Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
*
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 19: EL CAMINO HACIA EL MAR — VERSIÓN COMPLETA Y DEFINITIVA
Cruzamos la salida trasera de la torre de control y el aire fresco de la selva nos golpeó la cara con fuerza, cargado del olor a tierra mojada, pino viejo y sal marina que siempre había caracterizado a esta isla. Pero esta vez no sentí frío, ni miedo, ni esa sensación de estar perdido que me había acompañado durante tantas semanas. Lo único que sentí fue el calor de los cuatro cuerpos que iban pegados a mí, tan cerca que casi tropezábamos unos con otros, como si ninguno quisiera dar ni un paso más de lo necesario lejos del resto.
Ya no éramos cinco chicos que se habían encontrado por casualidad en un autobús que se perdió en el camino. Ya no éramos supervivientes que solo se ayudaban para no morir solos. Ya no éramos solo compañeros que compartían el miedo y las sobras de comida. Éramos más que amigos, mucho más. Éramos la única familia que nos quedaba, la que habíamos construido ladrillo a ladrillo, levantando al otro cuando se caía, aguantando el dolor juntos, perdonando los errores que parecían imperdonables, y siguiendo adelante incluso cuando todo parecía perdido para siempre. Nadie nos había obligado a estar juntos, nadie nos había dicho que debíamos cuidarnos: simplemente lo habíamos decidido, con el corazón en la mano, y esa decisión nos había hecho invencibles.
Me detuve un instante junto a la pared de hormigón agrietado, me llevé la mano a la nariz y limpié el rastro de sangre que aún bajaba lentamente, resto del esfuerzo enorme que había hecho al usar mi poder para salvar a Leo en el puente. El cuerpo me pesaba, sentía como si hubiera cargado con el peso de toda la isla encima, y las piernas me temblaban levemente. Pero antes de que pudiera ocultar mi cansancio o decir que podía seguir solo, Mia se acercó de inmediato, sacó de su mochila un paño limpio y suave, y me lo pasó con mucho cuidado, mirándome a los ojos con esa ternura firme que solo se tiene con alguien a quien se considera hermano.
—No intentes ocultar que estás agotado —dijo en voz baja, sin regañar, solo cuidando—. No tienes que cargar con todo tú solo. Somos familia, y la familia comparte el peso, no lo deja todo en los hombros de uno solo. Si necesitas descansar, descansamos. Si te duele algo, lo vemos juntos. No te vamos a dejar caer.
Antes de que pudiera responderle, Álex se colocó a mi lado y puso su mano grande y fuerte sobre mi hombro, apretando suavemente, como para transmitirme su fuerza. Leo y Bruno se acercaron también, cerrando el círculo alrededor de mí, de modo que yo estaba en el centro, protegido por ellos, igual que ellos siempre habían estado protegidos por mí. No había jerarquías extrañas, ni órdenes impuestas, ni obligaciones: solo el lazo irrompible de quienes habían visto lo peor y lo mejor el uno del otro, y habían decidido quedarse pase lo que pase.
—Gracias —dije, y la voz me salió un poco ronca por la emoción—. De verdad.
—No tienes que dar las gracias por nada —respondió Bruno con una sonrisa tranquila—. Ahora vamos hacia donde tú digas. Pero no te separes de nosotros ni un segundo. Ni tú de nosotros, ni nosotros de ti.
Respiré hondo, miré hacia la espesura de la selva que se extendía hacia el sur, y empecé a explicarles lo que sabía, pero también lo difícil que sería el camino:
—El rumbo general es hacia el sur, hacia la zona de los acantilados bajos —señalé con la mano, frunciendo el ceño y concentrándome en las sensaciones que me llegaban del suelo, del viento y de la energía de la isla—. Pero el camino no es recto, ni fácil, ni mucho menos marcado. La zona donde está escondida la cueva con el barco es un verdadero laberinto: hay cañones que se abren de golpe, pantanos que se tragan a quien no conoce el suelo, rocas que se mueven con las mareas y niebla que puede durar horas y no deja ver nada. Los mapas que tenía la empresa ya no sirven del todo, porque la isla cambia su forma constantemente. Tendré que guiarme por lo que siento, por las señales sutiles que solo yo puedo percibir. Me costará mucho dar con la entrada exacta: tendremos que probar caminos, retroceder, buscar alternativas, y quizás caminar mucho más de lo que pensábamos. No será rápido.
—No hay ninguna prisa —dijo Leo con total calma, mientras se ajustaba la mochila—. No nos importa tardar un día, dos o una semana entera. Lo único que importa es que lo hagamos juntos. Si tenemos que dar mil vueltas, las damos. Si tenemos que retroceder cien veces, lo hacemos. No nos cansaremos de estar juntos. Tú guía como puedas, y nosotros te cubrimos las espaldas siempre.
Asentí, muy agradecido por sus palabras, y empezamos a caminar.
Al principio intenté ir lo más directo posible, pero pronto vi que tenía razón al advertirles de la dificultad. Apenas llevábamos media hora de marcha cuando el sendero que seguíamos desapareció de golpe entre matorrales espinosos tan altos que nos llegaban al pecho, con espinas que rasgaban la ropa y la piel. No podíamos pasar por ahí, así que tuvimos que retroceder casi medio kilómetro y buscar una ruta alternativa rodeando una zona de piedras resbaladizas. Luego llegamos a la orilla de un río ancho y caudaloso que no aparecía en ninguno de los planos antiguos; el agua bajaba turbia y fuerte, y no había ningún puente ni paso seguro. Pasamos más de una hora buscando un vado donde cruzar, y cuando por fin lo encontramos, el agua nos llegó hasta la cintura, fría como hielo, y tuvimos que agarrarnos todos de la mano para que la corriente no nos llevara por separado.
Varias veces llegamos al borde de un precipicio sin salida, o a un pantano tan profundo que se veía el lodo burbujear, y tuvimos que volver sobre nuestros pasos, cansados y con las ropas sucias, pero en ningún momento nadie se quejó. Nadie dijo que debíamos haber ido por otro lado, nadie me culpó por equivocarme, nadie propuso separarse para buscar más rápido. Al contrario: cada vez que nos deteníamos confundidos, ellos se acercaban más a mí, me daban agua, me limpiaban el sudor, me hacían una broma suave para que no me presionara, o simplemente se quedaban en silencio a mi lado hasta que yo volvía a encontrar la señal que buscaba.
—No te preocupes si te equivocas —me dijo Álex en una de esas pausas, mientras nos sentábamos en una roca grande para descansar—. Antes creía que tu mayor fuerza era saberlo todo, calcular cada paso antes de darlo. Pero ahora veo que tu verdadera fuerza es saber volver a intentarlo cuando te equivocas, y seguir adelante aunque no tengas todas las respuestas. Y nosotros… nosotros somos tu fuerza, igual que tú eres la nuestra. No somos un equipo que se separa cuando las cosas se ponen difíciles. Somos familia, y la familia sigue juntos aunque no sepan dónde van.
Estaba a punto de responderle cuando un estruendo ensordecedor sacudió el suelo bajo nuestros pies, tan fuerte que tuvimos que agarrarnos a la roca para no caer. El ruido vino de un claro amplio que se abría unos cien metros más adelante, y nos miramos los cinco sin decir nada, nos levantamos despacio y nos acercamos con mucho cuidado, escondiéndonos detrás de unos arbustos altos para ver qué pasaba.
Lo que vimos nos dejó sin aliento.
En el centro del claro, dos ejemplares magníficos de T‑Rex se enfrentaban en una batalla feroz, antigua y terrible. Eran casi del mismo tamaño: uno tenía la piel más oscura y cicatrices viejas en el hocico, señal de que había sobrevivido a muchas peleas anteriores; el otro era más joven, de colores más brillantes y músculos más rápidos y potentes. No luchaban por comida, ni por territorio pequeño: luchaban por el liderazgo absoluto de toda la manada de grandes depredadores de la zona, y también por el derecho a aparearse con la hembra que estaba a un lado, observando todo con una calma imponente, esperando ver cuál de los dos sería el digno de guiarla y de liderar a todos.
Se golpeaban con toda su fuerza, chocando los cráneos, mordiendo los cuellos protegidos por piel dura, lanzando coletazos que hacían temblar los árboles más cercanos. Rugían con rabia, con orgullo, con la necesidad de demostrar quién era el más fuerte. La sangre manchaba la hierba alta, y el aire se llenó de un olor metálico y salvaje. Vimos cómo el joven aprovechaba su velocidad para atacar por los flancos, mientras el más viejo resistía los golpes y buscaba el momento justo para dar el golpe decisivo. Nadie cedía, nadie pedía tregua: solo el vencedor tendría todo lo que buscaba.
Nos quedamos muy quietos, pegados unos a otros, sin soltarnos ni un segundo, viendo esa lección de la naturaleza en su estado más puro y duro. Fue entonces cuando Leo me susurró al oído muy bajito:
—Mira lo que hacen ellos. Luchan solos, cada uno por su propio orgullo, cada uno por su propio deseo. Si uno cae, el otro lo pisa y sigue. Pero nosotros… nosotros no luchamos unos contra otros. Luchamos unos por otros. Si uno cae, los demás lo levantamos. Eso es lo que nos hace más fuertes que cualquier diente afilado, que cualquier tamaño, que cualquier poder. No tenemos que pelearnos para ser los mejores: somos mejores juntos.
Tardó casi una hora entera en terminar el combate. El joven, cansado y con varias heridas profundas, comprendió al final que la fuerza bruta no bastaba, que la experiencia y la prudencia del líder antiguo eran necesarias para mantener a todos a salvo. Bajó la cabeza lentamente, dio un paso atrás y aceptó la derrota con dignidad, reconociendo al otro como su jefe. La hembra se acercó al vencedor, le rozó el hocico con el suyo, y los tres se alejaron juntos hacia lo profundo del bosque, dejando el claro en silencio otra vez.
Esperamos un rato más para asegurarnos de que no había peligro, y luego seguimos nuestro camino. Esa escena nos había marcado a todos: entendimos aún más claro por qué nosotros habíamos sobrevivido cuando tantos otros no lo habían hecho. No era por suerte, ni por mis cálculos, ni por mi poder: era porque nos habíamos mantenido unidos, porque habíamos dejado de ser cinco personas separadas para ser una sola familia.
Pasaron las horas. Cruzamos zonas de rocas afiladas que nos cortaron los zapatos, bosques tan densos que apenas pasaba la luz del sol, y una ladera tan empinada que tuvimos que trepar agarrándonos a las raíces y ayudándonos mutuamente a subir. Varias veces perdí totalmente la sensación de la dirección, y tuvimos que sentarnos un buen rato hasta que la conexión con la isla volvió a mostrarme el camino. Pero en ningún momento nadie se impacientó. Cuando yo dudaba, ellos me daban confianza. Cuando yo me cansaba, ellos me daban fuerzas.
Hasta que por fin, cuando el sol empezaba a caer hacia el horizonte y teñía todo de naranja y violeta, sentí esa señal clara y fuerte que había estado buscando todo el día.
—Ya sé dónde es —dije, señalando hacia un saliente de roca muy oscuro que se abría justo al nivel del mar, entre dos acantilados altos—. Allí está la entrada.
Bajamos con mucho cuidado por la ladera resbaladiza, ayudándonos unos a otros, y al llegar a la base vimos la boca de la cueva, oculta casi por completo por las rocas y la marea baja. Al entrar, la luz del atardecer se filtraba en rayos dorados por las grietas superiores, y allí, amarrado firmemente al fondo, estaba el barco: una embarcación robusta, de casco negro, motores intactos, con espacio suficiente para los cinco y todo lo que necesitábamos para cruzar al mar abierto. Estaba exactamente como decían los archivos, esperándonos.
Nos quedamos quietos unos instantes, mirándolo, sin poder creer que después de todo ese camino difícil, de tantas vueltas y tantos peligros, por fin lo habíamos encontrado. Luego nos giramos los unos hacia los otros, y sin decir una sola palabra nos abrazamos. Nos apretamos tan fuerte que casi no podíamos respirar, cinco cuerpos unidos en un solo abrazo largo, lleno de emoción, de alivio y de amor.
—Lo hemos conseguido —dijo Mia con la voz quebrada por las lágrimas—. Lo hemos conseguido juntos.
—Sí —respondí yo—. Y ahora vamos a irnos juntos. A donde sea que vayamos, siempre seremos familia.
Allí, en la penumbra de la cueva, con el mar golpeando suavemente las rocas y el barco listo para llevarnos lejos, entendí que no importaba si salíamos de la isla o si teníamos que volver: nuestro verdadero hogar ya no era un lugar. Nuestro hogar eran ellos.
saludos.