo de siempre. En cuanto me acerqué, alcé la mano y los saludé a todos con una sonrisa.
Antes de que pudiera dar dos pasos más, sentí un pequeño impacto contra mis piernas: Carolina, la hermanita de Oswaldo, había salido corriendo para darme un abrazo directo a la cintura.
—¡Hola, Santiago! —me saludó con esa energía inagotable que cargaba siempre.
Me agaché un poco para devolverle el saludo, sonriendo con ternura.
—Hola, pequeña, ¿cómo estás? —le pregunté acomodándole un poco el cabello.
—¡Muy bien! —respondió ella toda feliz, antes de dar media vuelta y correr de regreso con su hermano.
En ese preciso instante, al levantar la vista para buscar a Alexandra entre las chicas, noté algo extraño. Oswaldo estaba parado a unos metros, completamente pálido, con los ojos abiertos como platos y una expresión de pánico absoluto que intentaba disimular sin éxito. Las demás chicas miraban la escena con una mezcla de emoción, sorpresa y picardía.
Yo no entendía nada. ¿De qué se habían enterado tan rápido?
Me quedé allí, congelado en medio camino, hasta que Alexandra se separó del grupo y caminó decidida hacia mí. Se detuvo justo frente a mí, con los brazos cruzados y una chispa de triunfo y desconcierto en la mirada.
—Hola, sicario —me soltó con una media sonrisa socarrona—. ¿Cómo te fue en el día?
Me quedé completamente en blanco. El apodo con el que solía molestarme en los juegos, el que usaba exclusivamente detrás de la pantalla de sombra22, había salido de sus labios con una naturalidad pasmosa. Mi cerebro se detuvo por completo. No sabía qué decir, ni cómo defenderme, ni a dónde mirar. Mis manos empezaron a sudar frío.
Pasaron unos segundos eternos de silencio tenso, donde lo único que se escuchaba era el bullicio lejano de la calle, hasta que logré articular las palabras con un hilillo de voz:
—¿Ya... sabes?
Giró ligeramente la cabeza hacia Oswaldo buscando una confirmación, y fue él quien dio un paso al frente, rascándose la nuca con culpa mientras terminaba de hundirnos a los dos.
—Sí... ya sabe —admitió Oswaldo con una mueca de derrota.
De inmediato, giré la mirada hacia Oswaldo y lo miré con los ojos entrecerrados, fulminándome con los pensamientos. ¿Fuiste tú? ¿Se lo dijiste tú? Pero él negó enérgicamente con la cabeza, levantando las manos en señal de inocencia. No, él no había sido el que abrió la boca directamente.
Desvié la vista hacia donde estaba Carolina, que saltaba alegremente cerca de las bancas, y en ese milisegundo lo entendí todo. La hermana. La pequeña comidilla había soltado la sopa sin querer queriendo.
Atrapado sin salida, bajé los hombros. Ya no había nada que hacer, ni mentiras que valieran la pena.
Alexandra dio un paso más hacia mí, con una seriedad que me hizo tragar saliva con fuerza.
—Tenemos que hablar a solas, Santiago —me dijo de manera tajante.
Miré rápidamente el reloj de mi muñeca. El tiempo corría en mi contra.
—Escucha, me encantaría, pero no tengo mucho tiempo —le expliqué con urgencia, señalando en dirección al instituto—. Vine corriendo solamente a saludarlas un segundo porque el profesor me dio media hora de descanso estricto. La elección del nuevo capitán está que arde y tengo que volver ya mismo a firmar.
Ella me analizó por unos segundos, evaluando la situación.
—¿Podemos hablar a solas? —insistí con la voz un poco más suave, buscando su comprensión—. Pero... no va a poder ser hoy. Se me acaba el minuto.
Alexandra suspiró, un poco frustrada pero cediendo ante la realidad de los horarios. Asintió lentamente con la cabeza.
—Está bien... —aceptó al fin—. Dime una cosa, ¿te vas a conectar más tarde en el juego?
Una chispa de alivio cruzó por mi pecho al escuchar su pregunta.
—Sí, es muy probable que entre un rato en la noche —le contesté con una pequeña sonrisa esperanzadora.
Ella me miró fijamente, con esa intensidad que siempre lograba descolocarme, y dio media vuelta para regresar con sus amigas.
—Perfecto —me lanzó por encima del hombro antes de alejarse—. Entonces hablemos por ahí.
Narrador
La noche cayó sobre la ciudad, trayendo consigo una brisa fresca que se filtraba por las ventanas abiertas de nuestras respectivas habitaciones. Los dos estábamos conectados. El indicador verde en el chat del juego brillaba intensamente, marcando el inicio de una charla que llevábamos pendiente desde la tarde, cargada de una mezcla extraña de risas contenidas, reproches juguetones y chistes internos.
—¿Se puede saber por qué rayos no me dijiste nada antes? —escribió ella en el chat de voz, con ese tono de falsa indignación que tanto me gustaba escuchar.
Me reí solo frente a la pantalla, acomodándome los auriculares antes de responderle al micrófono:
—¿Y querías que fuera así de la nada? —le contesté con una sonrisa, sintiendo cómo los nervios de la tarde se iban transformando en una calidez extraña—. Tenía mis razones... Ya sabes cómo es esto.
—¿Qué razones? Era absurdo, me tenías jugando adivinanzas.
Me quedé en silencio un segundo, mirando fijo el monitor antes de soltar la verdad que había estado cargando todo este tiempo:
—Porque siento que nuestras personalidades se dividen en dos mundos, Alexandra.
Del otro lado de la línea, el silencio se prolongó por unos instantes. Pude imaginarla exactamente igual que en la plaza: mordiéndose el labio inferior, procesando mis palabras mientras la pantalla parpadeaba con el próximo nivel del juego esperando por nosotros.
—¿Dos mundos? —preguntó ella finalmente, con una suavidad distinta en la voz, dejando de lado el tono de reclamo.
—Sí —respondí con total sinceridad—. Aquí, en el juego, somos la guerrerita y el sicario; podemos discutir, competir, pelearnos por estrategias absurdas y decirnos de todo sin filtros... Pero allá afuera, en el instituto, con la presión de los profesores, los amigos y la rutina, todo cambia. Tenía miedo de que, si sabías quién era en realidad, las cosas dejaran de ser tan genuinas entre nosotros.
Ella soltó una pequeña risa al otro lado, una risa sincera que me desarmó por completo.
—Eres un tonto, Santiago —dijo, pero su tono ya no tenía rastro de enojo, sino una ternura que traspasaba los auriculares—. No importa el mundo que sea... al final, siempre terminamos encontrándonos.
—Tienes razón —murmuré, sintiendo que por fin todas las piezas de este rompecabezas encajaban en su lugar—. Entonces, ¿seguimos la partida o vas a seguir reclamándome?
—Prepárate, porque esta vez no te voy a tener piedad, guerrerito.
Y con una sonrisa que me abarcaba todo el rostro, di clic en aceptar la partida. El juego comenzó, pero esta vez, sabiendo la verdad, todo se sentía infinitamente mejor.