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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:284
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

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Capítulo 4

—Sebastián —llamó Patricia con suavidad—. Estás contento, ¿verdad? Con esto de casarte con Valeria.

La pregunta sumió la sala en un silencio repentino. Todas las miradas convergieron en Sebastián. Su rostro permanecía inexpresivo, casi impenetrable, y resultaba imposible adivinar qué pasaba por su mente.

Valeria, sentada en el extremo del sofá, apretó las manos sobre su regazo sin darse cuenta. El corazón le latía cada vez más rápido. Sin saber por qué, ella también aguardaba la respuesta de aquel hombre al que apenas conocía desde hacía unos minutos.

Sebastián se limitó a desviar la mirada hacia su madre. Sus ojos se encontraron un instante. Él sabía perfectamente por qué ella formulaba esa pregunta. Su familia había elegido a una muchacha sencilla de las laderas de la plantación. Eso significaba que estaban verdaderamente desesperados. Los estándares para la futura nuera de los Montemayor habían ido bajando con tal de verlo formar un hogar.

Sebastián exhaló despacio. Volvió a posar la mirada en Valeria. La joven seguía sentada con la cabeza gacha. No buscaba llamar la atención ni fingía una sonrisa. Tampoco adoptaba una actitud coqueta. Había en Valeria una quietud genuina.

Sin embargo, cuando sus ojos se desplazaron hacia Ramón y Marta, el panorama cambió. Aquellos dos no habían dejado de repartir sonrisas forzadas desde que llegaron. Sus miradas se dirigían con más frecuencia a Don Alejandro que a la propia Valeria.

Algo le generaba incomodidad. Su instinto le decía que no eran personas sencillas. Estaban detrás de algo. Y él detestaba profundamente a quienes utilizaban los lazos familiares como vía para obtener beneficios.

Al ver que Sebastián continuaba en silencio, Patricia soltó una risa breve.

—Bueno, si Sebastián calla, es que acepta.

Sebastián resopló. Apartó el rostro. La costumbre de su madre de interpretar cada silencio como una aprobación lo dejaba sin margen de maniobra.

Patricia amplió su sonrisa.

—Entonces doy por hecho que estás de acuerdo.

Don Alejandro asintió con calma. El anciano reclinó la espalda contra el sofá.

—Si todos están conformes, la boda se celebrará lo antes posible.

Don Alejandro alternó la mirada entre Ramón y Marta.

—No se preocupen por nada. Yo me encargaré de todos los preparativos.

Aquellas palabras fueron como música celestial para los oídos de Ramón y Marta. Apenas lograban disimular la euforia. Habían temido que les pidieran contribuir a los gastos de la ceremonia. Resultó que la familia de Don Alejandro cubriría absolutamente todo.

Ramón se apresuró a esbozar una amplia sonrisa.

—Nosotros nos plegamos a lo que usted disponga, Don Alejandro.

Su tono sonó humilde, casi servil. Pero por dentro estaba dando saltos de alegría.

Marta intervino con un gesto cargado de fingimiento.

—Así es, Don Alejandro. Somos gente de pueblo, no sabemos cómo organizar una celebración digna del señor Sebastián. No quisiéramos avergonzar a su familia.

Don Alejandro se limitó a asentir.

—Lo importante es que todo salga bien.

Valeria permaneció callada. Las voces a su alrededor se volvían cada vez más lejanas. Contemplaba sus propias manos. Desde niña había imaginado el día de su boda.

No soñaba con una fiesta lujosa ni con un vestido costoso. Solo quería casarse con un hombre que la amara. Un hombre elegido por su corazón. Alguien que le tomara la mano por cariño, no por un acuerdo ni por una dote cuantiosa.

Todos aquellos sueños se desmoronaban. Ahora estaba sentada en esa sala opulenta, hablando de un matrimonio que jamás había elegido.

Al día siguiente, la noticia de que Valeria se convertiría en la esposa del señor Sebastián se extendió por todo el pueblo. Por supuesto, el tema se volvió el centro de todos los murmullos, incluidos los de las recolectoras de té.

—¿Entonces es cierto lo que escuchamos ayer?

La voz de una recolectora rompió el silencio de la mañana, aún envuelta en una neblina tenue. Sus dedos seguían arrancando brotes con agilidad, pero los ojos se le iban hacia la ladera de enfrente.

—¿Cierto qué? —respondió otra mujer con curiosidad.

—Lo de Valeria.

—¿Qué pasa con Valeria?

—Que de verdad se va a casar con el señor Sebastián.

Las manos que arrancaban hojas se detuvieron de golpe.

—¿Qué? ¿En serio?

—Sí. Anoche lo contó Ignacio, el que trabaja en la casona de Don Alejandro. La familia de Valeria ya fue a hablar sobre la boda.

No hizo falta mucho tiempo para que la noticia corriera. El murmullo saltó de boca en boca, serpenteando entre las filas de recolectoras que cubrían la ladera. En cuestión de minutos, casi todas lo sabían. Valeria, la muchacha huérfana que trabajaba a diario junto a ellas, iba a convertirse en la esposa del heredero de Don Alejandro.

—¡Dios mío, de verdad que el destino no avisa! —exclamó una mujer de mediana edad con blusa blanca, boquiabierta.

—¿Quién lo habría dicho? —agregó otra recolectora—. Si todos los días recogía té con nosotras. Y resulta que ahora va a ser la gran señora.

Una joven chasqueó la lengua y se cruzó de brazos.

—¡Qué suerte! Después de casarse ya no tiene que matarse trabajando.

El comentario arrancó risitas entre varias.

Pero una mujer mayor que llevaba años trabajando junto a Valeria negó con la cabeza.

—No digan eso.

—¿Por qué lo dice, doña?

—Ustedes solo ven el resultado. —La mujer mayor suspiró hondo—. Se olvidan de cómo trabaja Valeria cada día.

Todas enmudecieron.

—Llega la primera. Se va la última. Le duele la pierna, pero jamás se queja. Y si alguien tiene un problema, ella es la primera en echar una mano —continuó la mujer.

Varias empezaron a asentir. Lo que decía era cierto. Llevaban mucho tiempo trabajando junto a Valeria. Ni una sola vez la habían escuchado lamentarse de su vida.

—Si ahora Dios le abre un camino distinto, no es por suerte, sino porque nunca dejó de hacer el bien. Y la verdad es que Valeria merece ser feliz —añadió la mujer mayor con los ojos humedecidos.

Sin embargo, no todas pensaban igual. Una mujer conocida por su afición al chisme resopló.

—¿Merecer? Si no fuera porque el señor Sebastián también tiene sus limitaciones, la familia de Don Alejandro ni habría volteado a ver a Valeria.

Todas las miradas giraron hacia ella. El comentario hizo que el silencio regresara.

La mujer se encogió de hombros con una media sonrisa.

—Yo solo digo la verdad. Las familias ricas suelen ser muy exigentes con las nueras. Pero esta vez, bueno, ambas partes se complementan.

Algunas se miraron entre sí. Unas cuantas estaban en desacuerdo; otras prefirieron no decir nada.

A poca distancia de ellas, Valeria había escuchado casi toda la conversación. Sus manos seguían ocupadas arrancando brotes tiernos. Pero cada frase le llegaba como una espina que se le clavaba despacio en el pecho.

Valeria no se enfadó. Tampoco las odió. Porque sabía que la gente siempre va a hablar.

—¿Puedo decir algo? —Una voz serena se alzó de pronto a espaldas del grupo.

Todas se volvieron al unísono. Valeria estaba de pie a unos pasos, con la canasta de mimbre a la espalda. El ambiente se tornó incómodo. Varias empezaron a sentirse avergonzadas.

Valeria tomó aire despacio. Luego esbozó una leve sonrisa.

—No pude elegir cómo nacer. —Su mano descendió hasta rozar su pierna izquierda—. Tampoco pedí tener un accidente que me dejara coja. Pero siempre puedo elegir cómo vivir mi vida.

Nadie la interrumpió.

—Elegí trabajar y esforzarme. Y ser agradecida. —La mirada de Valeria conservaba su serenidad. Bajó la cabeza un instante—. Si Dios me tiene reservado un camino diferente, no es porque yo sea mejor que nadie. Es porque cada persona tiene un destino distinto.

La mujer que antes se había burlado se mordió el labio.

Valeria volvió a sonreír. Levantó la vista.

—Y en cuanto al señor Sebastián, yo nunca lo he menospreciado por ser sordo. Del mismo modo, espero que nadie me menosprecie a mí solo porque mi pierna no es perfecta.

El silencio cubrió la ladera de la plantación. No hubo más comentarios hirientes.

La mujer mayor que había defendido a Valeria se limpió el rabillo del ojo, ya húmedo.

—Eso sí son palabras de alguien con corazón.

Varias recolectoras asintieron en silencio. El respeto hacia Valeria creció entre ellas. Mientras tanto, la mujer que se había burlado solo pudo agachar la cabeza, avergonzada.

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