Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
NovelToon tiene autorización de yanina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
De frente al pasado.
Como no puedo dormir, me levanto sigilosamente y entro a revisar a mi hijo. Lo veo durmiendo tan tranquilo, con la boca entreabierta y su mano pequeña sujetando la almohada, que me duele el corazón por todo lo que tuvo que soportar y guardar en silencio para no darme más carga y preocupaciones. ¿En qué clase de madre me estoy convirtiendo? ¿Tan abrumada y lamentable me veo a sus inocentes ojos que se siente obligado a ocultarme estas cosas?
Tengo que cambiar, tengo que poner todo mi esfuerzo en Leo, él aún es un niño, y ahora más que nunca me necesita. Beso su frente con ternura mientras lo arropo con más cuidado, evitando tocar los morados que cubren su piel cada uno de ellos me hace hervir la sangre con rabia. Aunque no pueda regañar a ese mocoso con mis propias manos, le diré sus buenas verdades a sus incompetentes padres. Nadie se va a meter con mi hijo, primero van a tener que pasar sobre mi cadáver.
Esa mañana me despierto al escuchar mi teléfono sonar sin parar sobre la mesita de noche. ¿Rafa? ¿Qué hace llamando a las 6 de la mañana?
📱 ¿Paso algo malo? —pregunto, con la voz aún ronca del sueño.
📲 Ábreme la puerta, Briella. Estoy afuera.
Sin duda alguna, algo grave está pasando. Me coloco la bata rápidamente y salgo a su encuentro, con el corazón acelerado.
—¿Qué sucede...? —comienzo a preguntar, pero me callo al verlo sosteniendo una bolsa con aroma a café y pan recién horneado.
—Buenos días, dormilona —sonríe, levantando la bolsa— Traje el desayuno a tu puerta. No creí que hubieras tenido tiempo de prepararlo.
—¿De verdad solo viniste por esto? —digo, relajándome un poco pero sin dejar de sentir curiosidad.
—¿Leo está durmiendo todavía?
—Claro, faltan 5 minutos para las 6 de la mañana. ¿Qué pasa, Rafa? Ya te conozco, no vienes a estas horas solo por un desayuno.
Le sirvo un café mientras espero que hable, debe de ser algo importante para venir tan temprano, incluso antes del amanecer.
—Te escucho.
—Sé que te enojarás por lo que voy a decir, pero tienes el derecho de saberlo —dice, tomando un sorbo de café y mirándome con seriedad. Mi estómago se contrae de mala premonición.
—Ya solo dilo, Rafa. No tengo tiempo para rodeos.
—Anoche mientras estaba con mi ex novia —dice, haciendo una mueca de fastidio— ese asunto te lo cuento luego, vimos a tu ex esposo junto a esa mujer y un niño casi de la misma edad que Leo. Estaban paseando, todos muy unidos.
—¿Me quieres decir que viniste a las 5:50 de la mañana a mi casa, después de saber todo lo que pasé anoche con mi hijo, solo para contarme esta clase de chisme? —me siento decepcionada, la rabia me sube por la garganta y mi voz se hace aguda.
—No lo entiendes, amiga. Después de eso me puse a investigar un poco... Ese niño es tres meces mayor que Leo —pausa, mirándome a los ojos con una expresión seria— Lo que quiere decir... y lo que reafirma tus sospechas desde siempre... desde el comienzo ese desgraciado te estuvo engañando en tu propia casa con su amante mientras ustedes estaban casados.
De cierto modo ya lo sospechaba en aquel entonces, cuando notaba sus ausencias y sus miradas distantes, pero ahora escuchando la reafirmación de que fui cruelmente engañada bajo el mismo techo que compartía con mi esposo es algo que duele... pero ya no tanto como en aquel tiempo en que descubrí su traición. Mi corazón se aprieta con fuerza, pero no rompe, ya aprendí a cicatrizar esas heridas.
—Bueno, era lo lógico, ellos dos se amaban y como personas que se aman no pueden evitar entregarse al deseo —digo, con voz neutra, aunque mis manos tiemblan al sostener la taza.
—Briella, lo que ellos te hicieron es imperdonable. No te merecías eso —dice Rafa, con indignación.
—Ya lo sé, Rafael, pero eso no cambiará nada en lo absoluto. Ellos ahora están casados con un hijo, viviendo felices, y yo estoy aquí con el hombre de mi vida —miro hacia la habitación de Leo, sintiendo cómo mi pecho se llena de amor— Al final de cuentas, todo terminó bien para ambos.
—No es justo.
—Claro que no lo es. Pero ¿qué me sugieres que haga? ¿Quieres que los enfrente y ponga en peligro la integridad de mi hijo? ¿Quieres que él se entere de que su padre nunca me quiso al igual que a él, y nos desechó después de que su gran amor volvió a aparecer? ¿Te parece justo que Leo sepa que fue un bebé no deseado por su padre, que su madre fue la sustituta de la mujer que él amaba con locura? —grito, con la voz rota por la emoción.
—No, claro que no —dice, bajando la cabeza con culpa.
—Ya olvídate del pasado, Rafa, así como lo hice yo. Ahora tenemos un asunto más importante que tratar, defender a Leo.
—Tienes razón. Yo te voy a acompañar y juntos les daremos una lección a esos malos padres que están criando a un delincuente. Nadie le hace daño a mi ahijado y se salva.
Sé que la vida no ha sido nada justa conmigo, los malos obtuvieron un final feliz y una familia amorosa, mientras yo, a quien le quitaron todo, tuve que luchar diariamente para sacar a mi hijo adelante. Pero eso ya no importa porque Leo me necesita, y yo no puedo quedarme atrás, tengo que seguir avanzando por él, por el único ser que me hace sentir viva.
Luego de que Leo se levanta, todos juntos nos preparamos para ir a la escuela. En todo el camino lo veo muy callado y nervioso, jugueteando con sus dedos y mirando por la ventana como temiendo encontrarse con su agresor. Mi pequeño bebé... cuánto ha sufrido en silencio.
—Todo estará bien, cariño. Te prometo que esto no volverá a ocurrir —le toco la mano, y él me aprieta la suya con fuerza, buscando consuelo.
—Sí, mamá —susurra, con la voz débil.
Al llegar, Nahuel ya nos esperaba en la entrada, con una expresión seria. Junto a él entramos a la dirección, en donde veo al causante de todo este desastre, Rodo, de pie en un rincón con los brazos cruzados, llevando una cara de soberbia pura.
—Rodo, ¿dónde están tus padres? —pregunta Nahuel, con voz firme y autoritaria.
—Ya están viniendo, profesor —contesta el niño, sin mostrar ningún signo de arrepentimiento.
Me molesta demasiado la mirada que le lanza a mi pequeño, fría, desafiante, como si aún se sintiera superior. A mi espalda escucho la puerta abrirse con un crujido, y lo que mis ojos ven, mi cabeza no lo puede creer. Mi respiración se queda atascada en la garganta, mis piernas tiemblan tanto que tengo que agarrarme del respaldo de una silla para no caerme.
—Lamento la tardanza. Hubo un problema con el tráfico. ¿Qué fue lo que hizo mi hijo esta vez? —dice la voz, tan familiar que me transporta directamente al peor de mis sueños.
Es Octavio. arreglándose la corbata con una expresión de fastidio absoluta. Como si perder su tiempo aquí fuera lo peor del mundo.
—Algo demasiado grave para su desgracia —responde Nahuel, , mientras nuestras miradas, la mía y la de Octavio se conectan como dos imanes. En sus ojos veo sorpresa, incredulidad... y tal vez un destello de algo más que no me atrevo a nombrar, pero yo me mantengo firme ante él, como un trozo de hielo, como una leona dispuesta a todo con tal de proteger a su cachorro.