Valentina Solís carga una herida que nadie ve.
Huérfana a los doce, maltratada por quienes debían protegerla y rescatada por una familia poderosa, aprendió muy pronto que el mundo no regala segundas oportunidades. Solo un chico —Tomás, un pintor de dieciocho años con los ojos más tristes que había visto— le enseñó que existía algo llamado amor. Pero Tomás murió, y con él murió la única parte de Valentina que sabía sentir.
Hasta que conoció a Adrián Montiel.
Adrián es frío, controlador y obscenamente rico. Dirige un imperio con la misma precisión con la que domina cada centímetro del espacio entre ellos. Valentina se convirtió en su amante secreta —sin nombre, sin promesas, sin futuro. Tres años viviendo en las sombras de un hombre que se parece demasiado al fantasma que ella no puede soltar.
Porque Valentina tiene un secreto: Adrián no es el hombre que ella ama. Es solo la sombra del que perdió.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando la verdad estalla, Adrián descubre que durante tres años fue el sustituto de un muerto. Su orgullo se quiebra. Su mundo se incendia. Y en medio del fuego, sale a la luz otro secreto aún más devastador: Adrián tampoco es quien cree ser. Él también fue comprado, elegido y moldeado para reemplazar a alguien que ya no existe.
Dos sustitutos. Dos máscaras. Y entre los escombros, la pregunta que ninguno de los dos puede responder: ¿queda algo real debajo de todo lo que fingieron ser?
De las calles de San Martín a un pueblo costero donde el mar lava las mentiras, esta es una historia de posesión y libertad, de hombres que destruyen lo que aman y de una mujer que debe decidir si quiere seguir viviendo —y por quién.
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Capítulo 20
Capítulo 20: El segundo beso
Valentina no volvió a la sala.
Los aplausos siguieron un rato más, luego llegaron las voces, las felicitaciones, el ruido de copas y cámaras pequeñas buscando una frase de Gabriel. Ella se quedó en el pasillo de servicio hasta que un empleado le indicó una salida lateral.
Gabriel quiso acompañarla.
—No —dijo ella.
—Luciana no va a quedarse quieta.
—Lo sé.
—Entonces déjame ayudarte.
Valentina lo miró. Tenía la cara pálida, la corbata floja y culpa en los ojos.
—Ya me ayudaste demasiado.
La frase lo hirió. Ella no la retiró.
Salió por la puerta lateral hacia el estacionamiento subterráneo. El aire olía a cemento húmedo y gasolina. En el celular tenía llamadas perdidas de Adrián, un mensaje de Isabel diciendo “llegaron a su casa, está con Andrés” y otro de Luciana.
Solo un emoji de mariposa.
Valentina se quedó mirando la pantalla.
No era la mariposa de Renata. No tenía nada que ver con Duarte. Luciana no sabía de eso.
Pero Luciana había elegido una mariposa porque sabía que un símbolo pequeño podía sentirse como un insecto bajo la piel.
—Siempre fue buena para eso.
Valentina levantó la vista.
Sebastián estaba junto a una columna, abrigo oscuro, manos en los bolsillos. No parecía sorprendido de verla salir por una puerta que nadie debía usar.
—¿Te mandó ella? —preguntó Valentina.
—Luciana me mandó una foto del programa y tres signos de interrogación.
—Qué discreta.
—Para ella, mucho.
Valentina guardó el celular.
—No estoy de humor para interrogatorios.
—Entonces no los llames así.
—¿Cómo quieres que los llame?
—Soluciones.
Ella rió sin ganas.
—Claro. Sebastián Carrasco no pregunta. Soluciona.
Él se acercó.
—Vi a Montiel salir.
Valentina no respondió.
—Andrés lo metió en el coche antes de que hiciera algo estúpido.
—Qué considerado.
—¿Qué vio?
Ahí estaba.
Valentina se abrazó a sí misma.
—Una película.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando. Estoy cansada.
Sebastián se detuvo frente a ella. La luz blanca del estacionamiento le marcaba las facciones con dureza. No era el Sebastián del jardín con olor a azahar. Era el heredero Carrasco en un lugar sin flores, sin música y sin testigos.
—Luciana cree que escribiste La Isla Roja.
Valentina sintió que el piso se inclinaba.
—Luciana cree muchas cosas.
—Esta vez parece tener razón.
El silencio se llenó de coches lejanos.
—No voy a hablar de eso contigo.
—Deberías.
—¿Por qué? ¿Para que me expliques cómo puede usarlo la familia antes de que Montiel lo use?
La frase lo golpeó. No mucho. Lo suficiente.
—Eso fue mi padre.
—Tú no lo negaste.
Sebastián apartó la mirada un segundo.
—Cometí un error.
Valentina no esperaba eso.
—¿Perdón?
—No negar a mi padre. Fue un error.
La confesión llegó seca, sin adorno. Precisamente por eso se sintió peligrosa.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a negar a Luciana?
—Voy a controlarla.
—No es lo mismo.
—Es lo único que funciona con ella.
Valentina negó con la cabeza.
—No entiendes nada.
—Entiendo que acaba de encontrar una cuerda y va a tirar de ella hasta que algo se rompa.
—Es mi cuerda.
—En esta casa, nada es solo tuyo cuando puede destruirnos a todos.
Valentina dio un paso atrás.
—Ahí está. La familia otra vez.
Sebastián la siguió.
—No digas familia como si fuera insulto.
—No la uses como amenaza.
Sus ojos se encontraron.
Durante un segundo, Valentina vio cansancio en él. No control, no cálculo. Cansancio. El tipo de desgaste que se acumula cuando alguien pasa años sosteniendo paredes agrietadas con las manos desnudas y luego se enfurece porque nadie agradece la sangre.
—Yo puedo protegerte de esto —dijo él.
—¿A qué precio?
—Siempre preguntas eso.
—Porque contigo siempre hay precio.
Sebastián bajó la voz.
—No para ti.
La mentira fue hermosa.
Valentina quiso creerla por un segundo. No porque amara a Sebastián. No porque confiara en él. Sino porque una parte vieja, agotada, deseó que alguien pudiera encargarse de Luciana, de Adrián, de Gabriel, de ytfp, de Tomás, del ruido entero del mundo.
—Montiel va a buscarte —dijo Sebastián—. No hoy quizá. Andrés lo tendrá encerrado con whisky y consejos inútiles. Pero va a buscarte.
Valentina apartó la mirada.
—Lo sé.
—Y cuando lo haga, no va a preguntar con calma. Ese hombre no sabe quedarse quieto frente a una puerta cerrada.
—Tú tampoco.
—Yo al menos sé qué hay detrás de algunas puertas.
—No de esta.
Sebastián la observó con una atención que le hizo apretar los brazos contra el cuerpo.
—No necesito saber el nombre del muerto para entender que Montiel acaba de verse usurpado por él.
Valentina sintió que el estacionamiento se quedaba sin aire.
—No digas eso.
—¿Cuál parte? ¿Muerto? ¿Usurpado? ¿O que Montiel no es el primer hombre que te hizo quedarte?
El golpe fue demasiado preciso.
—Cállate.
Sebastián bajó la voz.
—Te estoy diciendo lo que Luciana va a decir si tú no controlas esto antes.
—No lo haces por mí.
—No solo por ti.
La honestidad inesperada la dejó sin respuesta.
—Pero sí por ti —añadió—. Aunque eso te moleste más.
Sebastián vio ese segundo.
Y lo confundió con permiso.
Le tomó el rostro con una mano y la besó.
No fue brutal.
Eso lo hizo más difícil.
Fue un beso contenido, elegante, casi triste. Como si Sebastián hubiera estado esperando años y, al tocarla por fin, no supiera si reclamar o pedir perdón. Valentina se quedó inmóvil, no por deseo al principio, sino por sorpresa. Su cuerpo tardó demasiado en recordar que debía apartarse.
Cuando lo hizo, lo empujó.
—No.
Sebastián soltó su rostro al instante.
Respiraba más fuerte, pero no intentó tocarla otra vez.
Valentina se pasó el dorso de la mano por la boca, no para borrarlo de forma dramática, sino porque necesitaba comprobar que seguía siendo suya. El gesto hizo que Sebastián bajara la mirada, herido de una manera que casi parecía justa.
—No fue asco —dijo ella, antes de poder detenerse.
La sinceridad la enfureció consigo misma.
Porque una parte de ella había respondido al refugio, no al hombre.
—Pero tampoco fue permiso.
—Valentina...
—No uses mi nombre como si eso arreglara lo que acabas de hacer.
Él cerró los ojos un segundo.
—Lo siento.
—No lo sientas. Entiéndelo.
Valentina dio otro paso atrás.
Su mano seguía en el pecho de Sebastián, justo donde lo había empujado. Debió retirarla de inmediato. Lo sabía. Pero bajo la tela del abrigo sintió el golpe rápido de su corazón, humano, desordenado, nada parecido al hombre que siempre parecía tener una estrategia.
La dejó ahí un segundo de más.
Sebastián bajó la mirada a su mano.
No sonrió.
Eso fue peor.
Valentina retiró la mano como si se hubiera quemado.
—No vuelvas a hacerlo —dijo.
Sebastián asintió despacio.
—No si no me lo pides.
—No voy a pedírtelo.
Él no respondió.
Desde el celular de Valentina llegó otra vibración.
Luciana: "¿Ya te rescató mi hermano?"
Valentina apagó la pantalla.
En el estacionamiento subterráneo, con el sabor de un beso que no había querido quedarse y el nombre de Adrián todavía ardiendo desde la sala de cine, entendió que Luciana no necesitaba publicar nada todavía.
Solo tenía que empujar a cada uno hacia el lugar donde más daño podía hacer.