Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 16
Capítulo 16
Tres días después, Santiago llegó a buscarme a la oficina durante la comida.
Venía pálido, desordenado, sin el aire burlón de siempre.
—Valeria, mi abuelo está muy mal. Lo único que le preocupa es que me quede solo. Necesito que me ayudes. Ven conmigo y finge ser mi novia.
No pregunté más.
Pedí permiso y lo acompañé a un hospital privado.
Su abuelo estaba lleno de tubos, con respirador. Delgado, blanco, con el cabello peinado con cuidado. El pecho le subía y bajaba apenas.
Santiago se inclinó.
—Abuelo, traje a mi novia. Abre los ojos. Es bonita, ¿verdad?
Me acerqué.
—Abuelito, soy Valeria. Santiago y yo vamos a estar bien. No se preocupe.
El anciano abrió los ojos con esfuerzo. Intentó sonreír.
No entendí lo que murmuró, así que respondí lo que creí que quería oír.
—Lo voy a cuidar. No lo voy a dejar solo.
Santiago le tomó la mano.
—Nos vamos a casar, vamos a tener hijos y vamos a vivir bonito, como tú y la abuela.
El abuelo sonrió.
Levantó la mano para tocarle la cara.
No alcanzó.
El monitor se volvió una línea.
Santiago se rompió.
Lloró con la cara hundida en la cama, como un niño que acababa de perder lo último que tenía.
Yo no lo detuve.
Después llegaron médicos y enfermeras. Cubrieron al abuelo y se lo llevaron.
Cuando Santiago pudo levantarse, tenía los ojos rojos.
—Valeria, desde ahora eres mi única familia. Pase lo que pase, aunque no entiendas mis decisiones, recuerda que nunca voy a hacerte daño.
Lo abracé.
Más tarde apareció su padre, Julián Robles. Alto, serio, con cara de autoridad.
No hablaron ni tres frases antes de golpearse.
Santiago le pegó con una rabia que daba miedo. Julián también respondió. Tuvieron que separarlos varios médicos.
—Desde hoy no tengo hijo —escupió Julián—. Para mí te moriste.
Santiago se quedó temblando, con sangre en la boca.
Julián no fue al funeral.
Después de eso, Santiago desapareció. No contestaba llamadas ni mensajes. En las noticias salió que el Grupo Robles estaba al borde de la quiebra por una mala decisión de Julián.
Lo busqué en el hospital. Me dijeron que pidió un mes.
Volví a verlo en casa de los Fuentes.
Emiliano me invitó a cenar. Al entrar, vi a Santiago sentado junto a Renata. Ella tenía medio rostro recargado en su hombro y le sostenía el brazo como si fuera suyo.
Santiago me vio y apartó la mirada.
Doña Teresa me recibió con alegría.
—Valeria, por fin vienes. Si no te veo, me da algo.
Le conté de mi accidente. Se preocupó y regañó a Emiliano por ocultárselo.
Renata lo defendió:
—Mamá, si Valeria no quería preocuparte, mi hermano no podía decir nada. Para ser tan serio, salió obediente como novio.
Todos rieron.
Yo no supe dónde mirar.
En la comida, doña Teresa insistió en que Emiliano me sirviera de todo. Renata se burló de que su hermano ya la había olvidado por la novia.
Luego se pegó a Santiago.
—Santi, tú no me vas a abandonar, ¿verdad?
Él sonrió.
—No pienso huir.
Doña Teresa miró la escena con satisfacción y después me miró a mí.
—Valeria, Emiliano es el mayor. Debería casarse antes que Renata. Ustedes se ven bien. ¿Por qué no se comprometen pronto?
Me quedé sin palabras.
Emiliano habló por mí.
—Mamá, primero quiero ir formalmente con Valeria a ver a don Ernesto. Después hablaremos del compromiso.
—Eso sí. Me emocioné.
Comí sin sabor.
Santiago no me dirigió la palabra.
Emiliano me llevó a casa. Caminamos hasta mi puerta.
—Mi mamá es cosa mía —dijo—. No te presiones.
Bajé la cabeza.
—Emiliano, no sé si hice bien en salir contigo. Eres excelente, pero siento que algo falta.
—No tienes que cargar con culpa. Dame tiempo para demostrarte quién soy. Si al final no me eliges, lo respetaré.
Lo miré.
—Gracias. No sé qué hice para merecer esto.
—Valeria, vales más de lo que crees.
Esa noche, ya en mi cama, recibí un mensaje de Santiago.
“Mañana a las siete. La Brasa de la Colonia. Necesito hablar contigo.”
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero