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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:113
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

La noche en la suite equivocada

No era su techo.

Esa fue la primera certeza que le cayó encima a Camila cuando abrió los ojos: un techo altísimo, de yeso blanco y molduras doradas, tan lejos que jamás podría pertenecer al cuarto que rentaba en la colonia. La segunda certeza no llegó por la cabeza, sino por el cuerpo. Un ardor bajo, íntimo, desconocido, que la hizo contener el aire entre los dientes.

Se quedó muy quieta.

La luz del amanecer entraba entera por un ventanal que iba del piso al techo, y caía sobre la cama teñida de un rojo dorado, encendiendo las sábanas revueltas como si alguien hubiera derramado vino sobre la seda. Al pie de la cama, hecho una bola en la alfombra, estaba el vestido rojo. El vestido prestado. Aquel por el que todavía debía dinero.

A Camila le temblaron los dedos antes que la voz.

Se palpó bajo la sábana y no encontró nada. Ni el vestido, ni la ropa interior, ni la coartada. Solo su propia piel, y esa molestia entre las piernas que lo decía todo sin decir una palabra. El estómago se le cerró de golpe.

Los recuerdos le llegaron en oleadas, sin orden, cada uno cortado antes de terminar. El olor a alcohol reseco. El eco del cumpleaños de Fernanda, las luces bajas, la música. Una copa que no quiso y que igual se tomó. Otra. Alguien riéndose muy cerca de su oreja. Una escalera que subió mal, agarrada del barandal. Un pasillo largo. Una puerta que empujó pensando que era la suya. Después, nada más pedazos: unas manos, un calor, su propia voz diciendo algo que ahora no se atrevía a repetir ni en la cabeza.

No fue miedo lo primero que sintió. Fue vergüenza. Una vergüenza espesa, que le subía por el cuello y le apretaba la garganta hasta dolerle. Veintitrés años cuidándose, contando cada peso, diciéndose que ella no era de las que perdían la cabeza por una copa ni por un hombre, y había bastado una noche que ni siquiera recordaba entera para tirarlo todo por la borda. Su primera vez. Se la había dado a un desconocido cuyo rostro todavía no se atrevía a mirar, en una cama que costaba más por noche de lo que ella pagaba de renta en un mes.

Detrás de ella, muy cerca, había una respiración.

Lenta. Profunda. Tibia contra su nuca. Un peso en el colchón que hundía las sábanas hacia ese lado y la obligaba, sin tocarla, a inclinarse hacia el calor de otro cuerpo.

No se atrevió a voltear. Todavía no.

En el buró, a un brazo de distancia, su celular había resbalado hasta el borde. Estiró la mano, despacio, con el corazón golpeándole las costillas.

Unas horas antes, Maximiliano había salido de la regadera pasada la medianoche, con una toalla en la cintura y el humo del agua caliente todavía en la piel.

Encontró a una mujer en su cama.

Se detuvo en el umbral del baño, inmóvil. En sus treinta y dos años no había traído a una sola mujer a una habitación suya, y menos a esa suite que reservaba cuando quería desaparecer un rato, lejos del apellido Alcázar y de todo lo que ese apellido le echaba encima. Las mujeres le sobraban y ninguna le hacía falta; era una regla que no había roto nunca, tan sencilla que ya ni la pensaba. Y sin embargo ahí estaba ella, en un vestido rojo arrugado, un zapato de tacón todavía puesto y el otro caído en la alfombra, dormida boca abajo sobre su almohada como si aquel fuera el lugar más natural del mundo.

Frunció el ceño. El primer impulso fue de fastidio, seco y frío. Alguien de la administración iba a oírlo por la mañana.

—Señorita.

Nada.

—Señorita, se equivocó de cuarto.

La mujer murmuró algo sin sentido, se removió, y el vestido se le deslizó por el hombro. Max apretó la mandíbula. Alcohol. Estaba borracha, y la borrachera no era asunto suyo. Iba a llamar a recepción, a pedir que subieran por ella con discreción y la llevaran a donde perteneciera.

Se inclinó para despertarla del hombro.

Ella se giró en ese instante, como si lo hubiera estado esperando. Los dedos de la mujer encontraron su cuello, tibios, torpes, y se cerraron ahí, sobre la garganta, sobre el pulso. Le rozó la nuez con la nariz e inhaló, como quien busca un olor conocido en la oscuridad.

—No te vayas —susurró ella.

Algo se rompió. Algo que Max llevaba años sosteniendo con una disciplina de hierro, y que cedió de un solo golpe, sin ruido, como cede un cable tensado demasiado tiempo.

Debió apartarse. Lo pensó. Con la mano todavía en su hombro, empezó a enderezarse.

Entonces ella abrió los ojos.

No lo miró con miedo. Lo miró con una claridad extraña, la del alcohol que de pronto se aparta y deja ver el fondo, y en ese fondo había algo que a él le apretó el pecho. La mujer subió la mano por su cuello, hasta su nuca, y tiró de él hacia abajo.

Max resistió el último centímetro.

—Si no quieres esto, dilo ahora —dijo, con la voz más baja y más ronca de lo que él mismo reconocía—. Después no.

Le dio tiempo. Se quedó suspendido sobre ella, sosteniendo su propio peso, dejándole libre cada centímetro para apartarse, para levantarse, para irse. Una parte de él, la de siempre, la fría, todavía esperaba que ella recuperara la cordura y lo mandara al diablo.

Ella no lo hizo. Le miró la boca, luego los ojos, y algo en su cara se ablandó.

—Sí quiero —respondió ella, sin dudarlo—. Quédate.

Fue ella quien lo besó primero.

Y con ese beso terminó de derrumbarse la disciplina de toda una vida. Max se había pasado años midiendo cada gesto, calculando cada distancia, sin permitirse jamás querer nada que no pudiera controlar. Aquella mujer tibia y desconocida, que ni siquiera le había dicho su nombre, le desarmó el control en cuestión de segundos, y lo peor fue que no quiso recuperarlo. La sostuvo por la cintura mientras ella le rodeaba el cuello; la boca de Camila volvió a buscarlo, más segura, y el aire se les acabó antes que el deseo.

Lo demás llegó despacio y sin control a la vez, en el filo entre la noche y la madrugada, entre el olor a alcohol y el calor de la piel. Le apartó el pelo de la cara para verla. Ella le buscaba la boca, el cuello, el pecho, con una torpeza que no era de mujer experimentada, y a él eso, en lugar de enfriarlo, lo encendió más. Hubo un temblor bajo sus manos, una tensión que Max no esperaba, un pequeño sonido de dolor que lo hizo detenerse en seco, con el corazón golpeándole en los oídos.

—¿Es tu…? —No terminó la pregunta. La respuesta estaba en cómo ella se aferraba a él, en la manera nueva y asustada en que su cuerpo lo recibía.

Su primera vez.

Algo en él, oscuro y posesivo, algo que no se había nombrado nunca en treinta y dos años, levantó la cabeza y no volvió a bajarla. Era la primera vez que él tenía a una mujer así, y era la primera vez de ella con cualquier hombre. La idea le retumbó en el pecho con una fuerza absurda, desproporcionada, casi violenta. Fue más lento entonces, más cuidadoso, atento a cada respiración de ella, a cada crispación de sus dedos, como si de eso dependiera su propia vida. Le besó la frente, la sien y la comisura de los labios, deteniéndose entre una caricia y la siguiente hasta que ella volvió a atraerlo. Le habló bajito, palabras sin importancia que solo servían para que dejara de temblar. Cuando Camila se pegó a él y pronunció su nombre con la respiración rota, Max sintió que aquella noche iba a quedarse en su memoria aunque todo lo demás se borrara. Nunca había tenido tanto cuidado con nadie. Nunca había querido tenerlo.

Después, cuando la respiración de la mujer se volvió pareja y el sueño se la llevó otra vez, Max se quedó mirándola en la penumbra.

No la despertó. No la mandó a otro cuarto. No se levantó a vestirse ni a pedir un coche.

La atrajo contra su pecho, acomodó su cabeza bajo su barbilla, y por primera vez en toda su vida dejó que una mujer se quedara a dormir en su cama hasta el amanecer. Se quedó ahí, con el brazo cerrado sobre su cintura, respirando el olor de su pelo, incapaz de soltarla.

—Mía —dijo, sin saber siquiera cómo se llamaba, en un murmullo que ella no oyó—. La primera. La única.

No sabía su nombre, no sabía de dónde venía, no sabía nada de ella, y ya estaba decidido a averiguarlo todo. Se durmió abrazándola, con una calma que llevaba años sin sentir, sin sospechar que al despertar la cama estaría vacía.

Los dedos de Camila alcanzaron el celular en el borde del buró.

El movimiento fue mínimo, pero bastó. El colchón se hundió a su espalda, las sábanas se tensaron, y un brazo pesado y tibio se cerró de pronto sobre su cintura, atrayéndola sin prisa hacia atrás, hacia ese cuerpo dormido que respiraba contra su nuca.

Camila se quedó de piedra.

El celular se le resbaló entre los dedos y cayó en la alfombra con un golpe sordo. No lo recogió. No podía moverse. El brazo del hombre la sujetaba con una naturalidad terrible, como si tuviera todo el derecho del mundo, como si ella le perteneciera desde siempre. La palma abierta le cubría medio vientre, tibia, pesada, y ese peso le pareció de pronto lo más peligroso de aquel cuarto: no le hacía daño, y aun así la tenía atrapada mejor que unas esposas.

Contuvo la respiración. El corazón le retumbaba tan fuerte que temió que él lo oyera. Del otro lado del ventanal, la ciudad empezaba a encenderse, ajena a ella, y el amanecer seguía subiendo por las sábanas y volviéndolas de ese rojo imposible.

“Solo mira quién es. Solo eso. Y vete.”

Muy despacio, milímetro a milímetro, giró la cabeza sobre la almohada teñida de rojo por el amanecer.

Y por fin le vio la cara al hombre que dormía a su lado.

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