Mi última orden para mi marido mafioso fue que firmara los papeles del divorcio. Por fin dejé atrás mi obsesión por él, y ahora es libre para vivir con su verdadero amor… sin embargo, ahora es él quien me persigue.
Mi marido Gio no era más que un soldato, una herramienta para los trabajos sucios de la mafia de mi padre.
Pero yo estaba enamorada de él y lo perseguía durante años. Mi primera orden fue que firmara los papeles de nuestro matrimonio, y creía que lograría conquistarlo.
Pero en mi peor momento, el día de la muerte de mis padres, me abandonó para estar con la mujer que amaba. Esa fue la gota que colmó el vaso.
Le dejé los papeles del divorcio y me fui, decidida a criar sola al bebé que llevaba en mi vientre.
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Capítulo 3
Savanna
Me levanté sintiendo el sabor amargo de la traición y fui a ducharme. Fregué mi cuerpo hasta casi arrancarme la piel.
No quería haber cedido tan fácil así, no quería amarlo tanto al punto de olvidar mi orgullo y mi dignidad.
No quería aquellas marcas de él en mi cuerpo, recordándome la noche pasada cuando él me usó solo para proteger a la mujer que amaba.
A los 27 años, después de amar a Gio por nueve años, yo finalmente había llegado a mi límite.
Fueron nueve años intentando hacerlo amarme, nueve años usando todas mis armas para que él me notara.
Yo podría tener el hombre que yo quisiera, soy Savanna De Lucas, hija del Don, el hombre que comandaba esta ciudad.
Gio, era apenas un ladrón cuando lo conocí. Él robó mi bolso, pero cuando dijo: “¡Disculpa Linda!” Él robó también mi corazón.
Qué osado, robar a la hija querida del Don. Todos en esa ciudad sabían cómo mi padre me mimaba.
Es claro que al hacer aquello Gio estaba con los días contados. No dio 24 horas y los soldatis de mi padre ya lo habían atrapado.
La furia de mi padre no lo dejaría ileso, si el destino de él no fuese la muerte, como mínimo él tendría las manos arrancadas.
Pero yo dije:
—Padre, me gusta él. Recrútalo para la mafia. Solo no digas que fui yo quien lo pidió, ¿sí?
Yo quería que Gio me viera de verdad en aquella época y no como una salvadora que merece algún tipo de gratitud.
Todos sabían cómo mi padre hacía todo lo que yo pedía, por eso, mismo relutante, él reclutó a Gio para ser un soldati.
Yo tenía dieciocho años en aquella época y él 23.
El entrenamiento en la mafia de mi padre hizo que él cambiara de un mocoso a un hombre. Cuando me enamoré, él era flaco, alto y tenía una expresión sufrida en el rostro.
Con el tiempo su cuerpo se puso más musculoso, su rostro frío más sensual, él comenzó a exhalar una masculinidad fría y atractiva.
Ni necesito decir que con el tiempo yo me enamoré aún más.
Vivía yendo al centro de entrenamiento de los soldatis solo para verlo, pero él ni me lanzaba una mirada.
Yo llevaba comidas deliciosas para todos los reclutas, intentando disimular para los otros soldatis, mi interés evidente en Gio, pero en la lonchera de él yo siempre ponía cosas especiales esperando que él percibiera.
Pero él siempre cambiaba su lonchera con los otros.
Cuando él terminó el entrenamiento y se volvió un soldati de verdad, yo pedía para mi padre colocarlo en mi guardia personal, solo para que estuviéramos mucho tiempo juntos.
Antes de Gio yo era una chica simple, a pesar de mi status, solo pensaba en graduarme en la facultad de artes plásticas. No acostumbraba a desear entrar en los juegos de conquista que las personas de mi edad acostumbraban a hacer.
Pero por Gio, yo cambié. Usaba ropas más osadas, maquillaje y me volvía a cada día más desesperada por su atención.
Llegué a pedir para él ayudarme a cerrar mi sostén, a ayudarme a probar ropas nuevas, a ayudarme a prender mis cabellos. Ordenaba que él hiciera todo tipo de cosa que podría acercarnos y despertar algún deseo.
Pero él estaba siempre allí, frío y con la mirada distante.
Llegué a pensar que él era así. Que era su personalidad y él no conseguía demostrar sentimientos.
Pero fue ahí que yo lo vi con Mia.
Con ella él sonreía. Con ella su mirada era calurosa. Con ella él conversaba por horas.
Yo no entendía, yo era bonita, hija del Don, inteligente y estaba dispuesta a hacer todo por él, pero él solo tenía ojos para aquella mujer que tenía una expresión sufrida en el rostro.
Aquel juego de conquista que llegaba a ser divertido para mí, se tornó extremadamente doloroso.
Yo ya estaba con 24 años, seis años intentando conquistarlo y nada.
No sabía más qué hacer. Estaba obsesionada por él.
Fue en esa época que mi padre me llamó para conversar.
—Hija, ya te graduaste en la facultad y ya estás con 24 años. Está en la hora de encontrar un buen pretendiente para que te cases.
Mi padre me mostró fotos de los más requisitados pretendientes de la alta sociedad, hijos de poderosos Dons de otras mafias, hijos de senadores y de billonarios.
Hombres escogidos a dedo por él. Que además de poder y dinero, tenían bellezas envidiables.
Para mi padre yo tenía que tener lo mejor de todo siempre.
Pero yo rechacé todos.
—Padre, yo quiero casarme con Gio.
Él rehusó terminantemente.
—Gio no está a tu altura.
—Pero padre, yo lo amo.
—Él te va a hacer sufrir.
—¡Estás equivocado! Un día él me va a amar mucho.
—No lo estoy, hija. Mi pasado tiene muchas semejanzas con el de Gio. También ya fui un ratero de cartera miserable. Fui educado con las lecciones de la calle. Una educación muy diferente de la que tú tuviste. Yo conozco a aquel muchacho con la palma de mi mano. Tú y Gio son incompatibles desde la cuna.
—Si no es él, entonces no quiero a nadie. Voy a morir soltera.
Yo era orgullosa y mimada. No estaba acostumbrada a oír no de mi padre.
Hice huelga de hambre y de silencio hasta que él concordó.
Mi primera orden para él fue:
—Firma esos documentos, vamos a casarnos. Eso es una orden de tu superior.
En la jerarquía de la mafia, como hija del Don, él debería obedecerme sin cuestionar.
Pero él hesitou y, en verdad, hasta podría negar, yo nunca dejaría que nadie lo lastimara, mismo que él lastimara mi corazón.
Viendo su hesitación, di mi jugada final.
—Si tú firmas, voy a dar el mejor tratamiento del mundo a su madre. Yo prometo, ella nunca más sentirá dolor.
Él miró para mí, evidentemente tocado con mis palabras, dividido en tomar la decisión.
Es claro que yo sabía todo sobre él. Sobre su madre con los riñones fallando, sobre Mia, la chica que él decía ser su hermana, pero en verdad no era.
Entonces él firmó.
Quedé emocionada en aquel momento, sintiendo una felicidad que nunca había sentido antes.
Pero ahora, a los 27 años, después de tres años de casada, esa felicidad se transformó en frustración y sufrimiento.
Yo nunca conseguí conquistar el corazón de él.